DOMINICA II ADVENTUS: «La justicia y la paz del Reino del Niño Pastor»

07.12.2025
«El Reino del Mesías se revela a quienes se dejan guiar por el Niño Pastor,
porque en su mano humilde brilla la justicia que reconcilia a las criaturas
y restablece la paz prometida desde antiguo.»

El Leccionario en un texto

  • Primera Lectura: «Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y sobre Él se posará el espíritu del Señor» (Is 11,1-2).

  • Salmo: «Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente» (Sal 71,7).

  • Segunda Lectura: «Aco­géos mu­tu­a­men­te, co­mo Cris­to os aco­gió pa­ra glo­ria de Dios» (Rm 15,7).

  • Evangelio: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 3,2).


     Homilía


Amados en Cristo, comenzamos hoy la segunda semana del Adviento, este tiempo que siempre llega con el aire del peregrino que emprende un camino hacia lo alto. No estamos únicamente ante el inicio de un nuevo período litúrgico teñido de vigilante espera; deseo más bien que fijéis la mirada en un punto más hondo: el Adviento es el tiempo donde la Iglesia celebra sacramentalmente la génesis de nuestra salvación, verdadero umbral donde todo comienza. Los dos primeros domingos de este sendero nos orientan hacia la manifestación gloriosa del Señor al final de los tiempos; y, dentro de esta suave tensión escatológica, permanece viva la esperanza de contemplar nuevamente, en la humildad del portal de Belén, la revelación del Dios verdadero, el Emanuel, el Dios con nosotros.

La Iglesia comienza su itinerario en Belén de Judea, allí donde las antiguas promesas encuentran cumplimiento y el Dios invisible se revela en la humildad de un Niño. Desde ese amanecer bendito continúa su camino y acompaña al Señor hasta la Cruz y la Resurrección, de donde brota el germen de nuestra propia vida nueva. Detengámonos, hermanos, ante este misterio, el Dios eterno, cuya vida trasciende toda medida del tiempo creado, entra en nuestra historia, asume nuestra carne, y en Cristo nos muestra su verdadero rostro. "Él es la imagen del Dios invisible", proclama san Pablo. Con esta manifestación queda atrás toda noción difusa de la divinidad que recorrió las civilizaciones antiguas; el Dios inefable toma cuerpo en el seno purísimo de la Virgen, y este Dios hecho hombre, verdadero hombre y verdadero Dios, es el único que salva.

Hoy hemos encendido la segunda vela de la Corona de Adviento. Cada luz que se prende aumenta en nosotros el deseo de ver al Señor; es un signo visible de su cercanía, y al mismo tiempo es símbolo de nuestra propia vida en Cristo. Proclama la Escritura: "La senda del justo es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto." Así se presenta el Adviento para quienes aguardamos al Salvador: un camino de santificación que dispone nuestro corazón para el encuentro con el Amado y nos introduce en la paz y la justicia de su Reino.

El domingo anterior meditábamos en la paz que nace en el corazón de quienes viven arraigados en Cristo; hoy nuestra mirada se abre hacia la justicia, ese otro pilar del Reino que se despliega con su llegada. El profeta Isaías, con un lenguaje lleno de símbolos y resonancias antiguas, nos conduce a descubrir en el "Renuevo del tronco de Jesé" a Cristo, nuestro Señor. De la estirpe de Jesé, padre del rey David, brotaría un Mesías —un retoño humilde y a la vez poderoso— que traería sabiduría, justicia y paz, como un árbol nuevo que vuelve a dar vida donde el terreno parecía agotado.

En Jesús contemplamos el cumplimiento de la promesa de un Rey justo, de un Salvador que brota de un tronco aparentemente seco, trayendo esperanza y renovando la creación. El profeta anuncia: "Juzgará a los pobres con justicia, sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra"; y añade: "La justicia será ceñidor de su cintura, y la lealtad, cinturón de sus caderas." Estas palabras revelan un modo de juzgar que no se rige por la fragilidad de los reinos terrenales.

A lo largo de la historia, los poderes del mundo han actuado movidos por intereses que no siempre se ajustan a la verdad, y esa misma dinámica, cuando se infiltra en los corazones, dificulta la capacidad de obrar según lo que Dios inspira en la conciencia. Incluso dentro de la Iglesia, donde muchos procuran servir al Señor con fidelidad, la condición humana introduce limitaciones, inclinaciones no purificadas y zonas de penumbra que pueden oscurecer el discernimiento. En cambio, cuando el alma se presenta ante Cristo, encuentra un juicio límpido, transparente, nacido de la fidelidad de Aquel cuyo corazón no conoce favoritismos ni se ve afectado por fluctuaciones interiores. Esta certeza sostiene nuestra esperanza al encontrarnos con el Señor, seremos mirados con la justicia pura del Mesías, una justicia henchida de consolación, que retribuye con equidad y que conduce hacia la plenitud del abrazo divino.

Sigue el profeta con su relato simbólico de lo que será el reinado de Cristo. Nos muestra a criaturas que, movidas por instintos opuestos, viven ahora en convivencia pacífica: el lobo junto al cordero, la pantera junto al cabrito, el novillo junto al león, y un niño pequeño que juega donde antes reinaba el peligro. Esta visión no describe una fábula ni un ideal ingenuo; abre ante nosotros el misterio de un mundo reconciliado por la presencia del Mesías. En un escenario marcado por rivalidades, prepotencias y fuerzas que se imponen unas sobre otras, el profeta anuncia que solo la guía del Niño prometido podrá conducir a la humanidad hacia una paz auténtica. "Un niño los pastoreará", dice la Escritura. Ese Niño es Cristo, cuya Palabra enseña el camino verdadero de la justicia y cuya mansedumbre desarma lo agresivo que anida en el corazón humano.

Las naciones, a lo largo de la historia, se han identificado con animales que simbolizan poder, fuerza o dominio, y en nuestros días contemplamos cómo muchas de ellas se ven envueltas en conflictos que oscurecen la tierra. En esos movimientos se percibe un corazón que se ha cerrado a la voz de Jesús y se resiste a ser pastoreado por Él. Sin embargo, esta profecía no solo interpela la vida de los pueblos; toca también nuestra intimidad, porque a veces el león de la soberbia, el oso de la violencia interior o la serpiente de la astucia hiriente se adueñan de nuestras actitudes. Cuando la comunión con Cristo se debilita, estos impulsos dominan nuestros gestos y palabras, y entonces actuamos injustamente incluso hacia aquellos que comparten con nosotros la misma fe y el mismo bautismo.

Que este Adviento despierte en nosotros un deseo sincero de convivir fraternalmente, permitiendo que la Palabra del Señor dulcifique nuestras reacciones, purifique nuestros instintos y modele nuestro comportamiento según la mansedumbre del Niño de Belén. Si acogemos su enseñanza y vivimos según ella, la justicia que Isaías anuncia comenzará a tomar forma en nuestra propia vida, y nuestra presencia en el mundo será una señal humilde pero verdadera del Reino que viene.

Solamente así podrá brotar de nuestros labios el canto confiado del salmista: "Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud." Y digo confiado, porque el creyente anhela ser hallado ante Aquel para quien nada permanece oculto, pues hasta los pensamientos quedan expuestos a su mirada. Cuán arduo resulta vivir como hermanos pacificados; a menudo emergen en nosotros reacciones que brotan de zonas donde hemos mantenido cerradas las puertas a la voz del Pastor, y la humildad —que debería coronar la frente de quienes pertenecen al Rey que salva— parece desvanecerse en el fragor de nuestras pasiones. Si la humildad no arraiga en el alma, ¿cómo podrá nuestro juicio ser clemente?

En este domingo de Adviento os invito a meditar en el Nombre de Jesús como en un remedio precioso, capaz de dispersar todo espíritu contrario a la mansedumbre. Las Escrituras narran que las fuerzas del mal temblaban ante ese Nombre (cf. Hch 16,16-18; 19,13-16). Y si no solo meditáramos en este misterio, sino que lo pronunciáramos con hondura de alma, ¿qué no obraría el Señor dentro de nosotros? Nuestros hermanos del Monte Athos, en Grecia, conocen bien esta vía del corazón: su vida diaria se teje en torno a la Oración de Jesús —"Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí"—, plegaria que desciende al interior como un hilo de luz que apacigua todo tumulto y ordena cada pensamiento.

Si fuéramos capaces de imitar esta sencillez contemplativa y acudir a esta oración cuando la soberbia pretenda alejarnos del sentir de Cristo, experimentaríamos su fuerza transformadora. La repetición humilde de ese Nombre abre espacio para la paz, vuelve dócil el corazón y lo dispone a obedecer la voz del Niño Pastor de Israel.

San Pablo mismo nos lo recuerda hoy: "Que el Dios de la paciencia y del consuelo os conceda tener entre vosotros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús." Surge entonces la pregunta: ¿cuáles son esos sentimientos? El apóstol responde de forma luminosa: "Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios." La visión de Isaías, donde los animales viven en armonía porque sus instintos se han rendido a la presencia del Mesías, se vuelve una parábola de nuestra vida eclesial. Esa concordia que brota del Reino debe encontrar eco en nosotros, de modo que la fraternidad se manifieste en gestos concretos, en acogidas sinceras, en vínculos que nacen del corazón y no de la conveniencia.

La tradición cristiana ha comprendido que el amor no puede reducirse a una simple virtud entre otras. Llamarlo virtud sería empequeñecer lo que Dios mismo derrama en nosotros; porque el amor que nos salva no proviene de nuestro esfuerzo, sino del corazón abierto de Cristo. Por eso san Pablo, al contemplar al Señor que "se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Flp 2,8), reconoce en Él la medida del amor que estamos llamados a vivir. Su entrega se convierte en estímulo y fuerza para que también nosotros trabajemos por el bien y la salvación de quienes caminan lejos de Dios.

El Adviento, tiempo de espera confiada, nos invita a una reflexión seria sobre esta responsabilidad. Mientras el Señor se acerca, la Iglesia es impulsada a llevar en sus manos la luz que orienta a los extraviados; y cada uno de nosotros, desde su pequeña parcela de vida, está llamado a participar en esta misión de amor que reconcilia, restaura y conduce hacia Él.

Es tan grande la responsabilidad que llevamos como hijos de Dios en Cristo, que hoy resuenan con especial fuerza las palabras de Juan el Bautista: "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos." Alguno pudiera pensar que este llamado se dirige únicamente a quienes viven lejos de la fe, pues se siente nacido y criado en la Iglesia y ha atravesado muchos Advientos. Sin embargo, la conversión pertenece al dinamismo interior del creyente; es un movimiento constante por el cual el corazón se orienta hacia Dios, se depura, y recupera cada día el tono del Evangelio.

La figura del Bautista ilumina este camino. Su manto de piel de camello, áspero y sin pretensiones, expresa la austeridad del profeta que renuncia a las comodidades y abraza una existencia marcada por la humildad. Su vida se ubica en el desierto, allí donde todo lo accesorio cae y solo permanece lo esencial; quien viste así revela un alma frugal, libre ante los reclamos del mundo y dispuesta a escuchar la voz del Altísimo. La correa que ciñe su cintura evoca la vigilancia espiritual, la firmeza del que se mantiene alerta para no perder la fidelidad en medio de la aridez. Su alimento, hecho de saltamontes y miel silvestre, manifiesta una confianza total en la providencia divina, como quien se deja sostener por los bienes que brotan directamente de la mano de Dios.

Estos signos describen la estatura interior de Juan: una voz que surge desde la desnudez del desierto para preparar el camino del Señor. Y este llamado se extiende hoy hacia nosotros. El mundo contemporáneo, tantas veces distraído o indiferente, vuelve a convertirse en un vasto desierto donde la presencia de Dios parece desdibujarse. Incluso dentro del Pueblo del Señor, la espera a veces se adormece y la promesa se percibe lejana. En medio de esa sequedad espiritual, necesitamos corazones configurados con la sobriedad, la vigilancia y la humildad del Precursor.

Así como Juan proclamó en el desierto de su tiempo, también nosotros hemos de proclamar en el desierto del nuestro: una vida que prepara sendas, que endereza lo torcido y que anuncia con serenidad la cercanía del Reino. El Bautista realizaba esta misión desde la lucidez de quien contempla el día de Dios aproximarse como un fuego purificador que ilumina y transforma. Por eso proclamaba con fuerza: "El árbol que no da fruto será talado y echado al fuego" (Mt 3,10).

Estas palabras pueden resonar con dureza, aunque en su raíz son una invitación a mirar la hondura del alma y a discernir aquello que en nosotros aún no ha sido tocado por la gracia. Juan dirigía su voz, especialmente, hacia quienes descansaban en una seguridad espiritual aparente, convencidos de poseer ante Dios un lugar privilegiado por razones externas. Aun dentro de la historia de la Iglesia vemos cómo, en distintos momentos, la búsqueda de influencia o de poder ensanchó distancias entre cristianos y alimentó rivalidades, disputas y pretensiones exclusivas de la verdad; heridas que, por desgracia, todavía se perciben y que no transparentan la gloria del Señor. La revelación nos enseña que tales fundamentos son inestables, porque ninguna pertenencia, ningún título ni ninguna tradición garantiza por sí sola la conversión que Dios espera. La salvación se manifiesta allí donde la fidelidad a la Palabra es viva y un corazón se deja transformar con sinceridad; aquello que proviene de antiguas tradiciones, de honores recibidos o de estructuras venerables solo encuentra consideración en la medida en que es capaz de favorecer, siquiera en parte, esa obra interior que convierte la vida en ofrenda grata y en fruto digno del Reino.

Y así, hermanos, mientras avanzamos por el itinerario sagrado del Adviento y nuestros pasos se aproximan al misterio del Nacimiento del Señor, recordemos que en el presente se decide la orientación de nuestro destino. Cada gesto, cada elección y cada renuncia va esculpiendo en nosotros una figura que se prolongará más allá de esta vida. Al concluir nuestro camino y atravesar el umbral del tiempo, seremos sostenidos por la mirada del Mesías que aguardamos. Bajo esa luz se revelará con claridad cuánto de nuestra existencia se dejó modelar por Él y cuánto quedó aún sin abrirse a su amor. El Niño que nacerá en Belén se convierte, de este modo, en medida silenciosa de toda vida humana, porque en su inocencia resplandece la verdad con la que el Padre contempla a cada uno de sus hijos.

Avivemos, pues, la esperanza de entrar en el auténtico paraíso, donde la paz abraza a todas las criaturas y la armonía resplandece como sello de la nueva creación. Tan grande es lo que se nos ha prometido, que los dones nacidos de la venida de Cristo y la recompensa reservada a quienes han permanecido fieles —cuando de verdad lo recibimos y caminamos hacia Él— desbordan toda medida humana y superan cuanto podamos imaginar.

El profeta nos conduce a la raíz de esta plenitud: la paz y la justicia que anhelamos florecen cuando la tierra se deja llenar por el conocimiento y el amor del Señor, "como las aguas colman el mar". Y este horizonte nos devuelve a nuestra misión: anunciar con claridad que el Reino está cercano. Por eso, unidos a san Juan Bautista, elevemos nuestra voz en este Adviento y proclamemos con fervor:

"El Reino de los cielos está cerca".

Y que, desde lo profundo del alma, brote nuestra súplica:

¡Maranatha! Ven, Señor Jesús.


Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez

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