Domingo XVII del Tiempo Ordinario: «El corazón sabio y el tesoro del Reino»

26.07.2026

«Si de verdad hemos tocado, aunque sea por un instante, la sabiduría que viene de lo alto, ese roce luminoso bastará para reorientar las prioridades diarias y encender en el alma una alegría que ninguna circunstancia externa logrará arrebatarnos.»


El Leccionario en un texto (A)

Primera Lectura: «Te concedo un corazón sabio e inteligente» (1 Reyes 3, 5. 7-12).

Salmo: «¡Cuánto amo tu ley, Señor!» (Salmo 118 (119), 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130).

Segunda Lectura: «A los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo» (Romanos 8, 28-30).

Evangelio: «El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo» (Mateo 13, 44-52).


Homilía


Amadísimos hermanos, nos encontramos en pleno Tiempo Ordinario del año litúrgico —o, como algunas tradiciones denominan este largo periodo posterior a Pentecostés, en la Estación del Reino—. Esta expresión arroja una luz profunda sobre los domingos que ahora recorremos. Mientras el calendario civil cuenta el paso de las semanas, la Iglesia santifica su curso y proclama que cada jornada pertenece a Cristo. Al participar en los ritos y meditar las lecturas dominicales de este periodo, el creyente logra adentrarse en las realidades medulares de su cotidianidad cristiana. En este domingo, al acercarnos a la Palabra de Dios, descubrimos el valor inestimable de la sabiduría que procede de lo alto, abrazando esta gracia como un don concedido para discernir el bien y ordenar hasta las decisiones más terrenales conforme a la voluntad del Altísimo.

El rey Salomón se sabía joven e inexperto ante la inmensidad de la misión que había recibido. Durante la noche, en Gabaón, compareció ante Dios con el peso de todo un pueblo sobre sus hombros, y manifestó en su plegaria la rectitud de aquello que verdaderamente deseaba. El tercer y último monarca del reino unido de Israel suplica un corazón atento para juzgar al pueblo y discernir entre el bien y el mal. Esta expresión hebrea —leb shomea, un corazón que escucha— designa una disposición interior mucho más alta que la simple agudeza intelectual; refleja la obediencia de quien presta oído a Dios para gobernar según su voluntad. Al pedir este don, Salomón —a quien la tradición atribuye obras eminentes de la literatura sapiencial como Proverbios y el Cantar de los Cantares— reconoce también que nadie puede comprender rectamente el sufrimiento ajeno y los anhelos de sus hermanos mientras permanezca encerrado en su propio juicio. El Señor acogió la súplica del incipiente monarca con benevolencia, pues había renunciado a reclamar bienes perecederos o exigir la ruina de sus adversarios, colocando por encima de su provecho personal el cuidado del pueblo que Dios le había confiado.

Guiados por la sabiduría que Salomón antepuso a las riquezas, logramos reconocer, entre los abundantes bienes que ofrece la vida, aquel cuyo valor merece la entrega de todo cuanto poseemos. El Maestro de Galilea reviste esta profunda capacidad de discernimiento con imágenes cotidianas a través de los relatos del Evangelio. Hoy conviene detenernos por un momento en los protagonistas que nos presenta san Mateo. El primero es un jornalero que trabaja un terreno ajeno y tropieza con el tesoro de forma inesperada; el otro es un comerciante experto que lleva años escudriñando bazares hasta hallar la perla que tanto esperaba. Mediante estas historias, Cristo abraza en el mismo horizonte a quienes son sorprendidos por la gracia y a quienes buscan incansablemente, señalando así dos caminos por los que podemos llegar al encuentro con su Reino —la fe que irrumpe casi por sorpresa y la verdad hallada tras un largo desvelo—. 

Al contemplar esta pluralidad de caminos, la comunidad cristiana recibe un don supremo, pues el Señor acoge ambas experiencias y les concede la misma dignidad espiritual. Un trabajador humilde o un perito en joyas descubre algo de valor incalculable, un bien que trasciende por completo todas sus posesiones anteriores. Movidos por una alegría incontenible, estos hombres deciden vender todo cuanto tienen para adquirir aquel campo o aquella perla única; asumir semejante desprendimiento presupone haber cultivado, mediante la meditación asidua de la santa Palabra, una confianza absoluta en la providencia divina.

El apóstol Pablo fundamenta esta certeza inquebrantable en su carta a los Romanos al recordar el inmenso plan salvífico trazado desde la eternidad. Para ilustrar esta maravilla, el texto original emplea el vocablo griego próthesis —un término que revela el designio amoroso y deliberado del Padre—, conforme al cual hemos sido llamados y podemos vivir con la certeza de que Dios conduce todas las cosas hacia el bien de quienes lo aman. El Creador eleva la existencia humana por encima de cualquier destino ciego o azaroso, pues nos ha predestinado a reproducir en nosotros la imagen de Jesucristo, primogénito entre muchos hermanos. Alcanzar esta semejanza con el Hijo encarnado glorifica nuestra naturaleza y dota de un sentido trascendente incluso a los desprendimientos más arduos. 

Recordemos que somos configurados con Él en el Bautismo, de modo que morimos y resucitamos unidos a su misterio. En la Eucaristía el Salvador habita en nosotros y nosotros en Él, incorporándonos cada vez más íntimamente a la comunión de su Cuerpo. La Confirmación lleva a plenitud la gracia bautismal mediante la unción del Espíritu Santo y nos fortalece para confesar la fe con la palabra y con la vida, participando de la misión sacerdotal y profética de Cristo. Todo ello constituye la forma en que nuestro Padre nos transforma y fortalece hasta que Cristo alcance en nosotros la medida de su plenitud y lleguemos a ser, como proclama el Apóstol, más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.

Esta victoria espiritual sobre las vicisitudes terrenales nos impulsa a abrazar entrañablemente el mundo que habitamos. El seguidor de Jesús contempla con la compasión del Padre nuestro tiempo, con sus conflictos y sus anhelos, comprendiendo que Dios ha querido derramar su gracia precisamente sobre esta tierra herida y conducir en ella a sus hijos hacia la gloria. Adquirir el tesoro implica comprar el campo entero; por tanto, el hombre de fe acoge la creación y a sus semejantes con una caridad inmensa. Precisamente en este vasto terreno compartido descubrimos el profundo valor del encuentro ecuménico, pues al caminar hombro a hombro junto a otras tradiciones cristianas reconocemos cuánto la gracia de Cristo ha obrado en ellas y avanzamos hacia la unidad por la que Él mismo rogó al Padre. El reino celestial congrega a pueblos y lenguas diversas en la confesión del único Señor, y esta riqueza de expresiones alcanza su sentido más pleno cuando permanece orientada hacia la comunión visible de todos los bautizados. Al cultivar una fraternidad respetuosa, la Iglesia logra escuchar cuánto el Espíritu ha preservado en nuestros hermanos y ofrecerles, con igual caridad, los dones recibidos en nuestra propia tradición. Quien ha reconocido el valor del tesoro evangélico comprende que ninguna comodidad personal merece anteponerse a la unidad querida por Jesucristo.

Jesús sella esta enseñanza al presentar la figura del escriba que se ha hecho discípulo del Reino, comparándolo con un padre de familia que saca de su tesoro lo nuevo y lo antiguo. Al contemplar esta imagen, reconocemos una clave hondamente ecuménica y sanadora. La fidelidad a la herencia recibida y la atención a cuanto el Espíritu continúa obrando en nuestro tiempo pertenecen al mismo cauce de la Tradición viva. Como el escriba instruido en las cosas del Reino, la Iglesia conserva con veneración cuanto recibió de los Apóstoles, custodiado y expuesto por los santos Padres, y transmitido de generación en generación mediante la predicación viva y el testimonio escrito, mientras permanece atenta a cuanto el Espíritu sigue diciendo en el curso de la historia. Amados, necesitamos humildad y caridad paciente para cuidar lo antiguo sin momificarlo y acoger lo nuevo sin diluir lo esencial, teniendo siempre presente que el Evangelio es Buena Nueva de salvación.

El Señor conceda que, al salir de esta celebración, cada uno se pregunte con sinceridad dónde ha puesto hoy su tesoro. Quizá lo descubramos al afinar el oído del corazón en medio del ruido incesante de nuestras propias ambiciones, o al tomar la firme decisión de despojarnos alegremente de alguna falsa seguridad terrenal para acoger plenamente el llamamiento de Cristo. Si de verdad hemos tocado, aunque sea por un instante, la sabiduría que viene de lo alto, ese roce luminoso bastará para reorientar las prioridades diarias y encender en el alma aquella alegría que ninguna circunstancia externa logrará arrebatarnos.

Retomando el cántico del salmista, los creyentes de todos los tiempos hacemos nuestra su confesión agradecida: «Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata». Que el Espíritu Santo infunda en cada peregrino el coraje sereno para abandonar sus seguridades pasajeras y abrazar la riqueza inconmensurable del Evangelio. Al disponer nuestro ser a la voz del Creador, la asamblea entera participa de la sabiduría eterna que convierte a jornaleros y comerciantes en herederos de una promesa inmarcesible. Amén. Que así sea.


Mons. † Abraham Luis Paula Ramírez

Share

Iglesia Antigua Católica y Apostólica

Una comunidad viva en la Tradición Apostólica, fiel al Evangelio de Cristo.

Inicio | Obispo | Doctrina | Espiritualidad | Misceláneas | Contacto

“Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17,21)

Madrid, Reino de España – Secretaría Episcopal

Todos los textos y materiales aquí publicados pertenecen íntegramente a esta Comunidad de Adoración: IACA.
Se permite su uso pastoral o académico siempre que se respete la integridad doctrinal, se cite la fuente y no se desvirtúe su sentido católico y apostólico.

© 2025 Iglesia Antigua Católica y Apostólica | Idiomas: Español