
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario: «La vestidura del Reino»
y cubre nuestra indignidad con la justicia que brota de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada.»
El Leccionario en un texto (A)
Primera Lectura: «El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y aniquilará la muerte para siempre» (Isaías 25, 6-10a).
Salmo: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término» (Salmo 22 (23), 1-3a. 3b-4. 5. 6).
Segunda Lectura: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Filipenses 4, 12-14. 19-20).
Evangelio: «Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos» (Mateo 22, 1-14).
Homilía
Amadísimos hermanos en Cristo:
En nuestro vivir de cada día nos estamos jugando nuestra salvación eterna. La afirmación puede parecer severa a una conciencia acostumbrada a separar la fe de la marcha ordinaria de la existencia, pero el Evangelio de este domingo señala precisamente esta verdad. Dios nos ha llamado a participar de su Reino, ha dispuesto para nosotros el banquete de las bodas de su Hijo y ha enviado sus mensajeros para convocarnos. La invitación procede enteramente de su misericordia; nuestra vida, entretanto, va dando respuesta a esa llamada mediante las decisiones con las que acogemos o rechazamos la gracia.
El profeta Isaías contempla anticipadamente este misterio bajo la imagen de un gran banquete preparado por el Señor sobre el monte santo. Allí reúne Dios a los pueblos y dispone manjares abundantes; allí retira el velo que cubría a las naciones y anuncia algo todavía mayor, porque «aniquilará la muerte para siempre» y enjugará las lágrimas de todos los rostros. Velado bajo el lenguaje solemne del profeta aparece la esperanza más profunda de Israel y, con ella, la esperanza de la humanidad entera. El hombre ha sido creado para una comunión con Dios que la muerte parece interrumpir y que únicamente Dios puede restaurar.
Bien sabemos, al escuchar las antiguas voces mesiánicas, que este oráculo maravilloso alcanza su cumplimiento en Jesucristo. En su muerte y resurrección ha comenzado la derrota definitiva de aquella muerte que pesaba sobre los hijos de Adán. El banquete anunciado por Isaías adquiere entonces una claridad nueva: Dios reúne a los hombres alrededor de su Hijo, y la salvación aparece ante nosotros con la solemnidad de unas bodas, porque Cristo se ha unido a la humanidad redimida y ha hecho de la Iglesia su Esposa.
La parábola proclamada en el Evangelio nos cuenta que un rey celebra las bodas de su hijo y manda llamar a los invitados. Todo está preparado, la mesa está dispuesta y llega la hora de entrar. Sin embargo, aquellos primeros convidados rehúsan asistir. Algunos se marchan a sus campos, otros a sus negocios, mientras otros responden con violencia contra los servidores del monarca. Jesús describe así el drama de la libertad humana ante la llamada del Dios amoroso. Resulta significativo que algunos de los invitados se ausenten ocupados en realidades que, consideradas en sí mismas, son legítimas; el campo y los negocios pertenecen a la vida ordinaria. El problema comienza cuando aquello que debía ocupar su lugar termina apoderándose del corazón y desplaza a Dios hasta convertirlo en asunto secundario.
Esta forma silenciosa de rechazo se contempla recurrentemente en el hombre contemporáneo, y no porque declare abiertamente que Dios carece de importancia; sencillamente vive como si nunca hubiera sido invitado. El trabajo, las preocupaciones económicas, el descanso que sólo se entiende como tiempo para distracción, la pantalla que ocupa las horas sueltas del día y la sucesión incesante de estímulos pueden terminar llenando la conciencia hasta que la voz del Señor apenas encuentra espacio en el corazón. La invitación continúa llegando, pero permanecemos absorbidos por asuntos que mañana habrán pasado, a veces de rutina y fuera de toda proporción de prioridad real.
Ante el rechazo de los primeros convidados, el rey envía a sus criados a los cruces de los caminos. Han de llamar a cuantos encuentren, y la sala termina llena de comensales, buenos y malos. El Evangelio manifiesta aquí la amplitud de la misericordia divina, pues nadie puede atribuirse el derecho previo de ocupar un lugar en aquella mesa; es Dios quien sale al encuentro de quienes estaban lejos y hace resonar su llamada más allá de los límites que los hombres suelen establecer.
Fijémonos, hermanos, cómo este debe ser también el obrar de la Iglesia, llamada a reflejar los rasgos de Cristo —maestro, sacerdote y pastor—, de modo que a través de sus acciones se manifieste el amor y el plan de salvación de Dios. Su misión consiste en llevar la voz del Salvador por los caminos del mundo y anunciar que la puerta del Reino permanece abierta. El pecador puede regresar y quien había perdido el rumbo puede encontrar en Cristo el camino hacia la casa del Padre. La gracia divina alcanza al hombre donde se encuentra y lo llama a una vida renovada. Recordemos esa pregunta que hace cuando habla sobre su desvelo por rescatarnos: «¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?» (Lucas 15:4).
Por eso, la parábola continúa con aquella escena que, a primera vista, puede parecer desconcertante. El rey entra para ver a los convidados y encuentra a uno que carece del vestido de boda. Aquel hombre había aceptado la invitación y había entrado en la sala, pero su presencia exterior no correspondía a la dignidad de las bodas.
Conviene comprender, además, por qué aquel hombre es expulsado del banquete, pues de otro modo la severidad del rey podría parecernos injusta. La tradición ha entendido que, en aquellas bodas reales, como los convidados eran recogidos directamente de los caminos, el propio anfitrión ponía a su disposición la vestidura adecuada para entrar en la fiesta. Aquel hombre no es rechazado por su pobreza ni por su incapacidad para procurarse un vestido digno; su condena nace de haber despreciado la vestidura ofrecida gratuitamente. Por esta razón enmudece cuando el rey le pregunta cómo ha entrado de aquella manera.
Amados, es en este momento tan tenso del Evangelio donde reconocemos en ese monarca a nuestro Padre Dios, quien ofrece gratuitamente al hombre aquello que por sí mismo jamás podría procurarse. Él nos reviste de Jesucristo, de la gracia obtenida por su sacrificio redentor, y cubre nuestra indignidad con la justicia que brota de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada. Pese a ello, muchos escuchan la invitación del Evangelio y pretenden entrar en el Reino conservando sus propias vestiduras, confiando en sí mismos y resistiéndose a recibir aquella vida nueva que procede de Cristo. El drama de aquel convidado consiste precisamente en haber querido participar del banquete rechazando el don que podía hacerlo digno de permanecer en él.
San Agustín, en su meditación sobre este Evangelio, identifica ese vestido nupcial con la caridad, el amor recibido de Dios que se manifiesta en el amor hacia Él y hacia el prójimo. Podemos haber entrado materialmente en la Iglesia, conocer sus oraciones, participar de su liturgia y acercarnos incluso con frecuencia al altar, mientras conservamos voluntariamente enemistades, desprecios, injusticias o durezas incompatibles con el Evangelio. La pertenencia visible a la comunidad cristiana no es el signo interior de una verdadera conversión; el activismo puede incluso acompañar una vida eclesial intensa, pero por sí mismo no acredita la conversión del corazón. El vestido de las bodas ha de revestir también nuestra manera de tratar a quienes Dios ha puesto junto a nosotros.
La antigua liturgia expresaba esta realidad con extraordinaria fuerza cuando imponía al recién bautizado la vestidura blanca y le mandaba conservarla limpia hasta comparecer ante el tribunal de Cristo. Toda la vida cristiana puede contemplarse bajo esa imagen, ya que hemos recibido una dignidad que debe ser vigilada bajo la acción de la gracia, y cuando el pecado la hiere, Cristo mismo ha dejado en su Iglesia el sacramento de la reconciliación para restaurarnos.
La caridad se verifica en el modo de hablar del ausente, en la capacidad de perdonar una ofensa que llevamos demasiado tiempo conservando o en la ayuda prestada a quien la necesita. También se verifica dentro de nuestras casas, donde la convivencia descubre con particular claridad lo que verdaderamente habita en el corazón. Podemos cantar durante la liturgia y pronunciar con devoción el Padrenuestro, pero la petición «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos» debe interpelar nuestra propia conducta.
Hoy, en la carta a los filipenses, San Pablo ofrece otra dimensión de este mismo camino; reconoce que no es fácil, es el «camino angosto», cierto, pero no el de la desolación. Desde su experiencia de la abundancia y de la pobreza, confiesa una certeza inquebrantable: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta». El Apóstol ha aprendido a permanecer fiel cuando las circunstancias cambian, porque su fortaleza ya no depende de la comodidad ni de la seguridad inmediata que pueda atesorar; Cristo se ha convertido en el fundamento desde el cual recibe tanto la abundancia como la privación.
Para el alma cristiana, Cristo es verdaderamente la porción de su heredad, según canta el salmista: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa» (Salmo 16:5), la porción bendita que sacia plenamente toda hambre de eternidad. Aun cuando la senda terrenal se torna escarpada bajo el peso de la Cruz, jamás caminamos en la desolación de la orfandad; en su infinita condescendencia, el Señor nos ha provisto de la más sublime y misteriosa compañía. Por un lado, nos sostiene desde dentro a través del Espíritu Santo que habita en nosotros como en un templo vivo, aquel Dulce Huésped del alma que, según los Santos Padres como San Agustín, nos une a Dios más íntimamente que nuestra propia intimidad. Por otro lado, nos custodia desde fuera mediante el ministerio de nuestro Ángel de la Guarda, ese fiel centinela celestial que, en palabras de San Juan Crisóstomo, es asignado a cada creyente como un escudo invisible y un pedagogo en la fe.
Y todo cuanto hemos escuchado converge finalmente en la Eucaristía, porque cada vez que la Iglesia se reúne alrededor del altar aparece ante nosotros, todavía bajo los signos sacramentales, el banquete anunciado por Isaías. Es allí donde el misterio de la divina compañía se vuelve carne y misterio pascual… Cristo mismo nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre y nos concede participar anticipadamente de aquella comunión que alcanzará su plenitud cuando Dios haya destruido definitivamente la muerte (Isaías 25: 8). En este sagrado convite, la Cruz que pesaba en la senda se transforma en el árbol de la vida, y aquel manjar de nuestra heredad deja de ser un anhelo lejano para convertirse en el Pan vivo bajado del cielo, viático eterno que transfigura nuestra indigencia en la sobreabundancia de su Gloria.
«Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos», concluye el Señor. Estas palabras quieren arrancarnos de la falsa seguridad de una fe instalada en la costumbre y el rito exterior, despertándonos hacia una fidelidad consciente. Hemos sido invitados a las bodas del Cordero; por eso, mientras caminamos por esta vida, dejemos que Cristo purifique cuanto todavía se resiste a su gracia y revista nuestra existencia con aquella caridad sin la cual toda apariencia religiosa termina vacía.
Que la Santísima Virgen María, enteramente disponible a la voluntad de Dios y fiel hasta la Cruz, nos acompañe con su ejemplo en este camino. Y cuando llegue para nosotros la hora de entrar definitivamente en la sala del banquete, pueda encontrarnos el Señor revestidos con la vestidura nupcial recibida de su gracia.
