
Dominica III in Quadragesima: «El Sediento y el Agua Viva»
no cesa de producir el “agua viva” que nos conduce a la vida eterna.»
El Leccionario en un texto (A)
Primera Lectura: «Golpearás la roca, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo» (Ex 17, 6)
Salmo: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro corazón"» (Sal 94[95], 8)
Segunda Lectura: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5, 5)
Evangelio: «El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14)
Homilía
Llegados, hermanos, al brocal de nuestros propios desiertos, sedientos de esa plenitud que el mundo promete de manera irrisoria en cisternas agrietadas, nos hallamos en ese instante, donde el sol de la verdad cae a plomo sobre la fatiga que provoca nuestro egoísmo, nos espera el Sediento, aquel que pide un sorbo de agua para entregarnos el Manantial inagotable de su gracia...
Dios nos puede encontrar en cualquier lugar, porque Él es el Omnipresente; pero la cuestión en este día es más aguda: ¿cómo nos encuentra el Señor?
La mayoría de las veces nos encuentra sucios, melancólicos, colmados de rabia, con esa resaca permanente que dejan nuestras batallas existenciales. Jesús, el Sediento de almas, nos encuentra sedientos de Dios, muchas veces deshonrados. Nos encuentra sin nombre, sin el traje de fiesta, sin la gracia y sin el amor.
En este camino de encuentro mutuo entre el hombre y Dios en medio de la
Cuaresma, Él, como Padre bondadoso, quiere devolvernos la dignidad de ser
hijos, abrazarnos, conversar íntimamente con nosotros y, finalmente, llevarnos
a su Reino.
La Cuaresma es el "tiempo propicio" (2 Cor 6,2), en el cual el Señor
se revela a quien se esfuerza por conocerlo y amarlo. Es el tiempo del
"memento", de acordarse de Él de un modo real. Es metanoia, es decir,
verdadero abandono de nuestro propio camino y asunción de la dirección correcta
hacia Dios con toda el alma para adorarle, servirle y darle gracias.
Es aquí, en el encuentro con Dios, donde alcanzamos nuestra mayor dimensión, "la adoración a Dios constituye la razón de ser de la Iglesia y de cada hombre, el cual no puede dar expresión cabal a su existencia sin manifestar este acto amoroso, espontáneo y consciente a Dios, su Creador".
Para que la adoración sea plena y seamos santificados mediante ella, es menester que los corazones se rindan ante la majestad de Dios; de ahí el llamado del salmista que dice: "Venid, postrémonos, arrodillémonos delante del Señor, creador nuestro". Y luego continúa diciendo: "No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto". Un corazón reseco, árido por el rencor y la frustración, necesita del agua divina de Dios.
El pueblo de Israel, en su camino del éxodo, atraviesa una situación de sequedad, y esto hace que su fe disminuya. La desconfianza los lleva a perder la visión y, con ella, su propósito de liberación. Se rebelan y murmuran, y hasta echan de menos a Egipto; no encuentran otra solución que volver allí donde eran esclavos, donde no tenían dignidad, pero se les daba un trozo de pan. Es una mentalidad de pueblo empobrecido y habituado a la servidumbre; así encontró Yahvé a su pueblo en el desierto, y así nos encuentra a nosotros muchas veces.
Nos es más cómodo permanecer en la ignorancia, porque ello no nos exige analizar las situaciones que nos rodean. Nos es más cómodo que piensen por nosotros, nos digan qué hacer o qué decir, antes de reconocer en todas estas cosas un derecho fundamental del ser humano, y esto es porque cualquier derecho viene de la mano del deber, y el deber se traduce en esfuerzo propio, en responsabilidad y en valentía. Es mejor entonces culpar a otros de lo que nos pasa, o que oren otros por nosotros; nos sentimos tan sedientos, que ya no respondemos por nosotros mismos. Entonces Dios da unas instrucciones precisas a Moisés para hacer brotar agua de una roca y así fue. El pueblo bebió el agua que necesitaba.
La respuesta de Moisés es una respuesta de fe y de confianza en Dios, golpea la roca, es decir, motiva al pueblo a despertar, a permanecer en el camino, a mirar hacia adelante, a creer hasta encontrar la tierra de la promesa, donde habría agua fresca en abundancia. Aquella agua se convirtió para el pueblo escogido en signo de alivio, de libertad y de dignidad.
La roca del desierto fue fuente de vida para el pueblo de Israel, y esa roca nos anuncia a Cristo, quien es la fuente de agua viva, según lo que Él mismo le dice a la Samaritana. Todos estos simbolismos atribuidos a la Roca que es Cristo y al agua que brota de Él, significan la Gracia que Cristo nos obtiene con su muerte en la Cruz y su Resurrección gloriosa.
Como la samaritana, muchas veces nosotros hemos estado en esos diálogos del mediodía; cuando arde más el sol, cuando es más difícil la vida, cuando duele más. Si estamos atentos, en esos momentos de crisis es donde, desde la voz profunda del corazón humano, Dios nos dice quiénes somos, dónde hemos estado, y nos hace propuestas nuevas que refrescan la vida y dan un nuevo aliento para seguir adelante.
Es imposible expresar en una breve explicación la riqueza del evangelio de hoy, es preciso leerlo y meditarlo personalmente, identificándonos con aquella mujer que, un día como tantos otros, fue a sacar agua del pozo y allí se encontró a Jesús sentado, "cansado del camino", en medio del calor del mediodía. "Dame de beber", le dijo, dejándola muy sorprendida. En efecto, no era costumbre que un judío dirigiera la palabra a una mujer samaritana, y menos aún desconocida. Pero el asombro de la mujer estaba destinado a crecer: Jesús le habló de un "agua viva" capaz de saciar la sed y de convertirse en ella en un "manantial de agua que salta hasta la vida eterna"; le mostró, además, que conocía su vida personal; le reveló que había llegado la hora de adorar al único Dios verdadero en espíritu y en verdad; y, por último, le aseguró —cosa verdaderamente inaudita— que era el Mesías.
Todo esto nace de la experiencia real y sensible de la sed. El tema de la sed atraviesa todo el evangelio de san Juan, desde el encuentro con la samaritana, pasando por la hermosa expresión del último día de la fiesta de las Tiendas (cf. Jn 7,37-38), cuando dijo: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba"; hasta la cruz, cuando Jesús, antes de morir, para que se cumpliera la Escritura, dijo: "Tengo sed" (Jn 19,28). La sed de Cristo es una puerta de acceso al misterio de Dios, que tuvo sed para saciar la nuestra, como se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Co 8,9).
¿Cuál es esa agua que mana de Cristo y que promete a cada uno de nosotros? Es
el agua viva de la Gracia, lo único que puede satisfacer nuestra sed de Dios.
Por medio de la Gracia podemos vivir en intimidad con Dios, pues es Dios mismo
viviendo en nosotros. Es Dios mismo ese manantial que, dentro de nosotros, no
cesa de producir el "agua viva" que nos conduce a la vida eterna. Por eso nos
dice san Pablo en la segunda lectura (Rom 5,1-2.5-8) que por Cristo "hemos
obtenido la entrada al mundo de la gracia... para participar en la gloria de
Dios".
Hoy está Jesús junto a nosotros en la hora del mediodía, en el momento del mayor estío, y la humanidad, al igual que la samaritana, se acerca cansada de ir y venir con el cántaro. Ella representa la insatisfacción existencial de quien no ha encontrado lo que busca, había tenido «cinco maridos» y convivía con otro hombre; sus continuas idas al pozo para sacar agua expresan un vivir de resignación viciada. Así se encuentra hoy nuestro mundo, sediento de Dios. Busca saciar su sed en el pantano del consumismo, en la fosa del hedonismo, en las charcas de la fama y del poder, en las cloacas de la degradación moral que es la prostitución del espíritu.
Este mundo nuestro, caído de la gracia divina, que ha hecho de sus más recientes y ardientes ideologías su propio dios, no saciará jamás su sed mientras no vuelva a Cristo; no se levantará de su indecorosa postración, espiritual y material, mientras no adore como es debido al único Dios verdadero. Es necesario que este mundo venga y se rinda ante el Creador, reconociendo que sólo Él es Dios, y le adore en espíritu y en verdad, de todo corazón; sólo así podrá ser restituido en la gracia de Cristo. Nosotros estamos aquí para proclamar que sólo en Cristo, la roca de la eternidad, abierta en su costado por nosotros, alcanzará la humanidad su salvación.
A través de la samaritana, Jesús ofrece al pueblo de Samaria un verdadero acto de reconciliación. Del mismo modo, nosotros, en la medida en que sepamos ofrecer el agua fresca de Cristo, esto es, el mensaje de su Evangelio de salvación, seremos en el mundo fermento de reconciliación, luces que ayuden a los extraviados a encontrar el verdadero sentido de la vida humana: "glorificar a Dios, y gozar de su presencia para siempre".
Que nos asista el Espíritu Santo, para que, como brisa en el estío y agua viva de Dios, fortalezca nuestros corazones, de manera que nunca seamos tentados a evadir nuestra responsabilidad de ser, ante Él y ante los hombres, sal de la tierra y luz del mundo. Que en esta Cuaresma de nuestra vida, por duro que sea el camino, mantengamos la mirada fija en Jesús, como aquel a quien sólo debemos adorar y servir, de quien único brota la fuente de la vida eterna.
Danos de beber, Señor, de tu manantial.
Que así sea.
Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez

