
Dominica III Paschae: «El Resucitado entre las esperanzas quebradas»
resplandor de la gloria del Padre y esperanza de todos los que le invocan.»
El Leccionario en un texto
Primera Lectura: «A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hch 2, 32)
Salmo: «Se alegra mi corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena» (Sal 15[16], 9)
Segunda Lectura: «Habéis sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha» (1 Pe 1, 19)
Evangelio: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída» (Lc 24, 29)
Homilía
Amados hermanos:
En este tercer domingo de Pascua, la liturgia nos sustrae de la claridad radiante que ha inundado las anteriores domínicas y nos sitúa en la fatiga del camino. Nos hallamos en el barro del sendero, con el paso lento y ese nudo en las entrañas que deja la memoria de las esperanzas rotas. El Evangelio nos retrata en ese instante de suprema verdad humana: cuando el hombre siente que lo ha entregado todo y, de repente, se descubre con las manos vacías ante el silencio de Dios. Eso constituye Emaús; más que una coordenada geográfica, es el nombre espiritual de esos días en los que la derrota pesa sobre el alma con más fuerza que el cansancio sobre los pies.
Todo hombre ha transitado, en alguna estación de su existencia, por esa senda de desolación. Es la hora en que los proyectos largamente acariciados se resquebrajan; el tiempo en que la promesa parece desvanecerse y el corazón, fatigado de esperar, comienza a recoger sus ruinas como quien guarda los fragmentos de una vasija preciosa. Existen sueños familiares, vocaciones amadas, vínculos entrañables y fidelidades ofrecidas al Altísimo que atraviesan necesariamente el crisol del desconcierto y de la aparente pérdida. Hay momentos en que la vida entera parece obligarnos a desandar el trayecto para volver, humillados, al punto de partida.
Así caminan aquellos dos discípulos, alejándose de Jerusalén cuando la Ciudad Santa debería haber sido para ellos el lugar de la promesa cumplida. El Maestro en quien depositaron su confianza ha sido entregado, humillado y crucificado; Aquel de quien aguardaban la restauración de Israel ha muerto suspendido del madero, bajo el oprobio reservado a los malditos. Sus pasos cargan la pesadumbre de una fe desorientada que, aun habiendo recibido el eco del sepulcro vacío y el testimonio de las mujeres, elige la huida. El dolor posee una forma de ceguera que, incluso rozando el Misterio, persiste en caminar como si la penumbra tuviera la última palabra sobre la historia.
Este pasaje conserva una fuerza siempre nueva porque revela con exactitud el drama de nuestra condición. También nosotros, cuando la cruz se vuelve espesa, tendemos a interpretar la existencia únicamente desde la llaga visible. Entonces la razón se torna torpe para leer los signos de la Gracia. Se contempla el fracaso con autocomplacencia, como quién acaricia la amargura y se establece una conversación circular con la propia decepción mientras el alma se encierra en sus razones doloridas, ignorando que el Señor resucitado ya camina a su flanco.
He aquí la delicadeza pascual de Cristo. El Resucitado declina irrumpir violentamente sobre la tristeza de los suyos; prefiere aproximarse, escuchar y acompañar, permitiendo que la pena humana pronuncie toda su queja. Existe en este gesto una pedagogía de inmensa ternura. El Señor no se escandaliza ante el temblor de nuestra carne ni ante el naufragio de nuestras expectativas. El Verbo glorioso se hace compañero de ruta, peregrino junto al peregrino, para asaltar desde la intimidad la confusión del corazón y rescatarlo con el don de su presencia redentora.
Luego comienza la gran obra de la luz. Cristo interpreta las Escrituras, tomando la entera historia santa, desde Moisés hasta los Profetas, para abrirla ante ellos como quien descorre un velo antiguo. Les manifiesta que el sufrimiento del Mesías fue un paso real dentro de la economía de la redención, ajeno a cualquier accidente o extravío del designio divino. El escándalo de la cruz resplandecía en el Padre como obediencia filial, mientras la clausura definitiva del sepulcro se revelaba, por el Espíritu, como tránsito hacia la gloria. Bajo esta luz opera siempre el Señor, cuando visita el interior del hombre, concede una visión nueva para leer el camino sin eliminar de inmediato su peso, Él le da la capacidad de reconocer en lo abrupto del mismo un signo de su dinámica de santificación.
También la primera predicación apostólica, que hoy resuena en el libro de los Hechos, se levanta sobre esta misma certeza. San Pedro proclama que Jesús, entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, fue resucitado por el Padre ante la imposibilidad de que la muerte lo retuviera bajo su dominio. La Pascua trasciende la mera consolación de unos discípulos entristecidos; constituye la irrupción del poder divino en la historia caída. Cristo ha descendido hasta el fondo de nuestra noche para quebrar en su propio cuerpo la soberanía del sepulcro: toda derrota humana queda, desde entonces, recapitulada en el triunfo de la Gracia y redimida por la cercanía del Viviente.
El Apóstol, en la segunda lectura, sitúa la mirada de la Iglesia en la raíz misma de su rescate: hemos sido redimidos con la Sangre preciosa de Cristo, Cordero sin mancha ni defecto. Frente a la caducidad del oro o la plata, metales cuyo brillo sucumbe ante el desgaste del tiempo y la rapiña de los siglos, la ofrenda del Hijo se levanta como el único cimiento inconmovible de nuestra esperanza. Esta certeza descansa en la fidelidad divina, por encima de la fragilidad de los cálculos humanos o de los respaldos efímeros de este mundo. Allí reside la verdadera dignidad del creyente: una seguridad que sostiene la existencia incluso cuando la tierra se torna árida y el suelo parece ceder bajo los pies.
El mundo contemporáneo fabrica diariamente espejismos para el corazón, prometiendo plenitud en la autonomía absoluta y descanso en la inmediatez de los sentidos. Sin embargo, cuando estos ídolos de barro se desmoronan, la realidad deja al hombre más solo y hambriento que antes. Muchos caminan hoy hacia su propio Emaús cargando con el cansancio de una orfandad de vínculos y la amargura de haber apostado la vida a promesas que jamás podrían saciar el alma. Bajo la esclavitud del éxito mundano y la ansiedad por una perfección física que no conoce el descanso, el corazón humano sigue mendigando la palabra verdadera del Verbo salido del Padre, Presencia única que devuelve la unidad y el sentido perdido.
El Evangelio proclama que Cristo permanece junto a los suyos en el sendero de la desilusión, saliendo al encuentro de la vida precisamente cuando la esperanza parece agotarse. Bajo el velo de anonimato, el Resucitado opera en lo íntimo una combustión secreta que precede a la luz. El fuego que inflamaba el pecho de los discípulos constituye uno de los signos más finos de la Pascua; antes de ser reconocido por los ojos, el Señor es ya presentido por el corazón que ha sido alcanzado por la Verdad. Cuando la Palabra divina penetra en la médula del alma, algo despierta en el centro de nuestra noche y el hombre recobra en silencio su estatura de redimido.
Sin embargo, la plenitud del reconocimiento aguarda su hora litúrgica. El camino y la Escritura disponen el alma, pero la revelación culminante tiene lugar en la mesa. Cuando el Peregrino toma el pan, lo bendice, lo parte y lo entrega, el velo de los ojos cae ante la majestad del acto. La Iglesia reconoce en esta secuencia la estructura misma de su fe, pues en la fracción del Pan el Resucitado se manifiesta con la evidencia de su Cuerpo glorioso. En la sencillez de ese rito, que desgarra la penumbra de la tarde, se hace presente el Señor como posesión definitiva de los suyos.
He aquí una verdad de inmenso peso: Cristo sale al encuentro del hombre en la Palabra y se entrega en plenitud bajo las especies eucarísticas. Quien pretenda atravesar la noche de su esperanza quebrada debe sostenerse en estos dos hogares del espíritu, donde la Gracia se comunica con eficacia divina. En ellos, el Resucitado purifica la lectura de nuestra propia historia y nos libera de la tiranía de las impresiones inmediatas.
Esta respuesta pascual trasciende por entero los límites de la consolación privada. Aquellos que abandonaron Jerusalén con el rostro abatido, regresan ahora con prisa sagrada, transformando la oscuridad del camino en ámbito de testimonio. El encuentro verdadero con el Señor arranca al alma de la clausura del yo; la enciende en la caridad, la pone en pie y la devuelve al cuerpo de la comunidad creyente. El Resucitado, al rehacer la integridad del hombre, lo constituye en testigo de lo invisible.
También nosotros estamos llamados a esa transformación ante tantos hombres y mujeres que arrastran hoy una fatiga sin nombre. El cristiano debe ser presencia de esperanza en medio de un mundo extenuado, poseyendo la consistencia de quien ha sido visitado por el Señor en su propia noche. Sabemos que la muerte no reina y que el camino más triste puede volverse un santuario en medio del cual se revele Cristo, resplandor de la gloria del Padre y esperanza de todos los que le invocan.
Urge, por tanto, implorar la gracia de una
vigilancia amorosa, para que la dureza del corazón o la costra de la costumbre
no vuelvan opaca nuestra mirada. En esta hora del mundo, donde la fe de muchos
se enfría y la inteligencia se extravía en sus propios sofismas, la súplica de
los discípulos resuena con una urgencia sagrada: "Quédate con nosotros,
Señor, porque atardece".
Y Él permanece. Se queda en la Palabra proclamada con autoridad soberana; en la Eucaristía, viático de los cansados; y en la absolución que levanta al pecador del polvo para restituirle la vestidura nupcial. Quien se deja alcanzar por el Resucitado no solo recobra el aliento, sino que vuelve a soñar con la esperanza purificada de los redimidos. Pidamos, pues, en esta divina liturgia, que el Señor inflame nuestro corazón desfallecido y nos devuelva la alegría de anunciar su nombre. Así, cuando la última noche descienda sobre nuestra carne mortal, podremos decirle con la audacia de los hijos: Quédate con nosotros, Señor, pues solo Tú eres la Luz victoriosa que no conoce ocaso, prenda inigualable de la vida eterna. Amén.
Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez

