
Dominica V in Quadragesima: «La Voz que Desgarra el Sepulcro»
que posee la potestad de rasgar los sepulcros y dictar la vida sobre el polvo.»
El Leccionario en un texto (A)
Primera Lectura: «Abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de vuestros sepulcros, pueblo mío» (Ez 37, 12)
Salmo: «Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa» (Sal 129[130], 7)
Segunda Lectura: «El que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales» (Rom 8, 11)
Evangelio: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25)
Homilía
Amados hijos en el Señor:
En este avance grave y santo hacia la Pascua, la Iglesia nos hace llegar hoy hasta Betania. Ya se acorta el camino hacia la hora del sacrificio. La Cruz comienza a proyectar su sombra sobre el horizonte, y, ante el pórtico del gran combate, la liturgia nos entrega el signo último y estremecedor del ministerio público de Cristo: la resurrección de Lázaro. El Señor de la Vida se revela con claridad soberana; su Presencia constriñe la fe a una confesión total y empuja a la voluntad rebelde hacia la esclerosis del rechazo. El aire de Judea pesa con la inminencia del Juicio. Ante el sepulcro abierto solo queda la adoración del Viviente o el cálculo gélido de los verdugos.
San Juan nos conduce con majestad hacia este momento. Cristo había mostrado ya su gloria dando el agua viva a la Samaritana; había abierto los ojos del ciego de nacimiento y con ello había dejado al descubierto la verdadera ceguera del alma cerrada a Dios. Hoy, en Betania, la revelación alcanza una densidad todavía mayor y adquiere el peso del Juicio sobre la carne sometida a la muerte. El Señor entra en contacto con la muerte, la mira de frente, permite que la corrupción manifieste todo su hedor, y pronuncia sobre el cadáver el mandato creador que devuelve el aliento de vida. En este quinto domingo de Cuaresma somos convocados delante del sepulcro, para que comprendamos qué significa creer de verdad en Cristo y qué significa vivir todavía con el alma envuelta en vendas, cuando la gracia ya ha irrumpido en nuestra historia. Vivir vendado es persistir en la parálisis del difunto cuando el Señor ya ha quitado la piedra; es preferir la quietud servil de la mortaja antes que la libertad exigente de la Resurrección.
Lázaro comparece en Betania con la ternura entrañable del amigo amado por Jesús; al mismo tiempo, su figura manifiesta la condición de la humanidad entera, amada por Dios y postrada, sin embargo, en su miseria. Su cuerpo yacente en el sepulcro, encerrado tras la piedra, envuelto ya en el olor de la corrupción, es imagen del hombre herido por el pecado, incapaz de devolverse a sí mismo la vida, impotente ante la ruina de su propia condición. En ello radica el drama de nuestra raza. El hombre moderno, tan orgulloso de su técnica, tan fascinado por su capacidad de manipular la materia y administrar datos, continúa sin poder arrancarse del sepulcro que se ha construido a golpe de vanidad. Puede saturar los sentidos con el ruido digital o la velocidad del consumo, pero al llegar la hora del silencio, la conciencia queda desnuda ante el Juicio de Dios. Se descubre entonces que el alma huele a encierro y a tristeza vieja. Es el rastro del pecado no confesado y de la esperanza enterrada bajo el escombro del egoísmo. Sin la voz del Verbo, nuestra libertad es solo la agitación de un prisionero en su mortaja.
Y, sin embargo, el Evangelio nos conduce al sepulcro, y no nos abandona allí; lo hace para que veamos entrar a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Ésa es la gran noticia de este domingo que ya empina el alma hacia el Calvario. El Hijo de Dios no rehúye el lugar donde el hombre se descompone. Se hace presente ante la muerte, interroga, se estremece en su espíritu y llora con verdad humana. Manda quitar la piedra para que los ojos del mundo contemplen cómo derroca a la muerte. Entonces, la Palabra dicta su mandato con voz potente: «Lázaro, sal afuera». En ese grito resuena ya la Pascua. En ese mandato se anticipa la victoria del Domingo sin ocaso. En esa voz se oye el acento mismo del Verbo por quien todo fue hecho, del que tenía la vida en sí mismo, del que vino al mundo para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia. No hay silencio que el Señor no pueda rasgar, ni tumba que resista el peso de su autoridad, y así la historia se divide entre quienes han sido dispuestos para escuchar este grito y quienes prefieren ignorar su voz y quedan sumergidos en el silencio frío de la losa.
Es preciso fijar la mirada con temor y temblor en el sacrificio de este llanto. El Verbo comparece en Betania asumiendo en su Carne Santísima el desgarro de la criatura; el evangelista certifica la predilección del Señor por Marta, por María y por Lázaro como un decreto de amor que precede a la resurrección. Cristo ama con voluntad de rescate. El estremecimiento de su espíritu constituye la asunción vicaria de nuestra propia agonía; su llanto es el juicio del Creador sobre la muerte, y su turbación, el estallido del combate donde el Infierno será saqueado.
En la unidad de su Persona Divina, la conmoción de sus entrañas humanas y el imperio de su omnipotencia operan un solo acto de soberanía. La ternura del Salvador manifiesta la visibilidad de una Majestad que se abaja para asir al hombre en su propio polvo. El mismo Dios que llora la pérdida del amigo es el que, con autoridad increada, ordena al abismo devolver su presa. Es la magnanimidad de su poder. En la Faz de Cristo, la misericordia y la potestad divina se funden en una síntesis de fuego sacratísimo que consume la distancia entre el Cielo y el sepulcro. La delicadeza de su Corazón es la fuerza misma que derriba la losa; solo un amor que mide el abismo de nuestra ruina posee la soberanía de decretar nuestra vida. Este amor exige la capitulación de nuestra libertad ante su Presencia.
Las palabras dirigidas a Marta constituyen el centro encendido de este misterio: «Yo soy la resurrección y la vida». El Señor no comparece aquí como mero taumaturgo que realiza una obra externa; su afirmación posee una densidad ontológica absoluta. La resurrección habita en Él. La vida reconoce en su Persona la fuente única y necesaria. Fuera de su Verbo, toda existencia queda sometida al rigor de la muerte, aunque conserve la apariencia de un vigor mundano. Quien cree en Él, aunque haya muerto, vivirá.
Aquí se alza la frontera decisiva entre el simulacro de una religiosidad superficial y la Verdad que salva. La fe cristiana constituye la adhesión real a la Persona de Cristo. Es también la rendición filial de quien reconoce su propia indigencia. La fe es el abandono del alma entera en Aquel que posee la potestad de rasgar los sepulcros y dictar la vida sobre el polvo. Admirar a Jesús como un maestro de moralidad constituye una blasfemia de la tibieza; organizar la convivencia con máximas nobles es apenas un ejercicio de civismo que deja el alma intacta en su corrupción. El cristiano se arroja al abismo de la Gracia, sabiendo que solo en el Señor la carne herida recupera su destino de eternidad. Solo Él tiene el poder de abrir los sepulcros.
Marta responde con la confesión que la Iglesia deposita hoy en nuestros labios: «Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». El itinerario de la Cuaresma entera converge en esta respuesta. El paso de los días penitenciales y la ascesis de los sentidos carecen de fruto si se reducen a una multiplicación de ejercicios externos o a la escucha de la Palabra con una emoción mudable. Es preciso llegar a la madurez del espíritu: creer de verdad.
Esta fe se afirma ante el sepulcro sellado. Es la certeza que permanece inquebrantable cuando Dios parece demorar su paso y el silencio del Cielo pesa sobre la angustia de la carne. Creer constituye un acto de la voluntad iluminada que descansa enteramente en la Persona misma del Señor, con independencia de todo alivio inmediato del sentimiento. El alma que ignora el porqué, pero adora el Quién, quiebra la clausura de su propia limitación para entrar en el ámbito de la soberanía divina. Solo esta fe, despojada de apoyos humanos y de consuelos temporales, posee la fuerza necesaria para permanecer ante la muerte y aguardar, sin deserción interior, la voz del Verbo que todo lo restaura.
Las lecturas de hoy convergen en esta soberanía del Espíritu sobre la ruina de la carne. El profeta Ezequiel comunica el decreto divino con una fuerza que sacude los cimientos de la muerte: «Abriré vuestros sepulcros y os sacaré de ellos… infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis». Esta palabra trasciende el tiempo para alcanzar la raíz misma de nuestra condición. Dios no consiente el olvido del hombre bajo la losa; su voluntad de vida reclama lo que estaba exhausto y devuelve el aliento a lo que el pecado daba por perdido desde los albores del Edén.
San Pablo desvela el centro de este misterio: «Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús dará vida también a vuestros cuerpos mortales». El camino cristiano nace de esta presencia operante, que permanece extraña a todo esfuerzo moral que pretenda sostenerse en la sola indigencia de la voluntad humana. Vivir del Espíritu es permitir que el aliento del Resucitado penetre la carne para ir disponiendo los miembros, todavía marcados por la fatiga del siglo, hacia la luz de la gloria. En esta inhabitación divina descansa nuestra única libertad frente al imperio de la corrupción.
Este Evangelio interpela con violencia sagrada la arquitectura de nuestras ciudades y la intimidad de nuestras conciencias. Se levantan hoy sepulcros blanqueados en el corazón de los hogares y en el seno de las naciones, donde la vanidad se cultiva con esmero y el resentimiento se guarda como un tesoro maldito. Asistimos a la erección de mausoleos de impureza consentida entre los hombres de religión y a la parálisis de una tibieza litúrgica que disimula el sacrilegio bajo la apariencia de la piedad. Son los sepulcros de la soberbia, de las confesiones aplazadas durante años y de las relaciones rotas que nadie somete ante la Cruz para sanar.
Nuestra época padece, además, sepulcros de una oscuridad técnica y sutil: la colonización del alma por el ruido digital y la aniquilación de la conciencia en el altar de las ideologías. El hombre moderno, ebrio de una autonomía falaz, se encierra en las fosas de identidades manufacturadas en serie y de ficciones autoconstruidas, que solo producen desfiguración y muerte. El hombre ya no sabe que ha sido llamado a recibir su ser como criatura racional, y, arrastrado por cada espejismo, abandona su dignidad. Contemplamos también el eclipse del rostro humano, que desemboca en el horror de la guerra entre naciones hermanas, donde aquellos que profesan una misma fe se desangran bajo el peso del egoísmo.
Esta huida de la profundidad manifiesta el pavor de la criatura ante el silencio de Dios. El hombre teme el recogimiento porque presiente que, en la desnudez de ese silencio, tendrá que escuchar la voz del Verbo que le llama por su nombre y le exige abandonar su propia mortaja. La costumbre de habitar la superficie es la estrategia del cadáver que teme la resurrección. Sin embargo, ninguna estructura de pecado ni ningún delirio de las naciones puede resistir el grito del Señor de la Historia.
El mandato de Cristo vuelve a resonar hoy frente a la piedra que clausura nuestra propia historia: «Quitad la piedra». En este imperativo se manifiesta la cooperación que la Gracia exige a la libertad herida; el Señor, que resucita a Lázaro con la sola soberanía de su Palabra, manda a los hombres retirar aquello que obstruye el acceso a la Vida. Existen en nuestra existencia piedras que deben ser removidas con el rigor de una decisión ascética: hábitos concretos que envilecen el espíritu, ambientes que asfixian la fe y complicidades con el mal que desfiguran la imagen de Dios en nosotros. El alma que pretende abandonar el sepulcro mientras persiste en el abrazo a aquello que la vincula a la podredumbre, desconoce la gravedad del Evangelio. La Gracia constituye el inicio de un combate cruento contra la propia miseria; lo inaugura bajo el signo de la Victoria.
Cuando el resucitado emerge de la penumbra, resuena todavía el mandato soberano del Señor: «Desatadlo y dejadlo andar». Lázaro ha recuperado la vida, pero su figura conserva el estigma de las vendas; imagen exacta del cristiano que, habiendo recibido la gracia en el misterio de una confesión sincera o en la sacudida de una conversión verdadera, persiste en caminar bajo el yugo de antiguas servidumbres. Son las vendas de la mediocridad espiritual y de los afectos desordenados, vendas de una cobardía que claudica ante el rostro del mal en nuestros días, ataduras de una fe a medias que sofocan el vigor del hombre nuevo.
En la Santa Escritura y en el ejemplo de los Padres encontramos la norma de este tiempo santo y los medios necesarios para la liberación definitiva. La confesión íntegra expone la llaga al bálsamo divino. La mortificación somete la rebeldía de la carne. La adoración eucarística rinde el alma ante el Viviente. El ayuno corporal y la limosna que desgarra nuestra propia comodidad constituyen actos de una libertad que se arranca el sudario para correr al encuentro de la Pascua. Son movimientos del espíritu que repudian la oscuridad de la muerte para abrazar la intemperie del Resucitado.
Todo desemboca, finalmente, en la economía de los Sacramentos. El mismo Señor que gritó ante el sepulcro de Betania prolonga hoy la eficacia de su palabra en el seno de la Iglesia, pronunciando palabras de resurrección sobre el penitente que comparece ante el tribunal de la misericordia y perpetuando sobre el altar la oblación de su Cuerpo y de su Sangre, donde el Pan de vida se entrega para alimento de los vivos. Hay almas que pretenden experimentar la fuerza del Evangelio rehusando la medicina eucarística o evitando el juicio de una conciencia examinada con severidad; tal empeño se reduce a decorar la entrada del sepulcro. El Señor reclama de nosotros la carne rehecha por el Espíritu y la estirpe de los hombres pascuales, una Iglesia que exhale la fragancia de la Resurrección en medio de un mundo habituado al hedor de la muerte.
A las puertas ya de la Gran Semana, la liturgia exige una resolución absoluta. Cristo no llega a nuestros sepulcros con la cortesía de una piedad vana; Su presencia comparece para fracturarlos. Ha venido a llamarnos desde las entrañas de la muerte y a poner en fuga aquello que pretendía erigirse como estado definitivo de las almas sin Dios. Recordadlo: ningún pecado confesado con verdad resiste el peso de Su voz; ninguna noche interior prevalece ante Su mandato, ni existe tumba que permanezca intacta cuando el Señor de la Gloria decide transitar por ella.
Invoquemos, pues, con santa osadía, Su soberanía sobre aquello que en nosotros yace todavía inmóvil. Que Su autoridad retire la piedra que la costumbre nos enseñó a tolerar y desgarre las vendas que la tibieza considera normales. Que el aliento de Su Espíritu penetre nuestra aridez, para que, cuando resuene sobre nuestra indigencia Su palabra creadora, el corazón caiga rendido bajo el peso misericordioso de Su clemencia.
Aguardemos en vela, porque se acerca la Pascua, y Aquel que hoy llora ante la fosa del amigo entregará en pocos días Su propia Carne para que nuestros sepulcros queden vacíos para siempre.
Amén.

