Dominica IV in Quadragesima: «El Escándalo de la Luz y la Tiranía de las apariencias»
despojado de su oscuridad secreta.»
El Leccionario en un texto (A)
Primera Lectura: «El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (1 Sam 16, 7)
Salmo: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 22[23], 1)
Segunda Lectura: «Antes erais tiniebla, pero ahora sois luz por el Señor. Caminad como hijos de la luz» (Ef 5, 8)
Evangelio: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 9, 5)
Homilía
¡Alégrate, Jerusalén! Con este grito de júbilo comienza la liturgia en el Domingo de Laetare. En medio del rigor de la ceniza y del desierto, la Iglesia se reviste hoy de rosa, color de aurora y promesa, como si sobre la austeridad cuaresmal comenzara ya a posarse un reflejo de la Pascua venidera. La Cuaresma prosigue su marcha, pero una consolación más serena visita el camino penitencial y concede al alma un respiro santo, porque la Pascua se acerca y su fragancia empieza a difundirse en el corazón de los fieles. Esta alegría brota de una certeza honda: el ciego está a punto de ver, el desterrado entrevé ya la casa, y nuestra oscuridad, por espesa que parezca, comienza a perder su imperio ante la cercanía del Resucitado.
Continuamos en este itinerario avanzando hacia la gran Vigilia, hacia la Noche de las noches que anuncia el alba sin ocaso, y en este camino Jesús se nos manifiesta como el Mesías con una pedagogía progresiva. En el Tabor dejó resplandecer su gloria ante los discípulos más íntimos; junto al pozo abrió para la Samaritana el misterio del agua viva; hoy sale al encuentro del ciego de nacimiento y se revela como luz del mundo. Si el domingo pasado predominaba el agua como signo de la gracia que sacia a los sedientos de Dios, hoy se nos presentan el aceite y la luz. Samuel unge a David como rey de Israel; el Evangelio nos muestra a Cristo como la claridad que irrumpe en la oscuridad del hombre; san Pablo exhorta a los fieles a caminar como hijos de la luz. La unción y la claridad pertenecen al lenguaje mismo de la salvación, y la Iglesia las pone ante nosotros para que comprendamos con mayor hondura la gracia recibida y la Pascua hacia la que somos conducidos.
I. La mirada de Dios frente a la impostura del mundo
Nosotros solemos juzgar desde la superficie de las cosas; Dios mira la verdad del corazón. Su elección desbarata nuestros parámetros estrechos y deja al descubierto la fragilidad de nuestros criterios. Eso aparece con fuerza en las lecturas de hoy. En la unción de David y en la curación del ciego, el juicio humano queda desmentido. David no ocupaba el lugar de honor entre sus hermanos, ni respondía a la figura que el mundo habría asociado con la realeza. Era el menor, el pastor relegado, aquel sobre quien casi nadie habría fijado la atención. Ante el ciego de nacimiento, mientras la turba buscaba un culpable para saciar su curiosidad moral, Cristo discierne en aquella miseria una ocasión santa para que se manifieste el poder de Dios.
Samuel, enviado a la casa de Jesé, estuvo a punto de dejarse impresionar por la estatura de Eliab. Pero el juicio de Dios corta de raíz aquella inclinación puramente humana y corrige su mirada: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón». Aquel a quien nadie habría puesto en primer lugar recibe precisamente la unción santa.
La unción de David ilumina con singular fuerza la liturgia de hoy. El Señor fija su mirada en aquel a quien casi todos habrían dejado a un lado y derrama sobre su cabeza el aceite santo. Queda así al descubierto que Dios mira el corazón y marca con su gracia a quien ha llamado. El aceite vertido sobre el pastor joven anuncia ya la obra del Señor sobre el hombre tomado para sí y reservado a su servicio. Todo alcanza su plenitud en Cristo, el Ungido del Padre, sobre quien reposa sin medida la fuerza del Espíritu. Desde Él se comprende también la dignidad del bautizado, signado con la santa unción para pertenecer al Señor y caminar en medio del mundo como hijo de la luz. Por eso la curación del ciego alcanza más que sus ojos; toca al hombre entero, lo arranca de su antigua postración y lo conduce hacia la claridad de la fe.
Vivimos bajo la tiranía de la fachada, juzgando a las personas por su envoltura visible mientras se nos escapa aquello que verdaderamente decide la rectitud o la ruina del hombre. Catalogamos aún al prójimo mediante etiquetas fabricadas por una sociedad que ha perdido el sentido de la hondura y, con él, la percepción de lo que es fundamental y de lo que apenas es accesorio. Muchas decisiones se malogran porque nacen de la primera impresión, de la emoción fugaz, de una apariencia exterior que no ha sido sometida al discernimiento de Dios. De ahí proceden tantos errores humanos, también en el orden afectivo, cuando se elige por lo que deslumbra y solo más tarde queda al descubierto la pobreza moral que permanecía oculta. El ojo humano se deja cautivar con facilidad; la mirada de Dios penetra allí donde nosotros rara vez queremos mirar.
II. El veneno del juicio y la corrupción de la lengua
Con demasiada frecuencia relegamos a nuestros hermanos al ámbito de los excluidos por causa de prejuicios heredados, rumores repetidos o impresiones que nadie se ha tomado el trabajo de purificar. Nos volvemos verdugos silenciosos del nombre ajeno, y herimos la dignidad del prójimo con la ligereza de una palabra. Hay almas que no han sido tocadas por nuestras manos y, sin embargo, llevan ya sobre sí la herida que les produjo nuestro juicio.
Es célebre la historia de aquella joven que, dominada por el odio hacia su vecina, decidió eliminarla. Su padre le propuso un plan estratégico: debía visitarla diariamente, ofrecerle alimentos y suministrarle un veneno en dosis imperceptibles para que la muerte pareciera un proceso natural. La joven obedeció, mostrando una amabilidad fingida que ocultaba su intención letal. Sin embargo, al cabo de un mes, regresó horrorizada ante su padre, suplicando un antídoto. El trato cotidiano le había revelado la bondad de aquella mujer a la que antes odiaba por prejuicio. El padre, con sabiduría, le confesó que nunca hubo veneno en los alimentos, sino solo azúcar. El único veneno real era el juicio que habitaba en el alma de la hija, y este ya había sido purgado por la fuerza de la verdad encontrada en el encuentro personal.
La imagen es sencilla, pero su contenido espiritual resulta penetrante. Muchas veces odiamos caricaturas, no personas reales. Combatimos sombras fabricadas por la distancia, por la murmuración o por la imaginación torcida. Basta a veces una frase maliciosa, un comentario repetido, un gesto aislado, para que el corazón empiece a retirar su benevolencia y se disponga a juzgar. De ese modo el alma se envenena, y lo más grave es que a menudo llama prudencia a lo que en realidad es dureza de corazón.
Dios mira la entraña del hombre, no la etiqueta con que otros lo han marcado. Allí donde el sentido común solo advierte una ruina, la gracia puede abrir un lugar de manifestación. Allí donde el hombre precipitado dicta sentencia, el Altísimo prepara una obra que todavía no alcanzamos a comprender. Las almas penetradas por la luz del Espíritu aprenden poco a poco este secreto y comienzan a reconocer, aun en medio de la flaqueza, el espacio donde la fuerza de Dios quiere desplegar su poder.
III. La penumbra del alma y el rechazo de la gracia
El ciego del Evangelio padecía una oscuridad física total. Jamás había contemplado un rostro, jamás había visto la luz de la mañana, jamás había conocido la forma del mundo visible. Sin embargo, el texto nos conduce hacia una dolencia todavía más grave: la ceguera espiritual de quienes, teniendo ojos sanos en el cuerpo, se niegan a reconocer la verdad cuando la verdad se pone delante de ellos. A esos hombres se dirige la palabra severa de Cristo: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste». Estamos ante una ceguera endurecida por la soberbia de quien se considera a salvo y cree que no necesita ser rescatado.
Hay personas a las que la luz de Cristo les resulta insoportable porque sus vidas se han acostumbrado a la penumbra del pecado. Se parece a la reacción de los ojos cuando, en medio de la noche, reciben de golpe una claridad intensa. El hombre instalado en la iniquidad experimenta el Evangelio como una herida, porque la luz expone lo que él querría seguir ocultando y le exige una conversión que no está dispuesto a abrazar. El problema no reside en la luz; reside en la costumbre que hemos hecho de nuestras sombras.
Cuando la prepotencia y la autosuficiencia gobiernan la conciencia, el alma pierde la capacidad de maravillarse ante las obras de Dios. Los fariseos, frente al milagro evidente, buscaron refugio en discusiones secundarias, sospechas interesadas y preguntas interminables. Prefirieron aferrarse a su propio juicio antes que postrarse ante el Salvador. Quien vive encerrado en la idolatría de su criterio termina sin reconocer la mano de Dios, aunque el Señor pase con claridad manifiesta delante de sus ojos. Siempre hallará una explicación menor, una salida cómoda, un razonamiento que le evite adorar.
Esta ceguera del alma no se cura con discursos brillantes ni con una cultura religiosa acumulada. Pide humildad, obediencia interior, dolor verdadero por el pecado, deseo sincero de dejarse examinar por Dios. La luz de Cristo hiere para sanar, desvela para purificar, desenmascara para redimir. Allí donde el corazón acepta ser tocado por esa luz, comienza ya la verdadera curación.
IV. Hacia una fe encarnada y sacramental
Nuestro tiempo padece también esta dolencia interior, aunque la revista con lenguaje técnico, suficiencia intelectual o confianza desmedida en lo medible. El materialismo contemporáneo intenta reducir la realidad a lo que se puede pesar, calcular o manipular. Con ello empobrece al hombre, porque las dimensiones más altas de la existencia no caben en una balanza ni se dejan atrapar por un instrumento. La verdad, el amor, la justicia, la esperanza, la conciencia, la gracia: todo eso pertenece al orden de lo real con una densidad que supera la superficie sensible.
Cristo, al curar al ciego, enseña que ver es entrar en la obediencia de la fe. Recobrar la vista significa comenzar a habitar el mundo desde Dios. La luz que desciende sobre los ojos del ciego alcanza también su espíritu. Lo que se abre en aquella escena es el hombre entero: su percepción, su juicio, su libertad, su confesión. La ceguera que más debe inquietarnos, por eso mismo, habita en nosotros cuando detectamos con facilidad la falta ajena y permanecemos indiferentes ante nuestras propias resistencias, nuestras falsedades consentidas y nuestras durezas cuidadosamente justificadas. Estar ciegos por dentro es ignorar a Dios y vivir extraños a la verdad de uno mismo.
Ver, además, pertenece al amor. El que ama según Dios comienza a mirar según Dios. El que persevera en la caridad va siendo despojado de su oscuridad secreta. El que enfría el amor termina encerrado en una religiosidad sin resplandor, con palabras correctas y un corazón estéril. La fe, cuando deja de convertirse en adoración, en obediencia y en caridad concreta, se endurece como una lámpara vacía.
La identidad cristiana nace del seguimiento real de Jesucristo, vivo y presente, médico del alma y salvador del hombre. Esa certeza nos conduce ahora al altar, donde el Señor se nos entrega en el Sacramento. Aquí la Luz eterna se nos da bajo el velo humilde del Pan consagrado; aquí el Resucitado toca nuevamente nuestra pobreza; aquí vuelve a lavar, a ungir y a fortalecer al hombre que se acerca con fe. En la confesión, Cristo deshace las costras del alma y devuelve limpieza a la mirada interior. En la Eucaristía, el Señor alimenta a sus fieles para que caminen como hijos de la claridad en medio de un mundo enfermo de apariencias.
Conclusión
Pidamos hoy al Señor que nos libre del engaño de la fachada, del veneno del juicio temerario y de la soberbia que se cree vidente mientras permanece en tinieblas. Pidámosle la gracia de consentir que su verdad nos examine, de aceptar su luz aunque duela, y de dejarnos conducir hacia una mirada más humilde, más pura y más obediente.
Señor Jesús, Luz de Luz y Dios verdadero, toca nuestros ojos cansados, sana nuestras cegueras ocultas y concédenos reconocernos pobres ante Ti. Que al recibirte en este Sacramento caminemos por el mundo con la mirada de los redimidos, hasta el día en que te contemplemos sin velo en la claridad de tu gloria. Amén.

