EL NUEVO ISRAEL, PUEBLO DE DIOS

17.12.2025

Introducción editorial

La presente reflexión teológica ha sido redactada por Vladika Herman, Obispo de Pechersk, y se inscribe en la tradición teológica clásica de la Iglesia, ofreciendo una lectura bíblica y eclesial del misterio del Pueblo de Dios a la luz de la promesa y de su cumplimiento en Cristo. Su lenguaje y sus categorías brotan de la enseñanza apostólica y de la recepción patrística, tal como han sido meditadas en la vida de la Iglesia a lo largo de los siglos.

El autor es uno de los obispos que se encuentran en unidad de oración y comunión eucarística con nuestra Comunidad de Adoración. El texto se presenta como una reflexión teológica destinada a la contemplación y al discernimiento eclesial, en fidelidad a la Sagrada Escritura y a la Tradición viva de la Iglesia.

(IACA)


NOSOTROS — LOS VERDADEROS JUDÍOS,

EL NUEVO ISRAEL, EL PUEBLO ELEGIDO DE DIOS


«Porque no es judío el que lo es exteriormente… sino el que lo es en lo interior» (Rom 2,28–29).

Desde la eternidad, el Señor fue formando en la tierra un pueblo por medio del cual debía venir al mundo el Salvador. Israel según la carne fue elegido como vaso de la promesa. Cuando llegó la plenitud de los tiempos (cf. Gál 4,4), el Hijo de Dios se encarnó y la promesa se cumplió. Desde ese momento, la historia de la elección continúa en la Iglesia de Cristo, el Nuevo Israel, la asamblea de todos aquellos que han reconocido, aceptado y confesado al Mesías: Jesucristo.

«Y todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo» (1 Cor 10,4).

I. Israel según la promesa, no según la carne

El santo apóstol Pablo, antiguo celoso de la Ley y judío por origen, escribe: «No todos los que descienden de Israel son Israel» (Rom 9,6), pues «no son los hijos de la carne los hijos de Dios, sino los hijos de la promesa» (Rom 9,8).
El verdadero Israel se reconoce en la fidelidad a Dios, nacida de la promesa y acogida en la fe en Cristo; una fidelidad que trasciende la sangre y se inscribe en el corazón. La Iglesia es el pueblo convocado de todas las tribus y naciones, el pueblo de la Alianza, el pueblo de Dios, el Israel espiritual.

II. Nosotros somos los judíos que reconocieron y aceptaron al Mesías

La palabra «judío» está vinculada bíblicamente a la alabanza a Dios (cf. Gén 29,35). ¿Y quién alaba verdaderamente a Dios sino aquel que ha reconocido en Jesucristo al Hijo Unigénito, encarnado para la salvación del mundo?
Los cristianos pertenecen a la corriente viva de las promesas, pues han reconocido y acogido a Aquel de quien hablaron Moisés, David, Isaías, Jeremías y todos los profetas. La Ley y los Profetas se abren a su sentido pleno cuando son contemplados a la luz de Cristo, en quien todo alcanza su cumplimiento.

A diferencia de quienes, teniendo la Escritura, no reconocieron al Salvador cuando vino a los suyos (cf. Jn 1,11), los cristianos lo recibieron con fe, amor y confesión. Por ello no son extraños al pueblo de Dios, sino que forman parte del pueblo que el Señor hizo suyo: «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa» (1 Pe 2,9).

III. La Ley y los Profetas se cumplen en la Iglesia de Cristo

Cristo mismo declara: «No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a cumplirla» (Mt 5,17). Cumplir significa llevar a plenitud, revelar el sentido último, conducir el camino a su consumación.
Las realidades del Antiguo Testamento —la circuncisión, el sábado, el templo, los sacrificios, la Pascua— encuentran su verdad en Cristo y en su Cuerpo, que es la Iglesia. En la economía nueva de la gracia, las realidades antiguas son elevadas a su plenitud y son llevadas a la madurez querida por Dios, cuando la promesa, largamente anunciada, se revela en Cristo con toda su profundidad.

IV. Los cristianos son el Nuevo Israel, el pueblo de la Alianza

Los Santos Padres confesaron unánimemente que la Iglesia de Cristo es el Nuevo Israel, el pueblo elegido por Dios, fruto de la gracia vivificante y no de la herencia de la carne. San Juan Crisóstomo escribe:

«La sinagoga rechazó; la Iglesia aceptó. Y ahora judío no es el que está circuncidado según la carne, sino aquel cuyo corazón ha sido circuncidado por la gracia de Cristo».

Todo aquel que es unido a Cristo por la acción del Espíritu Santo, sepultado con Él en el Bautismo, participante del Misterio de su Cuerpo y de su Sangre y conformado a su vida según el Evangelio, se convierte en heredero de las promesas, hijo de Abraham y ciudadano de la Jerusalén celestial (cf. Flp 3,20). De este modo entra en la Iglesia, que es el santo monte Sión, el nuevo templo y la morada viva de Dios con los hombres (cf. Ap 21,3). 

V. Quien desea ser un judío auténtico, que entre en la Iglesia

Quien hoy se llama judío y permanece fuera de la Iglesia de Cristo permanece también fuera del cumplimiento pleno de lo que el mismo Señor anunció por medio de los profetas. En Cristo se cumplen las promesas; en la Iglesia se realiza la Alianza; en el Mesías se esclarecen la Ley de Moisés y la profecía de Isaías.

El verdadero judaísmo nace de la obra interior de Dios, cuando el corazón es transformado y la Alianza se inscribe en él mediante la Sangre del Nuevo Pacto, la que brota del Cordero de Dios cuyo sacrificio ha sido una vez y para siempre. Por ello, todo aquel que desea ser verdaderamente judío —hijo de Abraham y heredero de la Alianza— está llamado a entrar en la Iglesia de Cristo, que es «la plenitud de Aquel que lo llena todo en todo» (Ef 1,23).
Fuera de Cristo no hay Mesías; fuera de la Cruz no hay gloria; fuera de la Iglesia no se manifiesta la plenitud de la promesa.

VI. Nuestra gloria está en la Cruz de Cristo

«Lejos esté de mí gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál 6,14).
En la Cruz está nuestra circuncisión; en el Bautismo, nuestro nacimiento; en la Eucaristía, nuestra Pascua; en la vida según la gracia, nuestra verdadera alabanza a Dios.

Por ello, con humildad y firme confesión, proclamamos: somos los judíos que aceptaron al Mesías. Somos el Nuevo Israel, el pueblo elegido, la Iglesia de Dios, el Cuerpo de Cristo, en el cual la promesa se ha hecho carne y verdad.


Herman
Obispo de Pechersk

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