
Domingo XVIII del Tiempo Ordinario: «Dadles vosotros de comer»
conserva la medida de nuestra escasez.»
El Leccionario en un texto (A)
Primera Lectura: «Venid y comed de balde, venid y bebed sin pagar vino ni leche» (Isaías 55, 1-3).
Salmo: «Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente» (Salmo 144 (145), 8-9. 15-16. 17-18).
Segunda Lectura: «Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Romanos 8, 35. 37-39).
Evangelio: «No hace falta que vayan; dadles vosotros de comer» (Mateo 14, 13-21).
Homilía
Amadísimos hermanos, en medio de las ocupaciones cotidianas, la Palabra que acaba de resonar entre nosotros vuelve a colocar nuestra vida bajo la solicitud amorosa del Creador, cuya munificencia excede todo cálculo humano. En ella se nos revela el Dios que sale al encuentro de la indigencia humana y nos hace partícipes de sus dones, para que cuanto recibimos de sus manos alcance también al prójimo.
La primera lectura, tomada del libro de Isaías y nacida en el horizonte doloroso del destierro, nos sitúa ante un escenario de extrema aridez espiritual e histórica. Israel experimenta el desgarro de haber sido arrancado de su tierra y la desolación de vivir lejos de Jerusalén, mientras comienza a insinuarse la tentación de buscar refugio en seguridades que prometen alivio, pero dejan intacta la indigencia del corazón humano. En medio de esta intemperie, Dios se manifiesta con la frescura del caminante que atraviesa el desierto anunciando que hay agua para el sediento y alimento para quien tiene hambre, que el vino y la leche se ofrecen sin dinero y de balde. El profeta interpela duramente los afanes humanos orientados hacia lo superfluo, invitando a inclinar el oído hacia la voz del Señor, cuya promesa alimenta aquello que los bienes de la tierra jamás pueden saciar. Esta alianza perpetua y firme, prometida antiguamente a David, se convierte en el cimiento sobre el cual se reconstruye la esperanza de quienes se creían abandonados a su suerte.
La generosidad anunciada por Isaías adquiere rostro y gesto en el Evangelio de san Mateo. Tras conocer la muerte violenta de Juan el Bautista, Jesús se retira en barca hacia un lugar apartado, buscando el silencio. Al desembarcar y contemplar la muchedumbre que lo ha seguido a pie desde los poblados, el Maestro se conmueve profundamente ante ella. Desde ese momento, la necesidad de quienes lo rodean ocupa por entero su corazón, y su misericordia se derrama sobre los enfermos que encuentra entre la multitud. Cuando los discípulos proponen despedir a la gente para que busque alimento en las aldeas vecinas, la respuesta de Cristo rompe la lógica del cálculo y coloca sobre ellos una responsabilidad inesperada. «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer», afirma el Señor, poniendo ante sus discípulos la pobreza concreta de los cinco panes y los dos peces que tienen entre las manos.
Aquellos cinco panes y dos peces, puestos en las manos de Cristo, dejan de representar la impotencia de los discípulos y se convierten en ofrenda sobre la cual se manifiesta la abundancia de Dios. Ante las urgencias del mundo contemporáneo, la tentación recurrente consiste en delegar la responsabilidad o resignarse ante la escasez de los propios recursos. El Señor, por el contrario, enseña a sus discípulos a poner en sus manos cuanto poseen, aunque parezca insuficiente. Esa respuesta del hombre al mandato divino dispone su pobreza para que sobre ella se manifieste la mano providente del Padre. La Iglesia reconoce en aquel «dadles vosotros de comer» el anhelo de Cristo de que ninguno de sus discípulos vuelva el rostro ante el hambre espiritual o material de sus semejantes, ni permanezca indiferente frente al sufrimiento humano. Al pronunciar la bendición, partir el pan y entregarlo a través de los discípulos, Jesús anticipa el misterio de la Eucaristía, en la que Él mismo se entrega como alimento y sacia la necesidad más profunda del hombre, aquella que ninguna criatura puede colmar.
San Pablo conoció en su propia carne la tribulación, la angustia, la persecución y la espada. Cuando escribe a los Romanos, habla con la autoridad de quien ha padecido por Cristo y ha comprobado que el sufrimiento puede herir profundamente la existencia, mas carece de poder para quebrar la comunión del creyente con su Señor. Es por ello que enumera, con absoluta contundencia, cuanto pudiera alzarse contra nosotros y lo declara impotente ante el amor divino: «ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». El Apóstol parece recorrer con estas palabras toda la extensión de lo creado, desde las realidades que conocemos hasta aquellas que escapan a nuestros sentidos, y sobre cada una pronuncia el mismo veredicto; ninguna posee autoridad para romper lo que Dios ha unido a Cristo. La muerte podrá arrebatarnos la vida temporal; la persecución podrá despojarnos de seguridades y bienes; las fuerzas de este mundo podrán cercarnos hasta hacernos experimentar nuestra extrema fragilidad; no obstante, sobre todas ellas permanece inviolable el amor de Dios, y por eso cierra su confesión con aquella certeza en la cual descansa también la esperanza de la Iglesia: «en todas estas cosas vencemos de sobra por medio de Aquel que nos amó».
El Señor conceda que, al salir de esta celebración, cada uno se pregunte con sinceridad dónde ha puesto hoy su confianza y qué está dispuesto a poner en las manos de Cristo. Solo entonces los cinco panes y los dos peces dejan de ser el recuerdo lejano de aquel prodigio junto al lago y comienzan a hablarnos de nuestra propia obediencia ante el Señor. No olvidemos que comparecemos ante Él con aquello que tenemos, con esas fuerzas que tantas veces juzgamos insuficientes. La victoriaradica en confiar en lo que Él puede obrar con nuestra miseria. El pan, mientras permanece en nuestras manos cerradas, conserva la medida de nuestra escasez; cuando obedecemos al Señor y lo entregamos, la Providencia del Padre puede hacerlo fecundo. Quienes en esta Eucaristía recibiremos de sus manos el Pan de la Vida debemos salir de la Mesa santa con las manos abiertas ante el hermano que tanto necesita nuestra ayuda.
Retomando el cántico del salmista, los creyentes de todos los tiempos confesamos agradecidos que el Señor abre su mano y sacia de favores a todo viviente. Que el Espíritu Santo infunda en cada peregrino el coraje sereno para entregar lo poco que posee, sabiendo que Cristo puede hacerlo fecundo para bien de muchos, hasta el día en que el Señor nos haga sentar a su Mesa en el Reino eterno. Amén. Que así sea.
