
DOMINICA PASCHAE IN RESURRECTIONE DOMINI: «La Claridad Victoriosa de la Pascua»
y abre para el hombre, por medio de la fe,
el acceso real a la salvación eterna.»
El Leccionario en un texto
Primera Lectura: «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén» (Hch 10, 39)
Salmo: «Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 117[118], 24)
Segunda Lectura: «Barred la levadura vieja para ser una masa nueva» (1 Cor 5, 7)
Evangelio: «Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20, 8)
Homilía
"Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua". Así exulta hoy la Iglesia colmada de júbilo santo; su canto brota de la efusión que provoca en sus entrañas el asombro siempre nuevo del triunfo del Cordero. Rebosa cual un manantial que, habiendo dejado atrás los días del invierno, ha roto el deshielo con la luz refulgente de la primavera y derrama su caudal desde lo alto de la quebrada. Así vive hoy el cristiano que, envuelto en el Misterio de la resurrección de su Señor, le adora con todos sus sentidos. La noche santa ha quedado aún suspendida sobre nosotros con su resplandor incólume; el Cirio Pascual arde en medio de la asamblea como columna de fuego para el pueblo nuevo, y en su cera marcada con el año presente, el Alfa y la Omega, y los granos de incienso —signo de las llagas gloriosas que nos salvan—, se nos anuncia que el Resucitado sigue extendiendo su señorío sobre este tiempo nuestro, ¿cómo no hemos de estar gozosos? Todavía la gracia divina se cierne sobre toda criatura; permanece operante la era de la misericordia. La Pascua invade nuestro tiempo con su claridad victoriosa y abre para el hombre, por medio de la fe, el acceso real a la salvación eterna.
El salmo que hoy hemos entonado, perteneciente al gran Hallel —voz hebrea de alabanza, de la misma raíz que resuena en nuestro Aleluya—, pregona victorioso: "Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo". Este día es suyo porque en él la piedra rechazada ha quedado convertida en piedra angular. Porque la muerte, que había levantado su trono sobre la miseria de Adán, ha sido quebrantada por una fuerza que no podía retener. Porque el Hijo, entregado por nuestros pecados, ha atravesado el reino del Hades llevando en su carne santísima el peso de nuestra condena, y ha salido de los abismos con la majestad del que posee las llaves y ha abierto las puertas a aquellos que le aguardaron en la esperanza del Mesías. ¿Todavía no lo advertimos? El orden de todo lo creado ha sido recapitulado en el Amado del Padre. Escuchemos con oídos espirituales a nuestro Adalid, que desde el trono de la gloria nos dice: "Yo hago nuevas todas las cosas" (Apocalipsis 21:5).
San Pedro, en la lectura de los Hechos, entrega a la Iglesia el mensaje que condensa la predicación apostólica: Cristo "pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el Diablo", fue entregado a la muerte, y Dios lo resucitó al tercer día; y añade una frase de inmenso peso eclesial y sacramental: "Hemos comido y bebido con Él después de su resurrección de entre los muertos". De esta manera se asienta la fe pascual de la Iglesia, en el trato real con el Resucitado y en la intimidad de la mesa compartida con Él; los Apóstoles hablan de este acontecimiento como hombres marcados para siempre por aquella experiencia con el Maestro, al que vieron y tocaron; por eso predican con la autoridad que sólo pueden manifestar los testigos auténticos, quienes cargan sobre sus hombros la noticia que decide el destino de toda criatura.
Esa misma apertura del alma se nos reclama hoy a nosotros, que tantas veces hemos compartido con el Maestro la mesa eucarística y hemos recostado el peso de nuestra existencia sobre su hombro en la oración confiada. Conocemos el calor de su presencia en las horas de consuelo, mas nos falta la valentía para sostener la búsqueda cuando el horizonte se vuelve mudo y la esperanza parece quedar, de nuevo, sepultada bajo el silencio de la piedra. Nos detenemos donde Juan se detuvo, sobrecogidos ante la inminencia del Misterio, pues nos asusta la intemperie de un Dios que lo exige todo. Es la Pascua del Señor, y si la muerte ha sido vencida, y si en su Resurrección Cristo "despojó a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente y triunfó sobre ellos en la Cruz" (Colosenses 2, 15), ¿qué puede atemorizarnos? Avancemos cada día fiados de su Palabra; aunque nuestros ojos no puedan verle, no estamos solos: Él siempre cumple sus promesas. No tengamos miedo.
Creer en la Resurrección es creer en el Dios de la vida, en el Dios que no abandona la obra de sus manos al absurdo del polvo. Nada queda reducido ya a un breve tránsito entre el nacimiento y la tumba. Cristo ha resucitado como primicia, y en esa primicia está anunciado el destino de los que le pertenecen. Todo procede de la acción soberana de Dios, y precisamente por ello reclama de nosotros vigilancia, pureza y fidelidad; en esta misma dirección, la segunda lectura, tomada de la primera carta a los Corintios, ilumina las disposiciones interiores que deben custodiar los renacidos por medio del agua y del Espíritu: "Barred la levadura vieja para ser una masa nueva"
Esta urgencia del Apóstol hunde sus raíces en la memoria sagrada de Israel, en aquel rito que mandaba purgar cada rincón del hogar hasta la última brizna de fermento. Aquel gesto conmemoraba la huida apresurada de Egipto, cuando los antepasados hubieron de alimentarse con el pan de la premura, cocido al calor del desierto antes de que la masa pudiera levar. Hoy, ese signo adquiere una densidad eterna en el Éxodo definitivo de Cristo, quien ha pasado de la tumba a la Gloria del Padre para rescatarnos de la servidumbre del pecado. Puesto que el verdadero Cordero ha sido inmolado, nosotros, los renacidos por su sangre, estamos llamados a la pureza absoluta de los ázimos. Ser «masa nueva» exige barrer del alma cualquier rastro de la vieja malicia y de la perversidad que nos encadena a las sombras del hombre viejo. El sacrificio de Cristo reclama una existencia sin residuos; una vida transfigurada que deje espacio únicamente a la luz de quien ya pertenece, por entero, al Reino de la Vida.
Cantar de veras el aleluya pascual exige abrir las estancias clausuradas por el pecado al paso del Resucitado, para que su palabra de absolución restaure en nosotros la paz que el mundo no conoce. En la fuente del perdón que brota de la reconciliación sacramental halla el bautizado su vestidura blanca, el requisito sagrado para sentarse a la Mesa de los hijos. La Iglesia, fiel al testimonio de Pedro, continúa comiendo y bebiendo con su Señor en el Sacrificio eucarístico; allí, el Vencedor de la muerte se entrega realmente como Pan de inmortalidad para su pueblo peregrino. La Pascua alcanza su plenitud en este encuentro físico y místico, cuando el alma, purificada de la vieja levadura y hambrienta de eternidad, se acerca a recibir al Señor de la gloria que se oculta bajo el velo sacramental.
Desde esta luz se comprende el mandato apostólico de anunciarlo y testificar que Él es el Juez de vivos y muertos. El Resucitado entrega a los suyos el fuego de su palabra, para que se abra paso por el mundo con la fuerza de la victoria pascual. Esta proclamación solo alcanza su plena verdad cuando toma carne en la vida de los fieles, pues el mundo comenzará a creer al ver a los cristianos vivir como resucitados. ¿Qué significa esto? Es afrontar el fracaso con una esperanza que no se hunde, y saberse sostenido por Cristo cuando las fuerzas nos abandonan y el ánimo flaquea. Atravesar la enfermedad, la soledad o la injusticia con la certeza de que el Señor vive exige abandonar cualquier pretensión de entereza sobrehumana para permitir que Su victoria supla nuestra indigencia, pues incluso en el desplome, el Resucitado permanece como roca que no cede. De su boca escuchamos la promesa que sostiene nuestra historia: "En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo" (Juan 16, 33).
A muchos les desconcierta la alegría de los cristianos. Nos ven cantar el aleluya y contemplan, al mismo tiempo, un mundo atravesado por el dolor, por la injusticia y por la muerte; entonces se preguntan qué clase de júbilo puede alzarse todavía sobre tanta herida abierta. La alegría cristiana posee una temple viril, sobrio y ardiente. La Iglesia canta el aleluya desde el corazón mismo de un mundo quebrado, porque conoce el nombre del Vencedor. Este canto resuena con la voz de los mártires de cada día, de los enfermos y de los pobres; es el clamor de los perseguidos por causa de Cristo que han aprendido a sostener el peso de la jornada bajo la promesa del Reino. Es el júbilo de quien sabe que la última palabra pertenece al Amor que ha atravesado la muerte. Que este aleluya sea nuestra única respuesta ante la oscuridad, la certeza inquebrantable de que el Señor ha resucitado verdaderamente y su victoria permanece para siempre en medio de nosotros.
Entremos ahora en el Banquete glorioso de los redimidos. Salgamos de esta celebración llevando en la mirada, en nuestra voz y en el corazón la noticia que salva. Este es el día que hizo el Señor. Sea nuestra alegría y nuestro gozo. ¡Aleluya!

