
Domingo XXIX del Tiempo Ordinario: «La imagen del César y la imagen de Dios»
había sido estampada la imagen del Creador, ¡qué magnanimidad del amor de Dios para nosotros!»
El Leccionario en un texto (A)
Primera Lectura: «Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios» (Isaías 45, 1. 4-6).
Salmo: «Aclamad la gloria y el poder del Señor» (Salmo 95 (96), 1 y 3. 4-5. 7-8a. 9-10a y c).
Segunda Lectura: «Recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza» (1 Tesalonicenses 1, 1-5b).
Evangelio: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mateo 22, 15-21).
Homilía
Amados hermanos en Cristo:
La Palabra de Dios nos sitúa hoy ante una cuestión que toca lo más íntimo de nuestra conciencia, ¿a quién pertenecemos verdaderamente? Los imperios se levantan y desaparecen, las monedas cambian de efigie, los gobernantes suceden a otros gobernantes, las fronteras se desplazan y las ideologías que parecían eternas terminan convertidas en páginas amarillentas de los libros de historia; mientras todo esto pasa, permanece inmutable el señorío del Altísimo, porque únicamente Dios puede decir sobre el hombre, con absoluta propiedad, aquello que ningún poder terreno tiene derecho a pronunciar: «Tú eres mío».
La primera lectura, que nos conduce al siglo VI antes de Cristo, nos presenta una figura sorprendente. Ciro, rey de Persia, vencedor poderoso, gobernante pagano que ni siquiera conoce al Dios de Israel, recibe por boca del profeta Isaías un título extraordinario. El Señor lo llama su ungido y declara que lo ha tomado de la mano para doblegar ante él las naciones. Dios, que dirige la sinfonía de todas las sazones, utilizará precisamente a aquel monarca extranjero para abrir las puertas de Babilonia y permitir el regreso del pueblo desterrado.
Este episodio nos obliga a contemplar la historia con una visión más elevada, desde arriba, desde esa altura a la que debería acostumbrarse el cristiano a contemplar todas las cosas si es que quiere llegar a entender, aunque sea un poco, los designios de Dios. Ciro cree extender su imperio, sus generales creen ejecutar estrategias militares y los pueblos contemplan el ascenso de otra potencia; mientras los hombres calculan conquistas y derrotas, la Providencia está conduciendo silenciosamente los acontecimientos hacia el cumplimiento de sus designios. Ciro posee cetro, ejército y territorio; el Señor posee a Ciro. El rey gobierna Persia; Dios gobierna la historia.
«Yo soy el Señor y no hay otro», proclama Isaías.
Pudiéramos decir que tal afirmación constituye la clave espiritual de las lecturas de este domingo. Por encima del poder político, de la fuerza económica, de los consensos culturales y de las construcciones humanas permanece la soberanía de Dios. Los cristianos respetamos la autoridad legítima, cumplimos nuestros deberes civiles, reconocemos cuanto de justo pueda existir en las instituciones humanas y, al mismo tiempo, sabemos que ningún César posee jurisdicción absoluta sobre nuestra conciencia, porque en ella hay inscrito un Nombre anterior a todos los nombres de la tierra.
Los fariseos y los partidarios de Herodes se acercan a Jesús con palabras cuidadosamente preparadas. Su cortesía encubre una trampa. Le llaman Maestro, reconocen aparentemente su sinceridad y terminan formulando la pregunta que debía comprometerlo ante unos u otros: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?».
La Palestina de aquel tiempo vivía bajo ocupación romana. El tributo representaba mucho más que una obligación económica; recordaba dolorosamente la dominación extranjera. Si Jesús rechazaba el impuesto, podían denunciarlo ante Roma. Si lo aprobaba de manera servil, podían presentarlo ante el pueblo como colaborador del poder ocupante. El Señor, que conoce la intención escondida detrás de aquellas palabras pide que le muestren la moneda del impuesto y aquí aparece el denario. Sobre ella está grabado el rostro del emperador y alrededor de aquel rostro se proclaman sus títulos. Jesús contempla la moneda y pregunta de quién son aquella imagen y aquella inscripción.
«Del César». Y pronuncia en esta hora aquella sentencia que a día de hoy no sólo conocemos los cristianos: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Fijémonos cómo esta respuesta posee una profundidad mucho mayor que la habilidad con la que Jesús desarma a sus adversarios. El César puede reclamar la moneda porque la moneda lleva impresa su imagen. Dios reclama al hombre porque el hombre lleva impresa la imagen de Dios. ¡Aleluya!
En el principio, cuando todavía ningún imperio había levantado sus murallas y ningún soberano había acuñado moneda alguna, Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Antes de que sobre el metal apareciera el rostro del César, sobre la criatura humana había sido estampada la imagen del Creador, ¡qué magnanimidad del amor de Dios para nosotros!
San Agustín, el insigne santo de Hipona, al meditar en el Evangelio que hoy se ha proclamado comprendió admirablemente esta escena. El César busca su imagen en la moneda; Dios busca la suya en nosotros. La moneda puede pasar de mano en mano, puede pagar impuestos, comprar mercancías o desaparecer con el tiempo, en cambio, la imagen divina grabada en nuestra naturaleza señala una pertenencia mucho más profunda. El entendimiento y la libertad, la conciencia donde resuena la ley divina, el cuerpo mismo con toda su dignidad y la capacidad de amar que ennoblece la existencia humana, todo cuanto somos y cuanto estamos llamados a alcanzar en la eternidad pertenece radicalmente a Dios, que nos creó a su imagen y nos destinó, por la gracia de Jesucristo, a participar de su propia Vida.
Por eso, el Señor acepta que se entregue al César aquello que lleva la marca del César y, con una autoridad mucho mayor, reclama que devolvamos a Dios aquello que lleva su imagen. Entreguemos, pues, al Estado los deberes que justamente le corresponden y contribuyamos al sostenimiento de la sociedad, trabajando por la paz de la ciudad terrena, pues el cristiano carece de vocación para el desorden y la irresponsabilidad cívica. Una fe auténticamente cristiana alentará siempre hombres capaces de servir al bien común con rectitud.
Los antiguos emperadores estampaban su rostro sobre las monedas; los poderes de nuestro tiempo disponen de medios mucho más penetrantes para intentar imprimir su imagen sobre la conciencia. La publicidad y las ideologías procuran definir de antemano aquello que debemos considerar verdadero, bueno o aceptable, el ruido digital penetra durante horas por nuestros ojos y oídos hasta colonizar silenciosamente la imaginación y así el hombre de hoy puede terminar llevando interiormente la efigie de aquello que contempla continuamente. Los renacidos por medio del agua y del Espíritu, que no debemos acostumbrarnos a las corrientes de este siglo, no podemos permitir que los criterios del tiempo presente ocupen sin discernimiento nuestra conciencia, pues correríamos el peligro de conservar el nombre cristiano mientras comenzamos a mirar la realidad con ojos que ya no son los de Cristo.
Es preciso que cuidemos de mantener límpida en nosotros la imagen del Salvador. El pecado intentará grabar su figura sobre el corazón. La avaricia buscará imprimir sus profundos surcos, la sensualidad requerirá continuamente el cuerpo como territorio propio… la soberbia, el resentimiento y la ambición, terminan llevando en servidumbre de la oscuridad a las almas que no se fortalecen con la Palabra y los Sacramentos.
Sin embargo, el Padre contempla su imagen incluso bajo el polvo del pecado y llama a cada criatura por su nombre para restaurarla. Nuestra respuesta ha de ser rendirnos a la voluntad de Cristo para que vaya restituyendo en nosotros los rasgos originarios de aquella imagen que el mal ha deteriorado, hasta poder decir con san Pablo que somos transformados conforme a la imagen del Salvador.
Sepamos, hermanos, que esta restauración jamás es fruto de nuestra sola voluntad; San Pablo nos lo recuerda en la segunda lectura cuando escribe a la pequeña comunidad de Tesalónica. Aquellos cristianos viven rodeados de dificultades y, pese a ello, el Apóstol da gracias a Dios al contemplar «la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza». Por eso añade el apóstol que el Evangelio llegó a los tesalonicenses «con fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda», pues sólo el Espíritu da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas.
Darle a Dios lo que es de Dios es devolverle cada mañana la primera mirada antes de entregarla al torrente de imágenes del teléfono; es reservar para su Palabra algunos minutos verdaderamente suyos, cuando todavía la conciencia no ha sido ocupada por las preocupaciones del día; refrenar la lengua cuando el resentimiento quiere servirse de ella; gobernar los sentidos, trabajar con honradez, administrar justamente nuestros bienes y responder con misericordia cuando podríamos devolver la ofensa.
Hermanos, todo nuestro ser pertenece al Señor, incluso nuestros bienes, porque aún aquello que llamamos nuestra posesión ha llegado primero a nosotros como providencia y encargo; y, por encima de todo, le pertenece nuestra conciencia. Cuando cualquier autoridad humana contradice abiertamente la voluntad divina exigiendo obediencia, se encuentra reclamando algo que jamás le fue entregado. De los santos apóstoles tenemos el ejemplo de lo que debe primar en estos casos, cuando respondieron ante quienes pretendían imponerles silencio: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Eso sí, recordemos que esa obediencia jamás puede convertirse en coartada para la arrogancia, la violencia o el desprecio. El cristiano resiste al mal permaneciendo cristiano, su firmeza siempre conservará la caridad, porque también aquel con quien discrepa lleva en sí la imagen del Creador.
Dentro de unos momentos nos acercaremos al altar y comprenderemos hasta dónde llega esta pertenencia. La Eucaristía, memorial vivo del sacrificio redentor de Cristo, nos comunica los frutos de su victoria sobre el pecado y restaura en nosotros la imagen divina que fue desfigurada por la desobediencia en el Edén. Recibimos a Cristo para ser configurados con Cristo. Cuando terminemos nuestra peregrinación y comparezcamos ante Aquel de quien procedemos, Dios buscará en nosotros los rasgos de su Hijo.
Que Cristo, restaurando día tras día en nosotros la imagen divina, pueda presentarnos finalmente ante el Padre como aquello que siempre estuvimos llamados a ser: hijos reconciliados, criaturas transfiguradas por la gracia, hombres enteramente suyos.
Dad al César lo que es del César.Dad a Dios lo que es de Dios.
Señor, recibe cuanto somos, porque tuya es nuestra vida, tuya nuestra conciencia y tuyo nuestro destino. Graba nuevamente en nosotros el rostro de tu Hijo, hasta que, terminada nuestra peregrinación, podamos contemplarte cara a cara y permanecer para siempre en la luz de tu Reino. Amén.
