Dominica II Paschae: «La Misericordia Pascual en las Llagas del Cordero»

19.04.2026

«La muerte ha sido herida en su entraña, y la gloria del Resucitado
sigue encendiendo la esperanza de los pueblos.»

El Leccionario en un texto

Primera Lectura: «Los creyentes vivían todos unidos» (Hch 2, 42-47).

Salmo: «La piedra que desecharon los arquitectos» (Sal 117[118], 22-24).

Segunda Lectura: «Nos ha hecho nacer de nuevo» (1 Pe 1, 3-9).

Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 19-31).


Homilía


En este día santísimo, la Iglesia permanece todavía bajo el resplandor indiviso de la Pascua y levanta de nuevo, con voz de Novia, la confesión sobre la cual se erigen el cielo y la tierra nueva: ¡Cristo ha resucitado! La muerte ha sido despojada de su imperio, y el Señor Jesús, Viviente para siempre, se manifiesta a los suyos llevando en la carne glorificada las llagas venerables de la Pasión, presentadas ante el Padre celestial como títulos de victoria y como testimonio eterno del amor con que redimió al linaje caído.

Este domingo clausura la Octava del Señor guardando intacta, en el corazón mismo de la liturgia, la mañana primera de la nueva creación. La antigua disciplina lo nombra in albis, memoria de aquellos renacidos en la fuente bautismal que, revestidos de blanco durante ocho días, mostraban en el cuerpo el signo visible del don recibido mediante el agua y el Espíritu. Al deponer hoy aquella vestidura, la Iglesia enseña que la blancura de la Gracia ha de quedar impresa en la entera vida del cristiano, como signo de que ha sido arrancado del sepulcro y consagrado al Cordero.

En este mismo día de alegría y de gozo, ocho días después, según nos narra el Evangelio, el Resucitado atraviesa la clausura en la que el hombre se encierra cuando cae bajo el temor y la desesperanza, y pronuncia la palabra soberana que derrama sobre sus fieles el don pascual por excelencia: «Paz a vosotros».

En la página de san Juan que la Iglesia despliega en este domingo, también llamado de la Divina Misericordia, contemplamos al Señor Jesús entrando en el Cenáculo sin violencia ni estruendo, aun cuando las puertas permanecían cerradas. Tal irrupción no desmiente su verdadera humanidad, antes la glorifica, pues Aquel que tomó carne en el casto seno de la Virgen, sin quebrantar su clausura bendita, se presenta ahora con el mismo cuerpo que fue suspendido en el madero y, en esa carne vencedora, eleva nuestra naturaleza hasta el umbral de la luz eterna. San Juan Crisóstomo ve en la ausencia primera de Tomás un designio de la Providencia, dispuesto para que el discípulo, al tocar las llagas, entregara a los siglos un testimonio irrebatible de la Resurrección.

La fe de la Iglesia confiesa que ninguna densidad de la materia ejerce dominio sobre aquel cuerpo en el que habita corporalmente la plenitud de la divinidad. San Hilario de Poitiers enseña que la entrada del Señor en el recinto cerrado manifiesta su poder soberano: el mismo que caminó sobre el mar sin hundirse bajo las aguas, atraviesa ahora los muros con la libertad de quien posee señorío sobre cuanto existe. La creación no ofrece resistencia a su Autor glorificado; todo cede ante la majestad de Aquel que es la Primicia de los muertos y el Soberano de los reyes de la tierra.

Cristo se ofrece a los suyos revestido del esplendor de la incorruptibilidad y, para arrancar de raíz toda vacilación, permite que el dedo de Tomás entre en las llagas de la salvación. En la flaqueza del discípulo, reconocemos una pedagogía propia de la Gracia, que toma la herida de la incredulidad y la convierte en fundamento de fortaleza para la comunidad creyente. Al tocar las heridas del Cordero, Tomás ve sanar la raíz de su desconfianza, y la fe de la Iglesia universal recibe firmeza. Por esas cicatrices, que hoy adoramos en el altar, la incertidumbre queda deglutida por la certeza y el miedo se transfigura en el grito jubiloso de la asamblea: «¡Señor mío y Dios mío!».

La fuerza de la predicación apostólica, nacida del trato estremecido con las llagas gloriosas del Resucitado, se prolonga ahora sobre la Iglesia por la palabra de Pedro que ha resonado en la liturgia. El Apóstol bendice al Padre de nuestro Señor Jesucristo por habernos hecho renacer a una esperanza viva, y nos revela que la Resurrección del Señor ha abierto para los redimidos una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, tesoro que no se ajará bajo el desgaste del tiempo ni caerá bajo la rapiña de la muerte; pues descansa en la fidelidad de Dios y permanece reservado en los cielos como posesión definitiva para quienes han sido lavados en la fuente pascual.

Nuestra fe, custodiada por el poder divino, constituye el baluarte que nos conserva para la salvación final. Por eso el júbilo de la Iglesia no se extingue cuando arrecian las pruebas, porque la tribulación breve, recibida bajo la obediencia de la fe, se presenta como un horno donde el Señor purifica el corazón de los suyos. Pedro enseña que esta adhesión al Resucitado vale más que el oro, porque el metal, aun después del fuego, sigue perteneciendo a la tierra, es perecedero; la fe purificada, en cambio, queda preparada para resplandecer en alabanza, gloria y honor cuando Jesucristo sea revelado.

Habitamos así la paradoja de un amor que prescinde del auxilio de la vista para alcanzar su plenitud. Amamos a Cristo sin haberlo contemplado con los ojos de la carne; creemos en Él sin verlo todavía, y en esa fe hallamos un gozo indecible que ya saborea la gloria futura. Esta alegría es el testimonio de quienes se saben seguros de alcanzar el término de su camino: la salvación de las almas.

Al contemplar al Señor en el Cenáculo, los ojos de la fe vislumbran la aurora de nuestra condición gloriosa, pues lo que hoy resplandece en el cuerpo del Maestro aparecerá un día como herencia y dignidad en el cuerpo de sus discípulos. El Resucitado es la primicia de una humanidad transfigurada y arrancada para siempre de la servidumbre de la corrupción; en Él vemos nuestra propia carne elevada por la fuerza de la Pascua a una estatura nueva, donde la fatiga, el dolor y la enfermedad han sido devorados por la vida.

La salvación que Cristo ofrece penetra la médula misma de nuestra materia. Participaremos de la sutileza del cuerpo del Señor, esa condición por la cual la carne transfigurada obedece plenamente al imperio del espíritu, tal como Él atravesó los muros del Cenáculo sin dejar de ser hombre verdadero. La pesadez que hoy nos encadena será absorbida por una agilidad gloriosa, permitiendo que el cuerpo siga los movimientos del alma con la rapidez del rayo, liberado ya de las leyes de la inercia. Finalmente, la claridad inundará nuestros miembros, de modo que la belleza del alma en gracia se manifieste exteriormente como un resplandor eterno que no conoce ocaso.

Esta es la vida plena para la cual fuimos creados: la integridad de nuestra naturaleza elevada a la condición divina. Esta certeza debe actuar como un incentivo real para el combate diario por el dominio de los sentidos y la rectificación del alma, confiriendo valor de eternidad a cada renuncia y a cada sacrificio ofrecido en unión con la Cruz. Custodiamos nuestra carne con temor santo, porque este barro quebradizo ha sido señalado para la incorrupción del altar celestial.

Las primeras comunidades cristianas, según nos refiere hoy el libro de los Hechos, dieron cuerpo visible a esta verdad en el pulso ordinario de su existencia. Aquellos fieles vivían todavía bajo el fuego reciente de la Pascua, y esa novedad se dejaba tocar en su modo de partir el pan, de perseverar unánimes en la oración y de desprenderse de sus bienes para que nadie padeciera necesidad. El imperio del Resucitado había penetrado ya sus afectos, permitiendo que la sencillez de corazón y la alabanza constante hicieran visible la claridad del Reino en medio del mundo. Quien vive para el cielo transfigura ya, con sus obras, la densidad del orden físico sujeto a las leyes de la tierra.

Volvamos, hermanos, al santo Evangelio. La visita del Resucitado se derrama sobre la entera extensión de la historia como principio de la creación renovada, ofreciendo a la humanidad el don de la paz. Como bien hemos mencionado ya, al presentarse ante los suyos, el Señor reitera su saludo soberano: «¡Paz a vosotros!», y deposita en esa palabra la forma misma de la misión apostólica, uniendo su propio envío al de aquellos que habrán de prolongar su presencia en el mundo: «Como el Padre me ha enviado, también yo os envío».

Este envío queda sellado con el gesto del Espíritu, el hálito divino que devuelve la vida al barro del hombre. Al soplar sobre los Apóstoles, Cristo confía a la Iglesia naciente el ministerio de la reconciliación: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados». En este mandato reside la entraña de la Iglesia, asistida sin cesar por el Paráclito para custodiar y repartir el tesoro de la Divina Misericordia. La misión eclesial consiste en mantener abierta, en medio del mundo, la fuente del Amor redentor, para que la fe en el Hijo introduzca a los hombres en la plenitud de la vida.

Y esta plenitud pascual que hoy veneramos en la octava del Señor ensancha todavía más su fulgor cuando levantamos la mirada hacia Jerusalén, madre de las Iglesias, donde el Sepulcro venerando permanece como testigo mudo y elocuente de la victoria del Cordero. En esta misma jornada, nuestros hermanos ortodoxos celebran la Pascua del Señor, habiendo contemplado una vez más, en el Santo Sepulcro, el descendimiento del Fuego Santo. La Iglesia recibe este signo con expectación y alabanza, porque la luz que brota junto al lugar de la sepultura gloriosa proclama, con lenguaje sensible y litúrgico, que la muerte ha sido herida en su entraña y que la gloria del Resucitado sigue encendiendo la esperanza de los pueblos. Así, el Oriente cristiano, guardián de una memoria venerable, canta hoy con fuerza apostólica lo mismo que la Iglesia entera confiesa desde el alba pascual: Cristo vive, Cristo reina, Cristo ha vencido.

Participamos, pues, de una misma alegría que atraviesa los siglos y las naciones, confesando que la Misericordia de Dios ha sellado para siempre la paz entre el cielo y la tierra. Que la fuerza de este banquete eucarístico, donde recibimos al mismo Señor que tocó Tomás y anunció Pedro, nos sostenga en el combate diario y transfigure nuestras fatigas en esperanza de gloria. Con la certeza de la Novia que, aun peregrina en la historia, contempla ya el triunfo de su Novio, y unidos al júbilo de toda la cristiandad que hoy se estremece ante la tumba vacía, proclamamos con voz unánime:

¡Cristo ha resucitado!
¡Verdaderamente ha resucitado!

Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez. 

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