
Feria IV Cinerum: «Cuarenta días para volver»
El Leccionario en un texto
Primera Lectura: «Rasgad el corazón y no las vestiduras; volved al Señor, vuestro Dios» (Jl 2, 13)
Salmo: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 51[50], 12)
Segunda Lectura: «En nombre de Cristo os suplicamos: reconciliaos con Dios» (2 Co 5, 20)
Evangelio: «Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6, 4)
Homilía
Queridos hermanos en Cristo:
Con el Miércoles de Ceniza, la Iglesia nos introduce en los santos cuarenta días y conduce el alma hacia el recinto del silencio purificador, donde queda a la intemperie ante Dios. Entramos, pues, en un tiempo medicinal, dispuesto por la Providencia para que recobremos la luz de una conciencia recta y la fuerza de la vida interior que vuelve a respirar en el Shalom, el Señor que es Paz. Así lo comprendían los antiguos, que veían la Cuaresma como un entrenamiento santo, donde el discípulo se ejercita en la obediencia y el espíritu se aligera para reconocer, con mayor claridad, la voz del Altísimo.
La primera llamada de hoy resuena en la voz del profeta Joel: "Desgarrad el corazón y no los vestidos" (Jl 2,13). La Escritura nos señala lo más trascendental, el lugar donde encontramos la verdad. El Señor busca la interioridad, el santuario de la conciencia, allí donde se decide el rumbo de una vida y desea que le acompañemos en su camino hacia nosotros mismos, pues nadie nos conoce mejor que Él. Cuando la contrición toca ese núcleo más profundo, la ceniza, signo exterior de este día, deja de ser un gesto sobre la frente y se convierte en sello sobre el pensamiento, signo sanador que desvela nuestra fragilidad, derriba la altivez y despierta en el corazón la nostalgia del regreso.
Cuando el Señor pide el desgarro del corazón, nos abre también los ojos ante aquello que con mayor facilidad se disfraza en nosotros. Conviene guardar vigilancia sobre los mantos del ego, porque la humildad verdadera nace en lo secreto y se manifiesta en la obediencia, lejos de todo afán de apariencia. Las señales visibles y las austeridades pueden quedar en la superficie, incluso cuando el interior permanece intacto. El corazón, en efecto, sabe esconder su vanidad bajo vestiduras pobres y también bajo palabras devotas. El Señor mira la verdad de la conciencia cuando se entrega sin reservas, cuando acepta ser corregida, cuando el orgullo se rinde y deja espacio al Espíritu. Este día pide una sinceridad serena y transparente, entrar en la verdad de uno mismo ante Dios y permanecer ahí, sin evasiones, hasta que su misericordia renueve lo que estaba gastado y vuelva a levantar lo que parecía perdido.
Al recibir la ceniza escucharemos: "Del polvo eres y al polvo volverás". En una cultura que sueña prolongar indefinidamente sus fuerzas por medio de la tecnología y la ciencia, esta frase resuena como un relámpago de realismo que aturde y, en muchos, despierta temor. El cristiano, en cambio, vive reconciliado con el orden de lo creado; mira de frente la medida de la vida, reconoce que nuestro paso por la tierra es breve y comprende que el destino se decide en la orientación de la voluntad. En ese límite, Cristo se manifiesta como antídoto y promesa: "la muerte no es el final del camino"; pierde su trono cuando la fe contempla la resurrección del Cordero, germen de la nuestra. Veamos el contraste, el polvo nos devuelve a la caducidad de lo terreno, y el Evangelio, en ese mismo punto de pobreza, enciende la esperanza de la carne glorificada.
A la luz de esa esperanza, el Señor traza para nosotros un camino concreto, sobrio y fecundo, propio del desierto cuaresmal. En el Evangelio de hoy nos entrega los pilares del itinerario: la limosna, la oración y el ayuno. En la enseñanza patrística, estas obras aparecen enlazadas como un solo organismo espiritual; el ayuno se enfría cuando la misericordia se apaga, la abstinencia se vuelve estéril cuando la caridad se retira, la disciplina interior se marchita cuando deja de abrirse a esa compasión que es temblor santo de padecer con el hermano y que toma cuerpo en gestos concretos de cercanía.
Detengámonos un instante en estos tres caminos, porque sobre ellos descansa la arquitectura espiritual de esta estación de gracia, y por ellos el Evangelio toma forma en lo cotidiano.
Primero, la limosna como acto de desprendimiento: abrir la mano para que el corazón se ensanche; compartir el pan para gustar la bondad de Dios y descansar en su Providencia, porque dar con libertad revela una confianza firme en el Señor que sostiene nuestra vida. En esa ofrenda, lo que se resta a la propia mesa alivia el dolor de un hermano, y el sacrificio queda sellado por el amor verdadero. Los Padres lo enseñaron con claridad al decir que Dios recibe con agrado un ayuno empapado de bondad, un ayuno que alimenta a otro.
Luego, la oración: entrar en el aposento interior, cerrar la puerta, buscar al Padre que habita en lo escondido. La oración auténtica florece lejos de la mirada ajena, nace del silencio y asciende como incienso. En su escuela, el Señor nos purifica en el lenguaje de la intimidad, nos dispone a aquietarnos y a escuchar; aclara la mirada interior y endereza los deseos para que reposen en la voluntad de Cristo.
Finalmente, el ayuno: disciplina que se torna en ofrenda santa, ordena los apetitos y recuerda al cuerpo su vocación de servir al espíritu. Desde antiguo, estos cuarenta días han sido contemplados como un crisol divino de reparación. Si atendemos a los místicos, percibimos en su mensaje que esta abstinencia resulta necesaria también para el cuerpo, porque la humanidad entera cayó por la satisfacción desordenada que arrastró a Adán y le hizo perder la dignidad primera; la carne mortificada abre de nuevo el camino del perdón, y el hombre, todavía vivo, se ofrece como hostia viva, inmolando en sí los deseos que lo esclavizan.
Conviene, además, custodiar el secreto interior donde estas obras nacen, porque hasta lo santo puede ser herido por la complacencia. Cristo protege este camino de un veneno sutil: la vanagloria. "Que tu mano izquierda ignore lo que hace tu derecha." El Padre, que nos ve en lo secreto, reconoce nuestra verdad antes de toda palabra y recibe nuestra alabanza u ofrenda de caridad según la pureza de la intención; su mirada basta, y ante ella, todos nuestros secretos quedan descubiertos. En la Cuaresma, como en pocos tiempos del año litúrgico, se nos urge a esta vigilancia del corazón, porque el desierto espiritual separa lo que se ofrece a Dios de lo que busca recompensa humana. ¿Qué busca mi corazón cuando da, cuando ora, cuando se priva?
Y así, bajo la mirada amorosa del Señor que todo lo ve, el Espíritu nos persuade a vivir la penitencia en su verdadera luz. Por eso el Maestro añade una indicación sorprendente: "Cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro." La penitencia cristiana lleva en su entraña una alegría secreta, nacida cuando el redimido se vacía de sí y se deja colmar por Dios. Esa luz interior, que el mundo apenas sospecha, la Iglesia la deja entrever también en el lenguaje de sus signos. El morado, que vuelve a vestir los altares con su sombra mística, conduce al recogimiento y orienta la mirada hacia la Pasión, la Muerte y la Resurrección del Señor. Ante tanto amor derramado, la contemplación no deja el espíritu inmóvil; el perdón recibido enciende una súplica más honda, la del corazón que desea ser recreado. Entonces el salmo que hoy hemos entonado se vuelve oración viva: "Crea en mí, Dios mío, un corazón puro" (Sal 51).
Ese clamor del
salmista, que la Iglesia pone hoy en nuestros labios, encuentra su eco en la
palabra apostólica, que se alza sobre nosotros como exhortación urgente a la
reconciliación. San Pablo nos hiere con una urgencia misericordiosa cuando
dice: "En nombre de Cristo os suplicamos: reconciliaos con Dios" (2 Co 5,20).
Este tiempo se vive como día favorable, como hora de gracia, donde la
reconciliación deja de ser idea y se vuelve camino concreto. Los Padres
insisten en ese realismo espiritual: confesar, limpiar la conciencia,
desprenderse de preocupaciones inútiles, perdonar al que ofendió, para recibir
con libertad el perdón que desciende de lo alto. Y recuerdan también que la
caridad sostiene todas las virtudes como su principio vivo; sin ese fuego,
hasta la disciplina más severa queda sin aliento.
Por eso, hermanos amados, caminemos hacia la Pascua con pasos verdaderos. Hagamos de esta Cuaresma un retorno real, donde nuestras vidas se reconcilien con el Padre y los anhelos queden ordenados según la voluntad de Cristo. Que nuestras obras, realizadas en lo secreto para su mayor gloria, la oración fiel que sostiene el combate interior, y el ayuno que disciplina los deseos y los orienta hacia el Bien, sean armas de luz con las que resistamos al Maligno y venzamos sus tentaciones.
Durante todo este tiempo, os convido a orar con especial ardor por quienes sufren la tribulación de la guerra, por los perseguidos por causa de la Fe, por los mártires de nuestro tiempo, para que sobre ellos siga brillando la fuerza de la Luz de Cristo resucitado.
Al marcar en este día nuestra frente con ceniza, pidamos que el Señor marque también nuestro entendimiento con sabiduría, nuestra voluntad con firmeza, nuestro corazón con mansedumbre. Del polvo venimos y al polvo volvemos; a esa palabra se une la promesa incólume del Redentor, cuya voz permanece para siempre: "El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá". Ante el recuerdo de la muerte que hoy se nos proclama, respondamos desde el corazón, en comunión con toda la Iglesia: "Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna". Así lo confesamos en Cristo. Amén.

