
Dominica in Palmis de Passione Domini: «De la Aclamación al Madero»
marcados para la paz de Cristo.»
El Leccionario en un texto
Primera Lectura: «No escondí el rostro ante ultrajes y salivazos» (Is 50, 6)
Salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21[22], 2)
Segunda Lectura: «Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 8)
Evangelio: «Verdaderamente este era Hijo de Dios» (Mt 27, 54)
Homilía
¡Hosanna al
Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!
Queridos hermanos:
Transcurridos los días del período cuaresmal, en los cuales, ejercitando el espíritu en la piedad y la misericordia, hemos reorientado nuestra conciencia y voluntad según el sentir de nuestro Salvador Jesucristo, la Iglesia comparece hoy ante la puerta santa de los días mayores. Escuchamos a lo lejos el clamor de Jerusalén, y mientras nos acercamos a la ciudad santa, el ardor del pueblo enciende nuestros sentidos. Se acerca el Libertador, y para recibirle se extienden los mantos sobre el camino y se cortan los ramos para ovacionar a Aquel que trae la victoria. El significado de estos gestos era bien conocido en la tradición hebrea. Baste recordar, de manera singular, la Fiesta de los Tabernáculos, donde las ramas de palmera y de mirto eran el símbolo del pueblo que habitaba en el desierto bajo la protección de Dios. Al cortar las ramas, se reconoce que el tiempo de la espera ha terminado. Al repetir este gesto ante Jesús, la multitud lo proclama como Aquel que viene a restaurar el altar y a devolver la santidad a la casa del Padre. La Iglesia, por su parte, al bendecir hoy los ramos en la hermosura de su liturgia, señala el comienzo de los días de la Gracia y proclama que Cristo es el verdadero Tabernáculo, donde el hombre deja de ser errante porque Dios ha salido a su encuentro.
Jerusalén lo recibe en medio del júbilo y al grito de «Hosanna», esto es, "sálvanos ahora". Esta aclamación proviene directamente del Salmo 118, himno procesional y litúrgico en el que escuchamos: «Ordenad la procesión con ramos hasta los cuernos del altar». Tanto en las palmas como en el «Hosanna», la multitud reconoce en Él al que cumple la antigua profecía del Rey humilde que viene montado sobre un pollino, a la piedra angular que desecharon los arquitectos. Los labios repiten la aclamación de los peregrinos, mientras los ojos se vuelven hacia el Profeta de Galilea. Es el Enviado que viene en el nombre del Señor. ¡El Hijo de David ha venido, el Mesías prometido! Sin embargo, bien sabemos que sobre aquella aclamación fervorosa se cernía ya la sombra del rechazo. La ciudad que hoy canta de júbilo, dentro de poco cerrará sus entrañas al Justo, y de esos mismos labios saldrá el clamor terrible: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos». En ello se descubre la dolencia del corazón humano, que aclama a Dios mientras lo cree favorable a sus deseos, y se vuelve contra Él cuando descubre que sus designios no coinciden con los suyos. He ahí el drama de la hipocresía humana, tantas veces reiterado en la historia, y del que muy pocos logramos salir indemnes.
Cristo entra en Jerusalén sabiendo perfectamente a qué ha venido y lo que le espera. No le arrastra el fervor voluble de la multitud ni se deja elevar por el clamor de los hosannas. Conoce el fondo de los corazones y sabe que, tras aquellas voces de aclamación, se preparan ya el juicio, la soledad, la traición, la condena y la Cruz. Aun así, entra con la majestad serena del que ha venido a cumplir la voluntad del Padre, y lo hace como Rey verdadero. Fijémonos en los reyes de la tierra, que arman guerras y convocan batallas siempre a costa de la sangre de su pueblo; mientras sus gentes mueren, ellos engordan sus fortunas y se resguardan. Cristo, por el contrario, declara la guerra a la Muerte, y es Él mismo quien entra en combate y entrega su vida en dichoso intercambio. El rey de la tierra ensancha fronteras y levanta muros; Cristo abre por la herida de su costado el Reino de la gloria a todos los que creen en su Nombre.
El profeta Isaías nos pone hoy ante el Siervo del Señor, imagen en la que los Santos Padres siempre han visto a Cristo, Cordero Pascual. Nos habla de un hombre enseñado por Dios, con el oído despierto, la lengua disciplinada y el cuerpo expuesto al azote del látigo, la mejilla al ultraje, el rostro a la saliva, sin sustraerse al cáliz de la obediencia. Cristo asume el suplicio sin descargar violencia sobre sus verdugos; lo recibe con mansedumbre cierta. El mundo apenas entiende esta majestad de nuestro Salvador; se inclina con tanta facilidad ante el poder y la vanagloria, que tal escena le parece inaudita. En efecto, en su humanidad, Jesús experimenta el vacío absoluto y el silencio del cielo, y aun en la hora más oscura, la luz poderosa del Espíritu Santo sostiene su voluntad, impidiendo que la humanidad santísima del Redentor sucumba bajo el peso del pecado del mundo. Es el eclipse de la consolación, cuando Dios no se aparta en ningún momento y se oculta tras el velo del dolor carnal, para que el Redentor descienda hasta el último rincón de la desesperación humana. El Padre estaba con Él; de haber retirado los ojos de la Cruz, la Redención habría quedado reducida al padecimiento de un hombre solo, y no habría sido el abrazo del Creador sobre su criatura caída. Ante nosotros, el Dios trino, en perfecta unidad y potencia, indiviso en su Amor, obrando nuestra salvación en la carne sufriente del Hijo.
San Pablo, con su agudeza de palabra y pleno conocimiento de la Ley, nos ayuda a sumergirnos en el abismo sagrado del anonadamiento del Verbo, misterio cuya hondura hemos cantado también hoy en el salmo. El que era de condición divina descendió y, tomando la forma de siervo, se hizo semejante a los hombres y abrazó la muerte más ignominiosa que podía padecer un judío, la muerte de Cruz. Sobre tal suplicio pesa la sentencia terrible del Deuteronomio: «Maldito todo el que cuelga de un madero». Para la mentalidad judía, el crucificado era un réprobo de Dios. La exhibición del cuerpo suspendido entre el cielo y la tierra significaba que el reo no era digno de pisar la tierra de la promesa, privado así de ascender al descanso de los padres. Era un paria cósmico, marcado por una sentencia divina de rechazo absoluto. Mediante el despojo de las vestiduras y la exposición de la desnudez total —afrenta intolerable para el pudor semítico—, reducían al condenado a espectáculo de burla. Era la antítesis de la soberanía del pueblo elegido; era la reducción del hijo de Abraham a la condición de esclavo.
Ante el Crucificado, la conciencia del apóstol de los gentiles se estremece. El Santo ha aceptado cargar la maldición para que el culpable sea llamado hijo. Y precisamente en el acto de la obediencia sin reserva empieza a encenderse la exaltación de su Nombre sobre todo nombre. La Iglesia no deja de asombrarse ante este misterio. El Señor del cielo se ha inclinado hasta la escoria del mundo para rescatar al hombre caído. El Inocente ha aceptado comparecer entre culpables. El Viviente ha querido gustar la muerte. El Altísimo ha bajado hasta la hondura de nuestra noche para llenarla de su presencia y atravesarla con la luz de su Pascua. Esto es lo que hoy se manifiesta ante nosotros, adoradores del Misterio. Esto es lo que ninguna homilía podrá agotar jamás.
La Pasión según san Mateo, proclamada hoy en medio de la Iglesia, nos introduce en el corazón mismo del drama del Calvario, dejándonos situados ante Cristo agonizante, sin velos ni atenuantes. Si somos sinceros, habremos de reconocer cuán difícil nos resultaría hallar refugio dentro del relato. Cada año, bajo la acción del Espíritu Santo, esta porción del Evangelio se vuelve memoria viva y cae sobre la conciencia como juicio, descubriendo el lugar del discípulo en el huerto, en el pretorio o ante la madera del patíbulo, porque el hombre termina manifestándose en su fidelidad al Maestro o en la entrega del Justo. ¿Cuál es nuestro papel en el drama de la Pasión?
Fijémonos. Vemos a Judas, cercano al Maestro, admitido en la intimidad de la mesa compartida, depositario de la bolsa común, cometido que exigía confianza, y aun así desciende hasta negociar con la sangre del Inocente por treinta monedas de plata. Pedro, por su parte, se adelanta con ardor en la palabra y en el impulso. Se lanza al agua, confiesa al Señor como el Cristo, arremete contra el soldado en la emboscada de Getsemaní; pero cuando llega la noche de la prueba, antes de que cante el gallo, se le quiebra la firmeza. Pilato, autoridad foránea puesta sobre la nación ocupada, entrevé algo del abismo que tiene delante, pero rehúsa implicarse, se lava las manos y con ese gesto firma su cobardía. Luego viene la muchedumbre, arrastrada con facilidad, la que hoy aclama y mañana abandona. Y junto a todo ello permanecen las santas mujeres, pobres y fieles, llorando por el Señor y manteniéndose cerca de Él cuando otros huyen. Por último, la paradoja de la escena. El centurión pagano alcanza una claridad sobre Cristo que muchos de los suyos ya no conservaban y confiesa ante el Crucificado la verdad de su Persona.
Y ahí estamos nosotros.
Extendemos hoy palmas ante Cristo y retiramos la obediencia cuando el Evangelio ilumina nuestras conveniencias y deja al descubierto nuestras verdaderas intenciones. Gritamos «¡Hosanna!» en la liturgia, mientras en la plaza pública seguimos escogiendo a Barrabás, figura de todo aquello que combate la verdad, degrada la fe y hiere la integridad moral de los pueblos. Bendecimos ramos en nombre del Príncipe de la Paz, y con esas mismas manos consentimos la bendición de las armas para la guerra entre hermanos. Naciones marcadas durante siglos por la Cruz y, sin embargo, al parecer no hemos dejado que esa Cruz selle nuestro corazón, como si el nombre de cristianos no llevara en sí la exigencia de una comunión fraterna. Y mientras tanto, demasiadas voces religiosas se refugian en cautelas, diplomacias y silencios prolongados, como si la sangre de los pueblos no estuviera ya clamando al cielo.
¿Qué clase de Domingo de Ramos puede celebrar un pueblo que aclama al Mesías manso y después se resigna al camino de Caín? ¿Qué hosanna puede permanecer limpio en labios que no se atreven a implorar la misericordia y el perdón con la misma vehemencia con la cual desprecian al hermano en la fe y se erigen en poseedores absolutos de la gracia? ¿Cómo ha llegado Europa, sazonada durante siglos por la predicación de Cristo, a comparecer con una conciencia inerme, vaciada de sentido sobrenatural y dispuesta a administrar la vida de los hombres como si el Crucificado no hubiera dejado ya su sentencia sobre toda violencia?
Junto a estas heridas aparecen otras, amargas e igualmente vergonzosas. Hay pastores y obispos que hoy tomarán palmas en sus manos, revestidos con solemnidad, y sin embargo no alzan la voz ni dan un paso al frente cuando se degradan los signos sagrados, cuando se permite que lo que fue levantado como confesión pública de Cristo sea sometido a resignificaciones dictadas por el cálculo político. Cuántos prefieren asegurar la subvención y no incomodar al Estado, para no perder una silla en la mesa del reconocimiento civil y, como Pilato, no complicarse la vida. Y mientras tanto la Cruz, que es altar de redención y puente entre nosotros y la Gracia, es tratada como pieza disponible para la administración ideológica del presente. Ahí está Judas, no ya por la bolsa de plata contada a la luz de una lámpara en lo secreto de la noche, sino por la renuncia cobarde a confesar a Cristo cuando hacerlo compromete privilegios, tranquilidad o buena prensa. En España lo vemos con especial claridad, y un pastor que accede a este juego, aunque conserve ornamentos y jurisdicción, ya ha dejado entrar la tibieza en el santuario de su corazón, porque ha descuidado su misión. Su deber es guardar el depósito de la fe, permanecer en vela junto a la Cruz y velar a un tiempo por el signo santo y por las necesidades de su pueblo.
Asistimos perplejos a otra forma de oscurecimiento moral que ha cobrado especial notoriedad en nuestros días, particularmente grave en una nación que durante siglos ha pronunciado el nombre de Cristo. Me refiero a la eutanasia, elevada en España a rango de ley. Cuando quienes legislan y gobiernan presentan al enfermo, en la hora de su mayor vulnerabilidad, la supresión de su propia vida como salida aceptable, queda al descubierto una corrupción profunda en la conciencia de una parte de la sociedad. Quien sufre permanece siendo imagen de Dios, y por eso merece cuidado, alivio, asistencia y compañía fiel hasta el momento final. Someter la vida a una decisión administrativa que la interrumpe pone de manifiesto el agotamiento espiritual de una civilización que ha perdido el lenguaje del amor.
Pero no nos equivoquemos, la homilía de hoy no se dirige únicamente contra los poderes, los gobiernos, las naciones o los grandes responsables. La Pasión penetra en la conciencia de cada uno de nosotros. Preferir la comodidad a la fidelidad ya es escoger a Barrabás. Esconder la fe para no quedar mal, evitar el deber por miedo a perder ventajas, abandonar al pobre, al enfermo, al anciano, al no nacido, al humillado, al que ya no tiene prestigio ni fuerza, todo eso nos devuelve a la muchedumbre que cambia al Justo por el homicida. Buscar dentro de la Iglesia el aplauso antes que la santidad, y poner la mera supervivencia institucional, a cualquier coste, por delante de la gloria de Cristo, devuelve el nombre de Barrabás a los labios de quienes deberíamos haber permanecido con el Señor.
Por eso la Semana Santa reclama de nosotros una adhesión que no se agote en la emoción del momento o en la sola asistencia a los oficios, ni se contente con conservar exteriormente una costumbre venerable. Cada celebración a la que asistiremos nos llama a permanecer con Cristo, y la Iglesia desea que cuanto vivimos en el misterio litúrgico se convierta en ejercicio espiritual capaz de fortalecer nuestra vida cuando haya concluido la celebración y resuene ya el «Ite, missa est». Permanecer con Él en la Cena y en la traición, en Getsemaní y en la hora del abandono, ante el Sanedrín y ante Pilato, en la humillación del suplicio, en el peso del madero, en el clamor de los enemigos, en el eclipse del mediodía, ante la lanzada final. Hace falta seguir junto a Él precisamente donde el amor parece derrotado, cuando en verdad está conquistando el mundo.
Tomad, pues, la palma bendecida y, en un gesto de piedad verdadera, llevadla a vuestras casas como signo de que la victoria de Cristo ha entrado bajo vuestro techo. Hagámoslo con el mismo júbilo con que esta memoria santa era celebrada en Jerusalén por los cristianos de finales del siglo IV. Gracias al testimonio de Egeria, peregrina que describió las liturgias de la Ciudad Santa, sabemos que los fieles se reunían ya en el Monte de los Olivos y, después de escuchar el Evangelio, descendían hacia la ciudad agitando palmas y ramas de olivo, mientras aclamaban al obispo como figura de Cristo entrando en su Pasión. Con el paso del tiempo, este gesto fue revelando con mayor plenitud su densidad sacramental y su fuerte carácter escatológico, pues se prolonga más allá de esta vida terrena y trasciende hasta la liturgia del cielo. El libro del Apocalipsis nos permite contemplar esa consumación cuando dice: «Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y clamaban con voz potente: "¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!"» (Ap 7, 9-10).
Es por ello que las antiguas oraciones de bendición concluían diciendo de forma admirable: «Y así como en figura de la Iglesia multiplicaste a Noé al salir del arca, y a Moisés al salir de Egipto con los hijos de Israel, así nosotros, llevando palmas y ramos de olivo, salgamos al encuentro de Cristo con buenas obras, y por Él entremos en la alegría eterna». Por tanto, hermanos, que cada rama os recuerde que habéis sido marcados para la paz de Cristo. Su paz trasciende la mera ausencia de conflicto; es la presencia viva de su victoria en medio de vuestras batallas. Sea este ramo el estandarte de una milicia que no retrocede ante el cansancio ni se quiebra en la hora del abandono. Sostenedlo con la firmeza del que se sabe redimido por la Sangre Preciosísima, para que, al cruzar el umbral de vuestra propia muerte, podáis adorar ante el Cordero, ya no con una rama que se seca y queda inerte, sino con la palma resplandeciente de la victoria, junto con la corona de gloria que será dada a quien haya perseverado hasta el fin.
Amados, entremos ya en la Pasión del Señor. Dejemos que en estos días la Palabra nos despoje, que el rostro del Siervo de Yahvé nos juzgue y que, en la contemplación ferviente de su anonadamiento, toda soberbia sea arrancada de nosotros. Miremos al Crucificado hasta aprender de una vez qué cosa es amar hasta el extremo. Así, cuando el mundo vuelva a ofrecernos a Barrabás, disfrazado con nombres más cómodos para la conciencia de esta generación, respondamos con todo el peso de nuestra fe: ¡Mi Rey es Cristo, mi paz es Cristo, mi ley es Cristo, mi esperanza es Cristo!
Permaneced ahora ante el Misterio de su Presencia y, una vez descienda el Paráclito sobre los dones dispuestos en el altar, cruzad la nave del templo como quien avanza por el desierto hacia la tierra prometida. Que vuestro paso hacia el Altar tenga algo de Noé entrando en el Arca, de Moisés descalzándose ante la Zarza, de Pedro volviendo al Señor para ser perdonado. Al recibir hoy el Cuerpo de Cristo, recordad que el Rey a quien habéis aclamado con ramos se os entrega ahora como Pan de Vida, para sosteneros en la hora de vuestro propio Getsemaní.
Amén. Que así sea.

