
Dominica II in Quadragesima: «El Resplandor y la Escucha»
Lo levanta por el tacto de su misericordia.»
El Leccionario en un texto (A)
Primera Lectura: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que yo te mostraré» (Gn 12, 1)
Salmo: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» (Sal 33[32], 22)
Segunda Lectura: «Él nos salvó y nos llamó con vocación santa» (2 Tim 1, 9)
Evangelio: «Este es mi Hijo amado… escuchadlo» (Mt 17, 5)
Homilía
Amadísimos hermanos en Cristo:
Seguimos avanzando por el camino de la Santa Cuaresma, camino de ascenso continuo, como si el alma buscara abrazarse a Dios; y en verdad, ese abrazo se hace ya visible en el Crucificado, cuyos brazos abiertos llaman a entrar en el refugio sacrosanto de su costado traspasado, donde nace la Iglesia y se derrama la gracia salvadora. Y el Señor, que conoce nuestras flaquezas y no se extraña de nuestra fragilidad, nos coloca hoy ante el Misterio de su Transfiguración. En el monte santo, ante los discípulos escogidos, permite que por un instante se manifieste la gloria que habita su humanidad, anticipación de la luz de su Resurrección, para que, llegada la hora, la fe permanezca firme y la memoria de este resplandor sostenga el corazón cuando sea probado en lo más hondo. Entonces, bajo la nube de la Presencia del Altísimo, resuena la palabra del Padre, que manda y concede la gracia de obedecer, y sella este Evangelio: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Desde el principio, la Palabra nos muestra un gesto que delata el estilo de Dios, es el Señor que llama. La vocación del padre Abrahán —cuyo eco atraviesa la vida de los elegidos y alcanza, con plenitud singular, a la Virgen bendita, cuando pronunció su "hágase" ante el designio del Altísimo— irrumpe como mandato que pone al hombre en pie y lo arranca de la ilusión de bastarse a sí mismo: «Sal de tu tierra… hacia la tierra que yo te mostraré». Dios remueve al hombre para salvarlo; lo saca de la clausura de lo conocido, lo desliga de herencias erigidas en ídolos, lo introduce en la promesa aún velada, donde la fe se templa en la obediencia y la vida comienza a sostenerse en la fidelidad de Aquel que habita en la altura y en la santidad. Así, en la obediencia rendida del que será padre de muchedumbre de pueblos, empieza a trazarse la historia santa, porque creer en el Invisible consiste en entregarle el propio camino, sin reservar para uno mismo el corazón, los bienes o el porvenir.
Ese mismo movimiento se transparenta en el Evangelio, cuando Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y los conduce aparte, a la altura del Monte Tabor, para ayudarlos, de manera pedagógica y ritual, a dejar de lado los tonos de lo cotidiano, de lo mundano, y de esta forma acercarlos a lo sagrado. Conviene recordar que Dios no necesita de estos movimientos, de estos cambios de altura geográfica, de estos símbolos; es el hombre quien los precisa para predisponerse y abrirse al misterio. Y llegado el momento, ocurre la gran teofanía a la que todos asistimos hoy con el mismo asombro de aquellos discípulos, cuando la carne del Verbo deja traslucir por un instante el esplendor que le pertenece desde siempre al Príncipe de los cielos; ante esta escena resuena en nosotros aquel verso del salmista que los Padres han atribuido al Señor y que se canta en Navidad: «Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados; yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora». Ante ellos, y ante nosotros hoy en la fe, su rostro y sus vestiduras se tornan resplandecientes, y la nube de la Presencia desciende, como en las antiguas manifestaciones de Yahvé, para cubrir el monte y consagrar aquel acontecimiento. Moisés y Elías aparecen junto al Señor Jesús, y en su presencia la Ley y los Profetas dan testimonio, porque todo lo prometido y anunciado converge en Cristo y halla en Él su plenitud.
Los santos han contemplado este pasaje con veneración, porque en el Tabor el Señor concede a la Iglesia una luz otorgada para la fidelidad. Y conviene detenernos una vez más en ello, en este punto del itinerario cuaresmal, para comprender con mayor hondura que, antes de que el Hijo sea contemplado en el abatimiento de la Pasión, se deja contemplar en su gloria, a fin de que el discípulo, cuando llegue la hora de la Cruz, no confunda la humillación con derrota ni entregue su fe a la lógica de la oscuridad. Esta claridad del monte queda guardada como memoria fuerte, como certeza que acompaña el camino hacia el Getsemaní y da al corazón el temple necesario para enfrentar la hora de la prueba.
Y en esa luz la Iglesia contempla el fin para el que el hombre ha sido creado y redimido. La carne está destinada a la gloria, y la historia, con sus heridas y trabajos, puede ser tomada por Dios y conducida hacia su cumplimiento. En el resplandor del Hijo se manifiesta su comunión eterna con el Padre, y al discípulo se le muestra lo que Dios quiere obrar en él. Transfiguración, en nuestra vida, significa que la gracia tome posesión del hombre entero, que Cristo vaya imprimiendo su forma al pensamiento, a la palabra y a la conducta, hasta que el corazón, probado por la Cruz, permanezca fiel y limpio.
Entonces se oye la Voz del Padre, y toda la escena queda sellada por su sentencia: «Este es mi Hijo amado… escuchadlo». Esa palabra reúne el sentido de este domingo y pone en nuestras manos la llave del camino cuaresmal. La Cuaresma toca el oído y la obediencia, porque el Padre entrega al Hijo como Palabra viva, y por esa Palabra el hombre es juzgado, sanado y recreado. Escuchar a Cristo significa abrirle el corazón sin reserva, permitir que el Evangelio ponga luz sobre las prioridades y arranque las idolatrías que se han sentado en el trono del alma.
En la hora presente esta escucha atenta se vuelve imprescindible, pues el ambiente se ha llenado de voces que imitan lo espiritual, multiplican discursos y consignas, mientras el silencio se adelgaza y la prisa expulsa el recogimiento. Así, el monte del Evangelio se alza como amonestación misericordiosa y firme; una vida que deja de escuchar termina desfigurándose, y el alma, privada de la Palabra, pierde su forma verdadera. La Iglesia nos coloca hoy de nuevo bajo la nube del Altísimo, para que recordemos que sólo la Palabra de su Hijo guarda al hombre en la verdad.
¿Dónde queda, entonces, nuestro espacio de escucha en un mundo saturado? Lo cierto es que esa sordera que nos desfigura se manifiesta hoy de manera casi paradigmática en nuestra cotidianidad, colonizando nuestros primeros instantes de conciencia. Antes de que el hombre agradezca el don de la existencia al despertar, o de que purifique su rostro con el agua, somete su mente a una suerte de "bautismo de ruido" a través de la interfaz digital. Al consultar compulsivamente notificaciones y actualidad inmediata, permitimos que las contingencias del mundo usurpen el trono del alma antes que la Palabra. Escuchar al Hijo, este domingo y en la continuidad de la vida, supone un acto heroico: restituir la primacía al silencio y permitir que sea la voz del Logos, y no la servidumbre del mensaje pendiente, la que configure la arquitectura de nuestras jornadas.
Esta resistencia a la escucha se extiende a la incapacidad de habitar el vacío, y la industria tecnológica aprende a explotar esa necesidad, ofreciendo estímulos incesantes. En el tránsito cotidiano, en el vehículo o en el caminar urbano, nos apresuramos a saturar los sentidos con estímulos auditivos —podcasts, frecuencias radiofónicas, música— que obran como anestesia frente a la propia interioridad. Se advierte un pánico latente al silencio, intuyendo que en su desnudez Dios se comunica sin los filtros de nuestra voluntad.
Sin embargo, donde la desfiguración del alma se hace más evidente es en la quiebra de la alteridad. En nuestras relaciones íntimas, la escucha se degrada a menudo en una "espera estratégica". Mientras el interlocutor —el cónyuge, el hijo, el amigo— se nos entrega en su palabra, nosotros no acogemos su presencia, pues nos dedicamos a la dialéctica interna de construir la réplica, el juicio o la defensa. Estamos ante el otro con presencia física, pero con el oído clausurado por la autorreferencialidad; y ahí se delata una forma de egolatría a la que conviene prestar atención.
Así, este mismo vicio se traslada a la relación con lo sagrado. Acudimos a la liturgia o a la oración privada con un discurso ya clausurado, con consignas espirituales prefabricadas que impiden que la Palabra viva nos desinstale de nosotros mismos. La escucha que el Padre reclama exige la ascesis de silenciar el diálogo interno y deponer las armas de la réplica, para permitir que el otro —y el Otro— hable al corazón con la soberanía de quien sabe sanar aquello que nosotros, en el ruido, ni siquiera alcanzamos a comprender.
Esta exigencia de escucha nos proyecta sin ambages hacia la aspereza del combate cristiano. San Pablo, revestido con la autoridad del testigo, traslada la claridad del Tabor al terreno de la lucha existencial cuando nos exhorta a tomar parte en los sufrimientos por el Evangelio, sostenidos por el auxilio divino. Lejos de constituir un refugio para el quietismo, la gracia se nos manifiesta como aquel principio ontológico que, al tiempo que aleja la voluntad de toda esterilidad, la fortalece para afrontar el umbral de la Pasión, pues la certeza de que Cristo ha aniquilado la muerte para hacer resplandecer la vida constituye el verdadero nervio del camino cuaresmal. En este horizonte donde Jerusalén aguarda con su realismo de entrega, el Tabor se levanta como un baluarte donde el corazón se ejercita en la fidelidad, disponiéndose para aquel tiempo en que la luz quedará velada por el escándalo de la Cruz y la obediencia se tornará costosa para nuestra humana flaqueza.
En el despliegue de esta pedagogía divina emerge un gesto de delicadeza pastoral insondable. Ante el estrépito de la teofanía, los discípulos sucumben y caen rostro en tierra bajo el peso de un temor sagrado. Es precisamente en ese instante de postración cuando la trascendencia se hace cercanía, y Jesús se aproxima, toca, consuela, y pronuncia la palabra que restaura la verticalidad del hombre y le devuelve el aliento del espíritu: «Levantaos, no temáis».
Descubrimos así que la fe auténtica habita en una tensión creadora, entre el temblor que reconoce la majestad de Dios y el consuelo que recibe su ternura. El Señor no permite que el discípulo quede reducido al polvo del miedo; lo levanta por el tacto de su misericordia. La Cuaresma, vivida en el misterio de la Iglesia, participa de esta doble acción de la mano divina, que desciende para tocar con verdad nuestras llagas y, en ese mismo acto, derrama la fortaleza necesaria para que el hombre recobre su estatura de hijo ante el rostro del Padre.
¿De qué manera, entonces, aterriza este misterio en la trama de nuestra existencia? Esta transfiguración del alma reclama, en primer lugar, la subida al monte, traducida en una oración real y cotidiana, donde el silencio se vuelva ámbito de escucha; ante el Evangelio abierto con reverencia y el salmo rezado con la calma de quien sabe que está ante el Altísimo, el creyente afina el oído para distinguir la voz del Esposo entre el estrépito de tantas voces extrañas que reclaman atención.
En segundo término, la fidelidad al Tabor exige el éxodo de la tierra antigua —tal como contemplamos en la figura de nuestro padre Abrahán—, ese desasimiento que en el tiempo cuaresmal se manifiesta mediante un ayuno capaz de revelar quién ejerce, de hecho, la soberanía en los afectos. Esta disciplina nace de una libertad ofrecida, y sabe privarse del alimento con prudencia, de las pantallas cuando invaden el santuario del alma, de las palabras inútiles que erosionan la caridad, y de toda curiosidad estéril que disipa la paz del corazón.
La luz recibida en la altura debe comunicarse, e impulsa al discípulo a descender hacia la hondura de la historia, porque la Transfiguración se orienta al camino hacia abajo, donde aguardan el hermano concreto y una caridad sin altavoces. La limosna, comprendida como misericordia encarnada que se inclina sobre la flaqueza ajena, corta de raíz la vena que alimenta la idolatría más persistente, la de una vida clausurada en su propio bienestar; y el amor al pobre, al enfermo y al abandonado concede transparencia a la conciencia y devuelve veracidad a la oración que se elevó en el monte.
Finalmente, este itinerario de luz se nutre y culmina en la vida sacramental, porque el esplendor del Tabor conduce hacia el altar. La confesión, celebrada con la verdad de quien se reconoce necesitado, restaura el oído para acoger nuevamente la palabra de Cristo; y la Eucaristía, cumbre de la comunión, permite a la Iglesia contemplar al Señor y acogerlo, quedando incorporada a Él en ese don. Quien come su Cuerpo y bebe su Sangre con la fe de los humildes avanza hacia la estatura del Varón perfecto, Jesucristo, y puede decir, junto al Apóstol: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). De este modo, al comulgar con la fuente misma de la luz increada bajo el velo del misterio, aprendemos a vivir transfigurados en lo oculto, irradiando en la sencillez de lo cotidiano la gloria que un día, en la cima del monte, contemplaron los discípulos.
Amadísimos: hoy el Padre nos ha dicho: «Escuchadlo». Guardemos esta palabra como lámpara para todo el itinerario cuaresmal. Subamos con Cristo al monte de la oración; descendamos con Él al valle del servicio fiel; y caminemos juntos hacia la luz de la Pascua. Que la luz del Transfigurado transforme nuestra vida, y haga visible en nosotros la gracia de la filiación, para vivir como hijos humildes, testigos firmes y verdaderos adoradores. Amén.

