Domingo XIII del Tiempo Ordinario: «Construyamos una habitación para el Señor»

28.06.2026
«La casa que se abre al mensajero del Señor queda marcada
por una promesa que supera todo cálculo humano.»

El Leccionario en un texto (A)

Primera Lectura: «Sé que es un hombre santo de Dios; construyámosle una pequeña habitación en la terraza»
(2 Reyes 4, 8-11. 14-16a).

Salmo: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor» (Salmo 88 (89), 2-3. 16-17. 18-19).

Segunda Lectura: «Fuimos sepultados con Él por el Bautismo en la muerte,
para que andemos en una vida nueva» (Romanos 6, 3-4. 8-11 ).

Evangelio: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca,
a uno de estos pequeños por ser discípulo, no perderá su recompensa» (Mateo 10, 37-42).


Homilía


Amadísimos hermanos en Cristo:

En este domingo, la liturgia nos hace ver la hospitalidad cristiana como un verdadero misterio de comunión. La vemos en la estancia que la mujer de Sunén prepara en lo alto de su casa para el profeta Eliseo; la escuchamos de nuevo en la recompensa que promete el Señor en el Evangelio a quien recibe a uno de sus discípulos movido por el amor a Su Nombre. Entre ambas escenas, el Apóstol de los gentiles nos conduce a la sepultura bautismal, al descenso con Cristo, donde el hombre viejo es entregado a la muerte y la criatura nueva queda consagrada a la vida de Dios. Son gestos discretos, corporales, sensibles, nacidos en el ámbito de la vida doméstica y cultual —abrir la puerta, disponer la mesa, ofrecer descanso, hacer discípulos para Cristo—, todos ellos trasparentan la dimensión de la caridad divina.

Acerquémonos, por tanto, a la Sagrada Escritura con el temor dócil de quien pisa tierra sagrada. Conviene recordar aquí la precisión de Santo Tomás cuando enseña que «la fe es el hábito de la mente por el cual se inicia en nosotros la vida eterna, haciendo que el entendimiento asienta a lo que no se ve». Las realidades divinas se acogen en la fe de la Iglesia y se predican con reverencia, porque la Palabra de Dios desciende sobre la vida humana para transformarla y convertirla. De este modo, lo recibido por el oído toma forma en la obediencia visible de la caridad.

I. «Construyamos en la terraza una pequeña habitación»

Volvamos a la mujer de Sunén, en el segundo libro de los Reyes, presentada por la Escritura como "mujer principal"; un término que alude a persona distinguida, rica o de buena familia. El contexto lo confirma de inmediato, disponía de recursos suficientes para insistir en hospedar al profeta Eliseo y construirle una habitación privada en la terraza de su casa. Es la nobleza de quien no mendiga favores y, aun así, al ver pasar a Eliseo, discierne con mirada limpia: «Estoy segura de que es un hombre santo de Dios». Notemos que su caridad rebasa la ayuda pasajera —tan común en nuestras caridades tan apuradas—; hace preparar para el profeta una estancia estable, con cama, mesa, silla y lámpara.

Detengámonos ante la profundidad de este gesto, aquella habitación, destinada desde su proyecto a dar abrigo al siervo de Yahveh, va más allá de ser un movimiento estratégico para un momento efímero y termina haciendo de la propia casa una morada estable para Dios. Hacer espacio en lo alto, apartándolo del ajetreo diario de la casa, significa, en la lógica de la gracia, disponer la vida donde el silencio y la vigilancia ante la Presencia de Dios ordenan toda nuestra existencia. Libre de cualquier interés, esta mujer rehúsa convertir la presencia del profeta en moneda de cambio o en una palanca de influencia ante el rey y los ejércitos; su único anhelo es que el hombre de Dios halle morada auténtica bajo su techo. Es precisamente esa santa gratuidad la que rasga los cielos y abre la casa a la bendición fecunda del Altísimo.

Es ante esta gratuidad cuando el profeta pregunta: «¿Qué podemos hacer por ella?». Y es Guejazí, su criado, quien percibe lo que el pudor de aquella mujer callaba: «no tiene hijos y su marido es ya anciano». De este modo, Eliseo intercede por ella y le anuncia el don divino que respondía a la esterilidad de su vientre —vivida en Israel como signo de oprobio social y de una profunda pobreza existencial ante la promesa de la Alianza—, prometiéndole que al año siguiente, por esa misma época, estaría abrazando a un hijo. Así, la hospitalidad ofrecida al enviado queda indisolublemente unida a la fecundidad prometida por Dios; aquella mujer ofreció al Todopoderoso su casa, y el Creador de todo cuanto existe hizo de su vientre una morada donde se testimoniara su gloria.

Hermanos, quien acoge al enviado, acoge al que lo envía. Esta es la ley santa de la hospitalidad bíblica, la misma que resplandece en Abrahán junto a las encinas de Mambré, recordándonos que Dios nunca se deja ganar en generosidad y que la casa que se abre al mensajero del Señor queda marcada por una promesa que supera todo cálculo humano. También hoy el Señor busca corazones que, regocijados en hacer el bien y abiertos a la fraternidad en obras concretas de caridad, manifiesten una fe tan rendida a su voluntad que la existencia entera quede disponible para las obras de su gracia.

II. «Fuimos sepultados con Él para andar en vida nueva»

San Pablo, en su epístola a los Romanos, nos conduce con mano firme desde la estancia hospitalaria de Sunén hasta el abismo sagrado de la pila bautismal, desvelando que la verdadera morada de Dios es el hombre redimido. «Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús —nos recuerda el Apóstol—, fuimos bautizados en su muerte». El bautismo obra en nosotros una misteriosa e indisoluble unión con el Redentor por la que somos configurados con Él: verdaderamente configurados con su Pasión, sepultados en su silencio y levantados por el fulgor de su Pascua, para que nuestra carne mortal comience a pregustar la eternidad.

San Agustín, en el Enchiridion, al contemplar el misterio pascual a la luz del Bautismo, enseña que la cruz, la sepultura y la resurrección del Señor configuran la vida cristiana; por eso, el sepulcro de Cristo ilumina nuestra novedad de vida, pues el hombre viejo queda sepultado con Él y quien resurge de las aguas bautismales aparece como criatura nueva, llamada a caminar en una vida enteramente renovada.

Por eso, la palabra del Apóstol sitúa nuestro combate en el terreno de la identidad ontológica: «Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús». El esfuerzo espiritual del cristiano —ese combate interior por custodiar la gracia divina y ordenar los afectos según el Evangelio— brota como consecuencia natural de la filiación ya recibida; luchamos porque somos hijos, custodiando el don que ya se nos ha dado. La vida nueva no debe verse como un ideal lejano o abstracto, siendo en realidad el fruto de la fuerza real del Espíritu Santo en nuestros corazones, que viene a sostener y reconfigurar lo que somos.

Esa vida nueva que brota del bautismo halla su alimento y su escuela precisamente en aquella estancia alta que contemplábamos en Sunén; se nutre en el silencio de la oración, en la lámpara encendida de la Palabra que ilumina el caminar del creyente, y en la mesa sagrada del altar, donde el don pascual se hace banquete para nuestra debilidad. En el espacio santo de la Iglesia acontece el misterio de nuestra salvación, pues, como magistralmente enseña San Atanasio, «toda gracia y todo don se nos da en la Trinidad: procede del Padre, se comunica por el Hijo y se distribuye en el Espíritu Santo».

III. «El que ama más que a mí, no es digno de mí»

Esta fuerza transformadora del Espíritu nos sitúa hoy frente a las exigencias de nuestro Salvador, que sale a nuestro encuentro y nos estremece con su palabra: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Ante el legítimo asombro que este mandato pueda suscitar, afirmamos con certeza que el Señor jamás extingue el amor natural hacia los nuestros; al contrario, lo purifica y lo coloca bajo la soberanía de Dios. Cristo rescata a la familia desde su raíz, arrancándola del encierro de la sangre cuando la sangre pretende ocupar el lugar del Altísimo.

El discípulo de Cristo no puede excusarse bajo el pretexto de que, «en mi familia siempre se ha hecho así», o de que, «la historia de mi nación me ha enseñado a ser de esta manera con mi vecino». Ante la presión de la sangre o de la tierra, el cristiano elige la Cruz, que es reconciliación y verdadera fraternidad.

Ahora bien, esta apertura evangélica no significa vivir una ingenuidad ciega ni comporta una rendición ante el desorden. La verdadera caridad presupone la justicia y sostiene el imperio de la ley, exigiendo de quien es acogido el respeto sagrado a la identidad, a la fe y a las normas de la comunidad que le abre las puertas. El primado de Cristo rechaza con firmeza el desarraigo y la sumisión ante la delincuencia de los clanes, implantando un orden superior donde la fraternidad real solo es posible si se asienta en el respeto mutuo, la rectitud de vida y la edificación del bien común.

Esta radicalidad, hermanos, se mide en los gestos más concretos, tal como nos advierte el Señor: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, por su condición de discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Frente a un mundo encandilado por sus nuevos becerros de oro —donde se rinde culto a la quimera de la eterna juventud, se busca el dinero fácil a costa de la propia dignidad, destruyendo vidas a través de la explotación, la pornografía o el narcotráfico, se padece el totalitarismo de la comunicación y se impone la irreligión de la secularización—, Cristo alza su voz para recordar que el Reino de Dios se juega en la verdad de nuestras obras y en el amparo al sufrimiento del prójimo.

La palabra de hoy arroja luz sobre nuestros gestos de caridad y amor, orientándolos, de manera prioritaria, hacia quienes conforman la familia de la fe, los que creen en su Nombre y entregan sus días por el Evangelio. En esta verdad descubrimos una profunda dimensión ecuménica, pues Dios premia a todo aquel que apoya, sostiene y valora la obra de sus mensajeros y de las personas rectas, permitiendo que quien colabora con la misión comparta sus mismos frutos espirituales. Aquel «vaso de agua fresca» nos enseña que hasta el acto más humilde de generosidad y servicio, si nace del amor a la causa de Cristo, es reconocido y recompensado eternamente por el Padre.

Con la mirada puesta en esta promesa, vayamos al mundo con la santa audacia de los hijos de Dios. Anunciemos con alegría al Padre, que nos ama desde la eternidad hasta hacernos partícipes de su naturaleza. Proclamemos al Hijo, que ha entregado su sangre por nuestra redención. Y testifiquemos la fuerza del Espíritu Santo, que nos consuela, nos habita y nos santifica. Nuestra misión consiste en ensanchar el Reino de Dios en la tierra, aliviando el dolor del mundo con la fuerza de la misericordia y custodiando, en la comunión de la Iglesia, toda vida nueva que ya pregusta la eternidad.

La estancia alta para el Peregrino

Al concluir esta celebración, hermanos, la voz del Señor resuena en la intimidad de nuestra conciencia para invitarnos a examinar la autenticidad de nuestra fe. Nos llama a renovar con santa audacia nuestras promesas bautismales y a entregar la vida entera a su divino servicio.

Hagamos sitio en lo más alto de nuestro corazón, disponiendo en él —como aquella mujer de Sunén— la cama para el descanso místico del Peregrino, que hoy sale a nuestro encuentro en su venerable Imagen, la mesa para alimentarnos de su Palabra, la silla para escucharle en el silencio de la adoración y la lámpara encendida para velar en su presencia.

Que el ejemplo altísimo de la Santísima Virgen María, que acogió la Palabra en su seno y permaneció de pie junto a la Cruz, nos enseñe a perder gozosamente nuestra vida para encontrarla, plena y radiante, en Cristo.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo permanezcan siempre con todos vosotros, con esta comunidad eclesial y con cuantos invocan en la verdad el Nombre santo del Dios vivo. A Él sea todo honor y gloria, por los siglos de los siglos.

Amén.


Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez


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