Dominica V Paschae: «La Iglesia, presencia de Cristo en el Espíritu»

03.05.2026

«Cristo vuelve a los suyos en el Espíritu
y hace de su Iglesia una casa de piedras vivas.»

El Leccionario en un texto

Primera Lectura: «Eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo» (Hch 6, 5)

Salmo: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» (Sal 32[33], 22)

Segunda Lectura:  «Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pe 2, 9)

Evangelio: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6)


Homilía


Amadísimos hermanos:

Es el Quinto Domingo de Pascua, y la Iglesia continúa caminando dentro de la santa cincuentena pascual, tiempo luminoso que se abre en la noche gloriosa de la Vigilia y avanza hasta Pentecostés, cuando el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia como Don del Resucitado. Estos cincuenta días son contemplados por la tradición litúrgica como un gran domingo ininterrumpido, una sola solemnidad extendida en el tiempo, donde la victoria del Señor sobre el pecado y la muerte sigue irradiando con su claridad a los redimidos.

Por eso, amados hermanos, no apartemos la mirada de Cristo resucitado, cuya figura triunfante sostiene todo el anuncio de la Iglesia. Cada domingo, dentro del Año Litúrgico, nos entrega un nuevo resplandor del mismo Misterio, porque la liturgia conduce al pueblo santo a través del tiempo bajo la guía viva de Cristo, Rey eterno y Pastor glorioso.

La liturgia es, precisamente, la presencia sacramental del misterio salvador de Cristo en la historia de su pueblo. En ella, la Iglesia se inclina ante aquello que la salva y lo recibe como vida comunicada por Dios. Desde ese Misterio pascual, que arde en el centro de nuestra fe, también queda iluminada la realidad que nos rodea, tantas veces marcada por la fatiga del corazón humano y por las sombras que pesan sobre nuestro tiempo. Así, los cristianos aprendemos a buscar en el Divino Redentor, vencedor de la muerte, la fuerza necesaria para atravesar las pruebas presentes con una esperanza nacida de la Pascua y con una obediencia cada vez más rendida al Padre.

Es el don del Espíritu Santo el que recibimos quienes perseveramos en Cristo, y por eso vemos en el Calendario Cristiano una fuente de santificación para la Iglesia, vivificada mediante el recuerdo actualizado de cada hecho asombroso de la vida del Señor. Las lecturas proclamadas hoy pueden resumirse en este título: "La Iglesia, presencia de Cristo en el Espíritu".

La Pascua, con todo el misterio que la Iglesia contempla en estos días, nos lleva a unir la despedida de Cristo en su vida temporal con su presencia en su vida mística y celestial. Dicho de otro modo, el término de la vida temporal del Señor se enlaza con el principio de la historia visible de la Iglesia. El Evangelio de san Juan, en estos hermosos capítulos de la despedida durante la Última Cena, se nos presenta como una verdadera constitución de la Iglesia: Cristo se despide de los suyos, así llama san Juan a los miembros de aquella comunidad naciente, y qué honor poder reconocernos en esta hora entre los de Jesucristo, entre aquellos a quienes el Señor mira y llama suyos, discípulos suyos. Con ellos celebra la inauguración de la Iglesia, que se prolongará en todos sus seguidores, y que ahora nos alcanza también a nosotros.

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre

¿Y quién es Cristo, en primer lugar, para que podamos anunciar que, aun después de morir, volverá a vivir con nosotros por el Espíritu? El Evangelio de hoy nos ofrece un diálogo hermoso y decisivo, que podríamos tomar como primera luz para creer en este Cristo, es el diálogo del Señor con dos de sus apóstoles, Tomás y Felipe. Ellos preguntan todavía sin comprender la profundidad del misterio, porque son hombres que han escuchado palabras sublimes y aún no alcanzan a entenderlas del todo.

Tomás le dice: "Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?". Y Jesús le responde con una frase que sintetiza todo el Evangelio y toda su vida: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Felipe, por su parte, le suplica: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta". En esa petición se recoge el ansia de todo el Antiguo Testamento, conocer a Dios, contemplar su rostro, acceder por fin a la intimidad del Altísimo. La respuesta de Cristo es una cristología entera, un tratado vivo sobre su identidad divina: "Felipe, tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y no me conoces? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?"

Queridos hermanos, mientras no confesemos con claridad que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, tampoco podremos comprender plenamente el misterio de la Iglesia ni la obra salvadora del Señor. Para esto el Verbo se hizo carne, para que, por medio de su humanidad santísima, pudiéramos adentrarnos en el misterio de lo divino. "Yo soy el camino", dice el Señor. "Nadie va al Padre sino por mí". En Él se nos ha dado el acceso al Padre, porque hay un solo Mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús.

Dichoso quien lo ha conocido y cree en Él. Dichoso quien sabe que, aun en estas horas oscuras de nuestra historia, Cristo vive, lo hace con el poder eterno de Dios y con un corazón humano, cercano a nuestros caminos y presente en nuestra historia. Por eso pudo decir: "Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis". Él es el camino para conocer al hombre, así como es el camino para conocer a Dios. Nadie llega al Padre fuera de este puente santo, de este camino vivo que es nuestro Señor Jesucristo.

Cristo viene a su Iglesia en Pentecostés

Ese Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, a quien el Padre exaltó en esta hora de Pascua, es el Cristo que viene a su Iglesia en Pentecostés. La venida del Espíritu Santo —entendámoslo bien— es la presencia nueva de Cristo en el Espíritu, es el Espíritu de Cristo comunicado a su Iglesia. Viene con su fuerza salvadora para denunciar el pecado, sostener la verdad y mostrar al hombre el único camino por donde puede alcanzar la salvación, apartándolo de los caminos anchos por donde puede perderse.

Este Cristo viene y dice en la última parte del Evangelio de hoy: "El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores". ¿Qué quiere decir esto? Que toda la potencia salvífica que Él trajo de Dios será confiada a este grupo que ya es la Iglesia naciente. A través de los siglos y de los pueblos, esta Iglesia hará cosas mayores que Cristo en extensión visible, en alcance histórico, en dilatación apostólica, porque Él salvó al mundo con una redención objetiva, muriendo en la cruz y dejando abierta la fuente de la redención; pero sus discípulos tendrán que llevar por todo el mundo esa obra salvífica. Él contempla ya a su Iglesia extendida entre los pueblos, realizando obras mayores que las que Él hizo personalmente durante los días de su vida terrena.

Cristo vuelve a los suyos en el Espíritu. Es el Espíritu de Cristo quien nos congrega; es el Espíritu del Señor quien, domingo tras domingo, mira a su Iglesia y le comunica su verdad y su vida. ¡Qué hermosa es la Iglesia, hermanos, cuando aparece ante nuestros ojos como presencia viva de Cristo en el Espíritu! Cristo está aquí. Y cuando reverenciamos el pan consagrado, aunque nuestros ojos no vean más que los signos sacramentales, no dudemos: allí está el mismo Cristo, real y sacramentalmente presente, por la acción del Espíritu Santo, entregándose a su Iglesia como alimento de salvación.

Por eso, hermanos, avancemos hacia un segundo pensamiento. Esta presencia de Cristo, que vuelve a los suyos en el Espíritu, se nos manifiesta hoy mediante las grandes imágenes que atraviesan las lecturas proclamadas. Os suplico que las meditéis con detenimiento, porque en ellas la Iglesia reconoce su propio misterio.

Primero, aparece la Iglesia como construcción santa, como casa de Dios edificada sobre Cristo, piedra viva. Después, se nos muestra como pueblo de Dios, raza elegida y sacerdocio real, convocado para proclamar las maravillas de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Y finalmente, en el libro de los Hechos, contemplamos la Iglesia como comunidad de diaconía, comunidad de servicio, porque diácono quiere decir precisamente servidor, y allí donde Cristo vive en su Iglesia, todo se organiza para que ningún hermano quede abandonado.

La Iglesia como templo de Dios

En primer lugar, la Iglesia es una construcción de piedras vivas. La imagen es hermosa. La lectura de hoy nos dice que Cristo es la piedra viva, elegida y preciosa ante Dios, y que sobre Él también vosotros, cristianos, sois incorporados como piedras vivas. No se trata de piedras inertes, encerradas en la materia, sino de hombres y mujeres que, con sus dones, su fidelidad y su grado de santidad, van siendo colocados en la edificación santa del Señor. Estamos construyendo un templo; y cuando un cristiano muere en la gracia de Dios, esa piedra es colocada en el templo de la gloria. El esplendor del Altísimo ilumina ese santuario hecho con hombres tomados de las canteras de la tierra y bañados, por el Bautismo, en la claridad del Espíritu y en la eficacia redentora de la Sangre de Cristo. ¡Qué bello destino el de la vida humana! Cada hombre está llamado a ser piedra viva en la casa de Dios.

Pensemos, hermanos, que aun cuando envejecemos, enfermamos o nos sentimos inútiles, pobres y marginados, seguimos siendo piedras que el Divino Constructor labra con paciencia para su templo, un templo que ya comienza a resplandecer en esta tierra. Para vosotros, dice san Pedro, esta piedra que es Cristo tiene valor de fundamento. En cambio, muchos la desecharon como inútil, porque no servía a sus intereses ni encajaba en sus proyectos terrenos. Prefirieron las tinieblas y se aferraron a lo perecedero. Para ellos, Cristo será piedra de tropiezo, piedra de choque. ¡Qué terrible misterio! Este Cristo, que se ofrece como base firme para edificar la vida de los hombres, es rechazado por quienes desean levantar su existencia sobre otros fundamentos y servir a otros ídolos. Cuando una vida se construye sin Cristo, la Piedra angular termina apareciendo como obstáculo para aquello mismo que el hombre pretendía levantar contra Dios.

La Iglesia, Pueblo de Dios

La otra hermosa figura que hoy nos ofrece la Palabra es la de la Iglesia como Pueblo de Dios. Hermanos, quisiera que estas palabras quedaran profundamente grabadas en vuestra vida, porque san Pedro nos presenta en ellas los grandes honores del verdadero cristiano. A los bautizados nos dice que somos linaje elegido, sacerdocio real, nación santa y pueblo adquirido por Dios para proclamar sus maravillas.

Este es nuestro deber y esta es la misión de la Iglesia como Pueblo de Dios: vivir de tal modo unidos a Cristo que nuestra existencia anuncie la grandeza de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Quien ha sido incorporado a este pueblo por el Bautismo ya no se pertenece a sí mismo; ha sido tomado por Dios, consagrado por su gracia y enviado a dar testimonio de su obra salvadora en medio del mundo.

Raza elegida

Es hermoso leer el comienzo de la primera carta de san Pedro, de la cual hoy hemos escuchado solo un breve fragmento. El apóstol escribe a los cristianos que viven en la dispersión, y les recuerda que, por el Bautismo, el cristiano pertenece a un linaje elegido. Sea cual sea el color de su piel, su condición social o su situación en el mundo, el bautizado lleva sobre sí una dignidad nueva que no procede de la carne, ni de la sangre, ni del prestigio humano, sino de la elección misericordiosa de Dios.

Así sucedía con los hijos de Israel cuando se veían obligados a emigrar de su tierra y vivir en la diáspora: dondequiera que estuvieran, conservaban la memoria de su origen y del destino santo de su historia. De modo semejante, todo cristiano, esté donde esté, debe recordar que pertenece a este linaje elegido. Por el Bautismo he sido incorporado al pueblo de Dios; por el Bautismo participo de la vida de Cristo; por el Bautismo llevo en mi existencia la señal de una pertenencia más alta, la dignidad de haber sido llamado por el Señor. ¡Qué honor tan grande!

Sacerdocio real

Quiere decir que este pueblo de bautizados participa realmente del sacerdocio de Cristo. Desde el día del Bautismo, el cristiano queda incorporado a un pueblo puesto en medio del mundo para dar culto a Dios. Esto es lo sacerdotal: ofrecer la vida al Señor como sacrificio espiritual. San Pedro nos dice que somos sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo.

El culto se celebra el domingo en el templo, pero también se prolonga en la existencia del hombre que hace de su vida una ofrenda al Señor. Cuando de sus labios no sale la mentira, cuando en su conciencia no se alimenta el rencor, cuando su trabajo, por humilde que parezca, se realiza para gloria de Dios, allí también se eleva un culto espiritual. Así celebra culto el hojalatero, el carpintero, el barrendero, la mujer del mercado, el estudiante, el profesional, y tantos hijos de Dios que escuchan hoy esta palabra desde condiciones muy distintas de vida.

Y yo os digo, hermanos, todos vosotros, por el Bautismo, sois sacerdotes de este sacerdocio real que ofrece a Dios la propia existencia. Celebráis culto en vuestra profesión, en vuestra casa, en vuestro cansancio diario, en vuestra fidelidad concreta. No perdáis el sentido divino de vuestra existencia, porque una vida ofrecida a Dios, aun en lo más sencillo, queda iluminada por la dignidad sacerdotal de Cristo.

La Iglesia, Comunidad diaconal

Finalmente, hermanos, aparece este tercer pensamiento: Cristo, que vuelve a los suyos en el Espíritu, hace de la Iglesia una comunidad de servicio, una familia con vocación diaconal.

¿Y por qué nació este servicio en la Iglesia? Nos lo ha contado hoy el libro de los Hechos. Había surgido una tensión entre los helenistas y los hebreos, porque los primeros se quejaban de que sus viudas eran desatendidas en la distribución cotidiana. Ya desde los primeros pasos de la Iglesia aparecen las fragilidades humanas, las sospechas, los reclamos y las divisiones. No nos extrañemos, hermanos, en una Iglesia formada por hombres habrá también heridas propias de los hombres. Pero lo importante no es escandalizarnos ante aquella crisis, sino contemplar cómo fue superada bajo la guía del Espíritu.

Los Doce convocan a la comunidad, a la koinonía, y le dicen que no conviene descuidar la oración y el servicio de la Palabra para atender directamente la distribución de los alimentos. Por eso piden que se escojan de entre los hermanos siete varones de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría, a quienes puedan confiar aquella tarea. Y la comunidad eligió a los siete, entre ellos san Esteban, el protomártir; los presentaron a los apóstoles, y ellos, después de orar, les impusieron las manos.

Así, desde una necesidad concreta, la Iglesia descubre una forma ordenada de servir. La caridad no queda abandonada a la improvisación, porque el Espíritu Santo enseña a la Iglesia a organizar el amor sin descuidar la Palabra, y a preservar la unidad sin olvidar a los pobres.

Diaconía es una palabra griega que significa servicio. Los diáconos, y en realidad toda la jerarquía de la Iglesia, existen bajo esta ley santa del servicio. El obispo no está llamado a mandar con espíritu despótico, porque su autoridad nace del Evangelio y debe transparentar la humildad de Cristo. El obispo es servidor de la comunidad que le ha sido confiada, conforme a la palabra del Señor dirigida a los apóstoles, fundamento vivo del ministerio episcopal: "El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor".

Nuestro mandato es servicio; nuestra conducción pastoral es servicio; nuestra palabra, cuando nace de Cristo y vuelve a Cristo, también es servicio. Toda autoridad en la Iglesia queda purificada cuando se inclina ante el modelo del Maestro, que lavó los pies a los suyos y dejó grabada en la memoria apostólica la forma verdadera de gobernar en su Nombre.

El Amor como señal de esta comunidad de servidores

Finalmente, hermanos, esta comunidad de servicio encuentra en el amor la señal más clara de su pertenencia a Cristo. El Señor lo dijo a los suyos: "En esto conocerán que sois mis discípulos". Esta es la señal de la Iglesia, el amor nacido de Cristo y preservado por su Espíritu.

Os invito, para concluir esta catequesis, a revisar con verdad nuestro propio corazón. Si hay amor incluso para quien nos ofende, si todavía somos capaces de bendecir, perdonar y desear la salvación de aquel que nos hiere, demos gracias a Dios, porque allí respira la vida cristiana. Pero si guardamos rencor, si alimentamos una rencilla contra quien molesta nuestra situación, si conservamos dentro de nosotros una dureza que sabemos contraria al Evangelio, esa herida nos está reclamando conversión. El cristiano no puede vivir instalado en el resentimiento, porque el amor de Cristo, recibido en el Bautismo, exige abrirse paso también allí donde la carne preferiría cerrar la puerta.

¡Qué honor tan grande saber que el Bautismo, que nos ha hecho linaje de Dios, es el pasaporte que nos permite conducirnos cada domingo a la Eucaristía para alimentar en nosotros la vida de gracia! Esa vida divina es el don más hermoso que Cristo nos ha traído. Porque Cristo resucitado no se ha ausentado de su Iglesia; vuelve a los suyos en el Espíritu, y su vida de Resucitado, vida inmortal, vida que ya no muere, quiere hacerse vida nuestra. Nosotros podemos participar de esa presencia y de esa vida de Cristo por los medios de la gracia, por la fe, por la comunión perseverante con Él.

Que Cristo, Camino, Verdad y Vida, nos acompañe mediante su Espíritu Santo todos los días de nuestra existencia, y que, en la jornada final, nos encuentre perseverando en la fe recibida y rindiendo gloria a su Nombre, bendito y glorificado por los siglos de los siglos. Amén.


Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez 

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