Dominica I in Quadragesima: «El Desierto y la Puerta del Reino»

22.02.2026
«Donde Adán dejó una herida, el Nuevo Adán abre la puerta gloriosa de su Reino.»

El Leccionario en un texto (A)

Primera Lectura: «El Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida» (Gn 2, 7)

Salmo: «Misericordia, Señor, hemos pecado» (Sal 51[50], 3)

Segunda Lectura: «Así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Rom 5, 19)

Evangelio: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4)


Homilía


Amadísimos hermanos en Cristo:

A la luz de este primer domingo de Cuaresma, la Iglesia vuelve a conducirnos hacia ese lugar simbólico y necesario para todo cristiano, el desierto, escenario donde Dios se manifestó tantas veces a su pueblo y al que acudieron los profetas a escuchar la voz del Altísimo. Desde allí, campo de batalla y terreno de revelación y encuentro, comenzamos la gran travesía pascual, hacia la Cruz donde el Amor acepta la herida redentora, hacia la Aurora donde la Vida se alza victoriosa. Los signos de esta estación son sobrios, ceniza, ayuno, silencio. Esa austeridad a la que hoy somos llamados nos ayuda a desenmascarar lo accesorio y deja a la vista lo esencial, la criatura amada, el barro habitado por el soplo divino, imagen destinada a la comunión con el Eterno.

La primera lectura nos sitúa frente al origen de todas las cosas. El hombre, formado del polvo, queda vivificado por el aliento de Dios. El relato antiguo describe con delicadeza de alfarero la dignidad y la fragilidad, materia humilde y, a la vez, interioridad tocada por lo eterno. En ese instante aparece el drama épico de la libertad, al que volvemos una y otra vez para comprender cómo el mal se insinúa en la belleza primera del Edén y trastoca la armonía de lo creado. El deseo de "ser como dioses" se introduce como una sed equivocada, una promesa que encanta pero que pronto deja penuria y desolación. Y la desnudez bíblica que experimentan nuestros padres, Adán y Eva, tras la caída y la desobediencia, es más que falta de vestido. Es la pérdida de la inocencia del corazón, la conciencia herida que ya no habita en la confianza y busca refugio en la sombra. Es la experiencia de estar expuestos, vaciados por dentro, sin la paz de la comunión con el Padre.

La herida originaria deja su enseñanza en la historia, y el hombre aprende, a golpes, que el mal tiene una estética seductora. Ofrece atajos, concede una sensación de dominio, promete una plenitud inmediata, pero al final deja un vacío con sabor de muerte, un corazón que se cree dueño de sí y termina más pobre, porque ha cambiado la comunión por la apariencia y la obediencia por el capricho pasajero. Los Padres han leído este misterio con temblor y nos enseñan que la serpiente va más allá del engaño. Su veneno se vuelve aún más pérfido cuando distorsiona el deseo más noble. En el fondo del hombre existe un anhelo verdadero de divinización, de participación en la Vida de Dios, y cuando ese anhelo cae en las manos del orgullo degenera en ruptura, queda el corazón como un jardín sin fuente.

La segunda lectura que hemos escuchado en la voz del Apóstol de los gentiles responde a esa pregunta que late desde el Génesis, ¿quién volverá a vestir al hombre de esperanza? San Pablo alza la mirada y enfrenta dos solidaridades, la del pecado que se propaga como herencia amarga, y la de la gracia que irrumpe como río impetuoso. En su visión, Adán representa la humanidad que ha perdido su centro, y Cristo emerge como Antitipo luminoso, el Hombre nuevo que abre el corazón a la voluntad divina y, desde esa obediencia filial, derrama vida eterna sobre sus hermanos, renacidos en él por el bautismo. Si la herida es real, la gracia lo es con mayor hondura. Donde el pecado se multiplica, la misericordia sobreabunda con un exceso propio de Dios.

"Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito." ¿Conocemos alguna entrega mayor? ¿Existe un amor más grande que el que se expone por los suyos? En esa misma medida, el amor de Cristo, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió. Acompañémosle ahora de nuevo al desierto, crisol y santuario, donde se purifica el deseo, se ordena la libertad y se aprende a vivir de la Palabra. Jesús entra en ese espacio como verdadero hombre, asume nuestra condición hasta el hambre, hasta la aridez, hasta la prueba. Los Santos Padres han visto aquí un misterio grande: Cristo recoge en sí la historia de Adán, atraviesa la historia de Israel, y toma sobre sus hombros la historia interior de todo discípulo que desea seguirle. Camina donde el hombre cayó, para levantarlo desde la hondura de su Sagrado Corazón.

Asistimos, pues, a las tres tentaciones, síntesis del combate humano desde antiguo y hasta el fin de los tiempos. La primera se presenta con crudeza, convertir piedras en pan. En ella asoma la tentación de usar a Dios como ventaja, de manipular lo sagrado para calmar de inmediato la necesidad, de reducir la existencia al estómago del alma. Cristo responde con la Escritura: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3). Esa palabra da forma a la Cuaresma en el ayuno, que coloca a cada cosa en su lugar, purifica el deseo y devuelve al corazón su gobierno. El cuerpo se disciplina, y en esa sobriedad el cristiano recuerda de qué Pan vive de verdad.

Y aquí conviene un toque profético, porque muchos han reducido a Dios a lo que se ve. Si el templo impresiona, se cree; si la imagen conmueve, se rinde el corazón, y cuando falta esa grandeza exterior la fe se enfría como lámpara sin aceite. Otros buscan a Dios en la descarga emocional de lo multitudinario, confunden fervor con conversión y lágrimas con obediencia; pasa la música, se apaga el entusiasmo, y queda el alma vacía. También están quienes se apoyan en garantías humanas, un apellido, un sello, una antigüedad, como si la gracia quedara encerrada en certificados, y el Evangelio nos despierta con una palabra desnuda: "El viento sopla donde quiere" (Jn 3, 8). Así actúa el Paráclito, la Ruah de Dios, y por eso en este domingo cuaresmal, con esta tentación vencida por el Señor, somos invitados a ordenar el culto y a purificar la mirada, porque el Señor no se presta a nuestros ensayos y pide una adoración en espíritu y verdad (cf. Jn 4, 23-24).

Meditemos ahora la tercera tentación, la más cruda y la más antigua. Despierta el deseo por los reinos del mundo, por el poder, por la gloria, por la sed de control, y ofrece dominio a cambio de adoración. Aquí se muestra la idolatría en su forma más desnuda, cambiar el culto del Dios vivo por la lógica del éxito, del prestigio, del aplauso, y terminar arrodillados ante dioses que prometen mucho y cambio exigen el alma entera. Cristo responde con firmeza, "Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo servirás" (Mt 4, 10; cf. Dt 6, 13). En ese acto el Hijo permanece unido al Padre y custodia su misión, porque la salvación llega por el camino de la Cruz, por el anonadamiento, por el Amor ofrecido sin medida.

Esta tentación es el talón de Aquiles del mundo, y pocos corazones la atraviesan sin tambalear. Existen círculos organizados, discretos, con larga memoria histórica, que ofrecen pertenencia a cambio de obediencia y silencio. Prometen protección, ascenso, éxito, y lo entregan mediante el intercambio de influencias, favores que se pagan con favores, lealtades que se compran, puertas que se abren a cambio de la conciencia. Al final el poder se convierte en altar, donde cualquier rito y cualquier camino se justifica con tal de llegar a un fin. Es un sistema que exige culto y rendición, pide que el iniciado entregue su libertad a la hermandad, y así el ansia de poder y prestigio termina ocupando el lugar de la adoración.

Frente a ese comercio de favores y de rodillas que se doblan bajo el peso de la avaricia y la soberbia, resplandece nuestro Adalid y Capitán, Jesucristo. Ante la tentación permaneció entero, la atravesó triunfante, y en esa fidelidad quedó sellado su modo divino de vencer. Su victoria nace de la comunión con el Padre, y por eso su obediencia lleva consigo el peso de su ministerio sacerdotal, ofrecida como olor fragante en su propio Cuerpo entregado hasta el extremo. En Él encontramos el verdadero intercambio, el santo trueque de la redención. El Justo asume la carga del culpable, el Inocente entra en nuestra condición para que la humanidad vuelva a mirar de frente al Padre, y aquella Cruz, lejos de ser derrota, se convierte para siempre en altar donde el Amor se consagra y salva.

Amados, roguemos para que el Espíritu Santo nos conceda vivir esta Cuaresma con el deseo creciente de imitar a nuestro Salvador. Que la Palabra gobierne el hambre de nuestros deseos más profundos, que la fe se mantenga cual columna de nuestro edificio espiritual sin exigir espectáculo, y que la adoración al Dios único y verdadero permanezca en nuestros labios aun cuando el mundo nos seduzca con sus reinos pasajeros. Vivida así, esta travesía nos prepara para transitar de la vida frágil a la Vida que no acaba, sin quedar rendidos ante la tristeza que provoca el corte ciego de la guadaña que cobra el pecado, porque Cristo ha vencido. "La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria?" (1 Co 15, 54-55).

Caminemos hacia la Pascua con Cristo y en Cristo, con la certeza de que donde Adán dejó una herida, el Nuevo Adán abre la puerta gloriosa de su Reino. Y así, cuando llegue la hora, atravesemos ese dintel con el corazón desnudo y confiado, porque la Cruz permanece como llave maestra, y la Sangre del Cordero, derramada por amor, es el sello vivo que consagra la existencia de los fieles. Amén. Así sea.


Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez


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