Dominica IV in Quadragesima: «El Escándalo de la Luz y la Tiranía de las apariencias»

15.03.2026
«El que persevera en la caridad va siendo
despojado de la oscuridad intetior.»

El Leccionario en un texto (A)

Primera Lectura: «El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (1 Sam 16, 7)

Salmo: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 22[23], 1)

Segunda Lectura: «Antes erais tiniebla, pero ahora sois luz por el Señor. Caminad como hijos de la luz» (Ef 5, 8)

Evangelio: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 9, 5)


Homilía


¡Alégrate, Jerusalén! Con este grito de júbilo comienza la liturgia en el Domingo de Laetare. En medio del rigor de la ceniza y del desierto, la Iglesia se reviste hoy de rosa, color de aurora y promesa, como si sobre la austeridad cuaresmal comenzara ya a posarse un reflejo de la Pascua venidera. La Cuaresma prosigue su marcha, pero una consolación más serena visita el camino penitencial y concede al alma un respiro santo, porque la Pascua se acerca y su fragancia empieza a difundirse en el corazón de los fieles. Esta alegría brota de una certeza honda: el ciego está a punto de ver, el desterrado entrevé ya la casa, y nuestra oscuridad, por espesa que parezca, comienza a perder su imperio ante la cercanía del Resucitado. 

Continuamos en este itinerario avanzando hacia la gran Vigilia, hacia la Noche de las noches que anuncia el alba sin ocaso, y en este camino Jesús se nos manifiesta como el Mesías con una pedagogía progresiva. En el Tabor dejó resplandecer su gloria ante los discípulos más íntimos; junto al pozo abrió para la Samaritana el misterio del agua viva; hoy sale al encuentro del ciego de nacimiento y se revela como luz del mundo. Si el domingo pasado predominaba el agua como signo de la gracia que sacia a los sedientos de Dios, hoy se nos presentan el aceite y la luz. Samuel unge a David como rey de Israel; el Evangelio nos muestra a Cristo como la claridad que irrumpe en la oscuridad del hombre; san Pablo exhorta a los fieles a caminar como hijos de la luz. La unción y la claridad pertenecen al lenguaje mismo de la salvación, y la Iglesia las pone ante nosotros para que comprendamos con mayor hondura la gracia recibida y la Pascua hacia la que somos conducidos. 

I. La mirada de Dios frente a la impostura del mundo

Nosotros solemos juzgar desde la superficie de las cosas; Dios mira la verdad del corazón. Su elección desbarata nuestros parámetros estrechos y deja al descubierto la fragilidad de nuestros criterios. Eso aparece con fuerza en las lecturas de hoy. En la unción de David y en la curación del ciego, el juicio humano queda desmentido. David no ocupaba el lugar de honor entre sus hermanos, ni respondía a la figura que el mundo habría asociado con la realeza. Era el menor, el pastor relegado, aquel sobre quien casi nadie habría fijado la atención. Ante el ciego de nacimiento, mientras la turba buscaba un culpable para saciar su curiosidad moral, Cristo discierne en aquella miseria una ocasión santa para que se manifieste el poder de Dios. 

Samuel, enviado a la casa de Jesé, estuvo a punto de dejarse impresionar por la estatura de Eliab. Pero el juicio de Dios corta de raíz aquella inclinación puramente humana y corrige su mirada: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón». Aquel a quien nadie habría puesto en primer lugar recibe precisamente la unción santa. 

La unción de David ilumina con singular fuerza la liturgia de hoy. El Señor fija su mirada en aquel a quien casi todos habrían dejado a un lado y derrama sobre su cabeza el aceite santo. Queda así al descubierto que Dios mira el corazón y marca con su gracia a quien ha llamado. El aceite vertido sobre el pastor joven anuncia ya la obra del Señor sobre el hombre tomado para sí y reservado a su servicio. Todo alcanza su plenitud en Cristo, el Ungido del Padre, sobre quien reposa sin medida la fuerza del Espíritu. Desde Él se comprende también la dignidad del bautizado, signado con la santa unción para pertenecer al Señor y caminar en medio del mundo como hijo de la luz. Por eso la curación del ciego alcanza más que sus ojos; toca al hombre entero, lo arranca de su antigua postración y lo conduce hacia la claridad de la fe. 

Vivimos bajo la tiranía de la fachada, juzgando a las personas por su envoltura visible mientras se nos escapa aquello que verdaderamente decide la rectitud o la ruina del hombre. Catalogamos aún al prójimo mediante etiquetas fabricadas por una sociedad que ha perdido el sentido de la hondura y, con él, la percepción de lo que es fundamental y de lo que apenas es accesorio. Muchas decisiones se malogran porque nacen de la primera impresión, de la emoción fugaz, de una apariencia exterior que no ha sido sometida al discernimiento de Dios. De ahí proceden tantos errores humanos, también en el orden afectivo, cuando se elige por lo que deslumbra y solo más tarde queda al descubierto la pobreza moral que permanecía oculta. El ojo humano se deja cautivar con facilidad; la mirada de Dios penetra allí donde nosotros rara vez queremos mirar. 

II. El veneno del juicio y la corrupción de la lengua

Con demasiada frecuencia relegamos a nuestros hermanos al ámbito de los excluidos por causa de prejuicios heredados, rumores repetidos o impresiones que nadie se ha tomado el trabajo de purificar. Nos volvemos verdugos silenciosos del nombre ajeno, y herimos la dignidad del prójimo con una palabra precipitada que se desliza de boca en boca y termina fijando sobre él un rostro que quizá no le pertenece. Hay hombres y mujeres a quienes nunca hemos tocado con nuestras manos, pero que cargan ya la herida que les dejó nuestro juicio. 

Es célebre la historia de aquella joven que, dominada por el odio hacia su vecina, decidió eliminarla. Su padre le propuso un plan estratégico: debía visitarla diariamente, ofrecerle alimentos y suministrarle un veneno en dosis imperceptibles para que la muerte pareciera un proceso natural. La joven obedeció, mostrando una amabilidad fingida que ocultaba su intención letal. Sin embargo, al cabo de un mes, regresó horrorizada ante su padre, suplicando un antídoto. El trato cotidiano le había revelado la bondad de aquella mujer a la que antes odiaba por prejuicio. El padre, con sabiduría, le confesó que nunca hubo veneno en los alimentos, sino solo azúcar. El único veneno real era el juicio que habitaba en el alma de la hija, y este ya había sido purgado por la fuerza de la verdad encontrada en el encuentro personal.

La imagen es sencilla, pero su contenido espiritual resulta penetrante. Lo más grave de este mal consiste en que muchas veces dejamos de lado a la persona real para fijarnos únicamente en la figura deformada que han levantado en torno a ella la murmuración y la imaginación mal educada. Basta una frase maliciosa, un comentario repetido o un gesto mal interpretado para que se enfríe la benevolencia, se endurezca la mirada y empiece a formarse el juicio que luego se instala con apariencia de evidencia. Así se corrompe la relación con el prójimo, y lo más triste es que con frecuencia se da nombre de prudencia a lo que no pasa de ser dureza, sospecha y mezquindad. 

Para bien nuestro, Dios mira al hombre en su verdad más honda, no la imagen que otros han proyectado sobre él. Y es que, donde el sentido común solo advierte una ruina, la gracia puede disponer un lugar de manifestación; donde el hombre precipitado dicta sentencia, el Altísimo prepara una obra que no alcanzamos a advertir en un primer momento. Quienes viven bajo la luz del Espíritu comprenden poco a poco este secreto y llegan a reconocer, aun en medio de la flaqueza, el ámbito donde la fuerza de Dios quiere desplegar su poder. 

III. La penumbra del alma y el rechazo de la gracia

El ciego del Evangelio padecía una oscuridad física total. Jamás había contemplado un rostro, jamás había visto la luz de la mañana, jamás había conocido la forma del mundo visible. Sin embargo, el texto nos conduce hacia una dolencia todavía más grave, la ceguera espiritual de quienes, teniendo ojos sanos en el cuerpo, se niegan a reconocer la verdad cuando la verdad se pone delante de ellos. A esos hombres se dirige la palabra severa de Cristo: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste». Estamos ante una ceguera endurecida por la soberbia de quien se considera a salvo y cree que no necesita ser rescatado.

Hay quienes la luz de Cristo les resulta insoportable porque sus vidas se han acostumbrado a la penumbra del pecado. Se parece a la reacción de los ojos cuando, en medio de la noche, reciben de golpe una claridad intensa. El hombre instalado en la iniquidad experimenta el Evangelio como una herida dolorosa, porque la luz expone lo que querría seguir ocultando y le exige una conversión que no está dispuesto a abrazar. El problema no está en la luz, porque la claridad es descanso para quien habita en ella; nace de la costumbre que hemos hecho de vivir entre sombras. 

Esta dolencia del alma aparece con claridad en la actitud de los fariseos, pues cuando la prepotencia y la autosuficiencia se adueñan de la conciencia, el hombre pierde la capacidad de maravillarse ante las obras de Dios. Ellos, frente al milagro evidente, buscaron refugio en discusiones secundarias, sospechas interesadas y preguntas interminables. Prefirieron aferrarse a su propio juicio antes que postrarse ante el Salvador. Así se pone de manifiesto que quien permanece encerrado en la idolatría de su criterio termina sin reconocer la mano de Dios, aunque el Señor pase con claridad manifiesta delante de sus ojos. Siempre hallará una explicación menor, alguna construcción altiva del pensamiento que le evite adorar.

Instalados en esa ceguera que con tanto esmero nos fabricamos, terminamos por habitar una penumbra fría y, por tanto, estéril. Solo la espada de la verdad de la Palabra divina rasga todo artificio cuando el hombre desiste, por fin, de sostener su propia impostura. Es en esa hora cuando la altivez sucumbe bajo el peso asfixiante de una penuria que ya no admite más rebozos ante el Altísimo. En este vacío de nosotros mismos, la Verdad de Dios comparece como un tacto que quema; la luz de Cristo cae con una gravedad soberana sobre esos rincones que tanto empeño pusimos en tapiar.

Bajo este resplandor, que la conciencia experimenta primero como juicio y solo después como abrazo misericordioso, las narrativas de suficiencia con las que pretendíamos sobrevivir se deshacen. Al vernos así, despojados en nuestra indigencia ontológica, la humildad deviene en la única respiración posible. En este desamparo, aceptado sin reservas y conducido hasta la entrega de la Confesión, es donde se recibe una curación que brota de la misma llaga del costado del Verbo.

IV. Hacia una fe encarnada y sacramental

Nuestro tiempo padece esta misma dolencia, aunque la disfrace con el prestigio de la técnica o con la altivez de una inteligencia satisfecha de sí. Quiere reducir la anchura de la vida a la tiranía de lo que se puede pesar, calcular o manipular. Con esta medida tan corta, el hombre termina por extenuarse; las dimensiones más altas de su existencia no se rinden ante la balanza ni se dejan apresar por el frío dato de un instrumento. La fuerza de la verdad, la voz de la conciencia y el peso de la esperanza poseen una realidad que desborda la superficie de los sentidos y remite al hombre hacia un orden ante el cual la máquina, en su mudez, jamás podrá entrar. 

Cristo, al devolver la vista al ciego, muestra que la verdadera visión comienza cuando el hombre se somete a la obediencia de la fe. Aquel que recobra los ojos empieza a recibir el mundo bajo una luz nueva; la claridad que toca sus pupilas penetra hasta la raíz misma de su vida. En aquella escena se restaura algo más que una facultad perdida; queda alcanzado el hombre entero, llamado ya a mirar, a juzgar y a confesar bajo la verdad de Dios.

La ceguera que debe estremecernos habita en nosotros cuando, con una agudeza cruel para señalar la falta ajena, permanecemos mudos ante las propias resistencias. Es esa oscuridad interior alimentada por falsedades consentidas y por una dureza que se justifica a sí misma con esmero perverso. Estar ciegos por dentro es ignorar al Altísimo; es vivir como extraños en la propia casa, desterrados de la verdad más profunda.

Ver pertenece también al amor. Quien ama según Dios acaba por mirar según Dios; la perseverancia en la caridad va despojando al hombre de esa oscuridad secreta que le acompaña aun cuando cree hallarse en la luz. Al enfriarse el amor, la existencia se clausura y la religión degenera en un orden de fórmulas exactas, asentadas sobre la inercia de un ritualismo sin fuego. La fe que se aparta de la adoración y rehúye el sacrificio de la caridad acaba endureciéndose hasta quedar reducida a una lámpara vacía. Cuando la vida deja de entregarse, la luz se extingue; cuando el yo se atrinchera, la visión se corrompe. 

La identidad cristiana se rehace en el seguimiento real de Jesucristo, el Viviente, Salvador del hombre y Médico que toca nuestra ruina para devolvernos el aliento. Esa certeza nos lleva ahora al altar, donde el Señor se entrega en el Sacramento. La Luz eterna vela su gloria bajo la humildad del Pan, y el Resucitado se inclina otra vez sobre nuestra indigencia para lavar al hombre y marcarlo con su unción. Él quiebra la costra del orgullo que nos había secado el llanto; en la Eucaristía se da como alimento para sostener nuestra vida frente a la inercia del mundo. Entonces, quien ha sido rescatado avanza bajo una claridad nueva; ante el Misterio, abandona por fin su trinchera y aprende a reconocerse morada visitada por el Verbo. 

Cor ad Cor 

Volvamos, pues, la mirada al color de este Domingo. El rosa que hoy viste la Iglesia es el signo de una alegría suscitada e infundida por Dios . En este Domingo de Laetare, el Señor manifiesta que su elección ignora la estatura que el mundo aplaude y la fachada que nos empeñamos en mantener; su aceite santo se derrama sobre el corazón que se reconoce necesitado de su luz y de su gozo.

No temamos dejar atrás la seguridad de nuestras sombras ni la rigidez de nuestros juicios. Al salir hoy al encuentro del mundo, que nuestra única distinción sea la claridad de quien ha sido ungido por la Gracia y rescatado de su propia ceguera. Que el gozo de sabernos habitados por Cristo sea la fuerza que rompa toda desidia, para caminar, por fin, como hijos de la claridad hacia el resplandor definitivo de la Pascua. ¡Alégrate, porque el Señor ha fijado en ti su mirada y te ha devuelto el deseo de vivir!

Oremos.

Señor Jesús, Luz de Luz y Dios verdadero, toca nuestros ojos cansados, sana nuestras cegueras ocultas y concédenos reconocernos pobres ante Ti. Que al recibirte en este Sacramento caminemos por el mundo con la mirada de los redimidos, hasta el día en que te contemplemos sin velo en la claridad de tu gloria. Amén.

Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez

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