
IN NATIVITATE DOMINI (MISSA IN NOCTE): «La Epifanía del Cordero»
¡Cristo ha nacido! ¡Aleluya!
El Leccionario en un texto
Primera Lectura: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5).
Salmo: «Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, toda la tierra» (Sal 95,1).
Segunda Lectura: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tit 2,11).
Evangelio: «Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador: el Mesías, el Señor» (Lc 2,11).
Homilía
¡Anunciad, hermanos, esta gran noticia! ¡Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor!
Unidos a los cristianos del mundo entero, que con gozo celebran el sagrado nacimiento del Salvador, «cantamos al Señor un cántico nuevo; cantamos al Señor con alegría, bendecimos su Nombre» (Sal 95).
«Bendito el Niño
que hoy ha hecho que se regocije Belén.
Bendito el bebé que hoy ha rejuvenecido a la humanidad.
Bendito el fruto de la Virgen, que ha enriquecido nuestra pobreza y ha borrado
nuestra penuria.
Bendito Aquel que ha venido a curar nuestra enfermedad, nuestra torpeza,
nuestro pecado.
¡Gloria a tu venida, que ha dado vida a los hombres!» (San Efrén).
La lectura que acabamos de escuchar, tomada de la Carta del apóstol san Pablo a Tito, está articulada entorno a un verbo de profunda densidad teológica, el término griego epiphainó, cuya resonancia evoca la manifestación de una luz en el firmamento, que se revela como una realidad resplandeciente y, tras haber permanecido velada, se hace visible a todas las naciones. El apóstol lo expresa con sobriedad y fuerza mediante la fórmula: «ha aparecido». Se trata de una palabra íntimamente vinculada al ámbito de lo divino, que atraviesa la Escritura en sus diversas formas y en la que se concentra, con claridad luminosa, el misterio que la Iglesia contempla y celebra hoy en la solemnidad de la Navidad.
Aquel Dios que habló antiguamente a los padres por medio de los profetas, de muchas maneras y en diversos tiempos, ha llevado ahora a cumplimiento su designio divino (cf. Hb 1,1). Desde la altura de su gloria se ha hecho visible, se ha dado a conocer, ha deseado venir a nuestro encuentro. La Iglesia naciente guardó esta certeza como júbilo santo y lo buscó, como la Esposa del Cantar, en cada profecía y en cada salmo, hasta reconocer la verdad que hoy celebramos: el Señor se ha mostrado. Este misterio se muestra al hombre como presencia viva y no permanece encerrado en el ámbito de la conjetura del pensamiento ni en el ejercicio de una palabra que explora desde lo filosófico o lo alegórico. Dios ha cruzado el umbral de nuestra carne; Él «ha aparecido». Y este aparecer portentoso suscita en el corazón humano una pregunta que brota del asombro: ¿cómo se deja reconocer?, ¿qué verdad íntima de su ser nos entrega en esta Noche?
Para los hombres de la antigüedad precristiana, acostumbrados a divinidades forjadas a imagen de sus propias pasiones —dioses entregados al exceso, sumergidos en el delirio del vino, dominados por la lujuria, la envidia, la crueldad y la injusticia—, este aparecer irrumpió como un relámpago que rasga la noche y desvela lo que permanece oculto en medio de la tormenta. La luz que ha brillado sobre el mundo revela al Dios verdadero, Aquel cuya esencia es la bondad que salva, que levanta y que restituye a la criatura humana su dignidad herida. También en nuestra hora, quienes han depositado su confianza última en lo efímero de la vida —en estructuras políticas, en organismos internacionales, en instituciones e ideologías convertidas en nuevas seudorreligiones— y caminan en las tinieblas del egoísmo, de la mentira, del hedonismo y de tantos ídolos contemporáneos que se alzan y se derrumban sin cesar, necesitan recibir de nuevo esta certeza que sostiene y consuela; es la que abrazamos cada año en Navidad.
«Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre». Ha aparecido Aquel que trae en su boca la Palabra que ha de guiarnos hacia la felicidad plena, que es portador de la luz que abrirá nuestra conciencia al verdadero despertar y por la cual, en sí mismo, nos introduce en la verdadera libertad de los hijos de Dios.
En este domingo, la Iglesia vuelve a poner en nuestros labios la voz de Isaías y, al proclamarla, deja entrever el lugar donde el don prometido se hace carne. A la luz de esta profecía, Belén —la Casa del Pan— se revela como el espacio humilde donde ha descendido el Panis Angelicus, destinado a saciar el hambre más honda del mundo. «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva sobre sus hombros el principado, y su nombre es Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz. Su soberanía crecerá con una paz sin límites» (cf. Is 9,5-6)
Algunos estudiosos modernos han querido ver en estas palabras una referencia a un niño perteneciente al tiempo del profeta. Con todo, el texto comunica una novedad que ninguna hipótesis disuelve; en la Escritura antigua raramente se escucha algo semejante, que atribuya a un niño, a un ser humano, nombres que pertenecen inequívocamente al ámbito divino: Dios fuerte, Padre para siempre. El oráculo desborda su hora y nos presenta un futuro cargado de Dios. Un niño, en la fragilidad de su carne, es el Todopoderoso. Un niño, en la total dependencia de su condición humana, se nos revela como Padre perpetuo. Y la paz que brota de su reinado no conoce medida ni frontera.
Ya el profeta había anunciado este misterio al hablar de «una luz grande» que resplandecería sobre el pueblo y al proclamar que la violencia del opresor —la vara que golpea, la bota que pisa con estrépito, la túnica empapada de sangre— sería finalmente consumida por el fuego purificador del Señor (cf. Is 9,1.3-4).
Este opresor del que habla Isaías puede reconocerse en las múltiples formas de esclavitud que, a lo largo de la historia, han sometido a la humanidad al pecado y al mal. En cada tiempo emergen rostros concretos de esa represión, pueblos y personas que cargan sobre sí el peso de regímenes que aplastan la dignidad y sofocan la vida. Hoy, la humanidad entera camina bajo el sometimiento de un intruso cuya procedencia permanece en la tiniebla y cuyo poder se ejerce con sigilo, mientras que las voces que intentan nombrarlo son acalladas. Su presencia se deja sentir en una siniestra polifonía atraviesa el el orbe: la expansión de la muerte y del miedo; el lucro de las grandes farmacéuticas edificado sobre el sufrimiento humano; la vulneración sistemática de los derechos humanos; la imposición de una dictadura silenciosa sobre las conciencias.
Hay en la condición de este mundo una herida profunda que, de un modo u otro, mantiene a la humanidad sometida a la esclavitud de las sombras. Cuando el enemigo percibe una fisura, se introduce con violencia y hace de ella un lugar de devastación. Su obrar se reconoce por una astucia perseverante, capaz de plegarse a los ritmos de la historia y de infiltrarse donde el deseo humano queda sin custodia y el discernimiento se debilita. Cada vez que una forma de opresión deja de surtir efecto, otra ocupa su lugar, porque su intención permanece invariable: someter, confundir y desviar a la criatura del sendero que conduce a la Vida.
Cada vez con mayor claridad asistimos a una sociedad marcada por el racismo y el sexismo, realidades que se infiltran como complicidad silenciosa o se imponen como subyugación abierta sobre innumerables vidas. A diario nos vemos confrontados con adicciones y tentaciones diversas, y no pocas veces experimentamos el peso que ejercen sobre voluntades torcidas por el pecado y debilitadas para obrar el bien. Conviene no engañarnos, el yugo de la opresión que reclama ser roto permanece aún entre nosotros y adopta múltiples formas. Corrompe el Shalom, hiere la armonía querida por Dios y sofoca el florecimiento pleno de la vida en la bondad de la creación. Ese yugo ha de ser quebrantado y la carga de la esclavitud reducida a añicos.
Ninguna estructura ni proyecto nacido de la autosuficiencia humana alcanza a sostener a quienes caminan bajo el dominio del maligno en el valle de la sombra y de la muerte. Solo Aquel que viene de Dios puede renovar lo que ha sido quebrado desde la raíz. En Él resplandece la Paz prometida y la fuerza que restaura; su luz esclarece el entendimiento y despierta el corazón adormecido, abriendo el camino de la libertad que conocen los hijos del Altísimo.
Si miramos con ojos de profeta, veremos como en nuestros días siguen levantándose "Herodes" que desean dar muerte al Niño, dicho de otro modo, que buscan sofocar la luz que nos trae su nacimiento. San Juan lo expresa con una sobriedad implacable: «Porque todo el que hace lo malo odia la Luz, y no viene a la Luz para que sus acciones no sean expuestas» (Jn 3,20). Nosotros hoy, ante la imagen del tierno Infantilillo, estamos interpelados a renovar nuestro compromiso con la verdad, aun cuando su resplandor incomode y deje al descubierto a quienes prefieren habitar en las tinieblas. No hay lugar para el discípulo de Cristo en los subterráneos donde prospera la mentira ni en las cloacas donde a resguardo de la claridad entretejen sus planes perniciosos. Por eso el apóstol exhorta con firmeza a la Iglesia: «No toméis parte en las obras estériles de las tinieblas; antes bien, dejadlas al descubierto» (Ef 5,11).
¿Seremos capaces de responder a la altura de lo que se espera de nosotros? Nos sabemos pequeños frente a este adversario, tan pequeños como lo es el Niño acostado en el pesebre. Y, sin embargo, el corazón puede permanecer en la confianza. El Amor ha venido a rescatarnos, y ese Amor, en su plenitud, expulsa todo temor.
Así como los pastores, en la noche santa, dieron voz a lo que habían visto y oído, la Iglesia prolonga hoy ese anuncio dirigido a toda criatura. No puede guardar silencio ante una sociedad hipermoderna, adormecida en las tinieblas de un bienestar aparente, sostenida por estructuras deshumanizadas que prometen una seguridad ilusoria y terminan precipitándola en un vacío que nada logra colmar. Cristo, nacido entre los hombres, permanece como el único sendero que conduce a la paz verdadera, y este testimonio reclama ser ofrecido con fidelidad.
Si la paz aún no se deja ver con nitidez en la trama de la historia, es porque el Reino del Señor todavía no ha encontrado acogida plena en el alma de los pueblos. Con todo, su soberanía avanza y se despliega. El crecimiento de su dominio no conoce límite ni ocaso; se dilata hasta alcanzar los confines de la tierra. Y la vida del cristianismo, extendiéndose de generación en generación, camina hacia el cumplimiento de la promesa profética: «El celo del Señor de los ejércitos hará esto».
¿En qué medida somos dignos de participar en esta dinámica de propagación del Reino de la santidad y la justicia? Volvamos la memoria a los primeros mensajeros del Nacimiento, hombres tenidos por los últimos, relegados a los márgenes, invisibles a los ojos del poder. Y, sin embargo, a ellos se les concedió escuchar el cántico del cielo y contemplar el misterio antes que a nadie.
Cuando dejamos caer las defensas con las cuales protegemos nuestra propia imagen y permitimos ser mirados por Dios desde la verdad de lo que somos, algo maravilloso acontece en nuestro interior, guardamos silencio. Las palabras se desvanecen ante la omnisciencia divina que todo lo traspasa. Entonces, despojados de cualquier argumento, el Señor comienza a hallar morada donde nacer. En la pobreza de espíritu —que no pobreza de alma—, donde ya no hay pretensión ni ruido, el Amor del Emmanuel se deja sentir como brisa suave, presencia divina que nos transforma. Quien persevera en esa quietud llega a ver con ojos nuevos y a reconocer, en el paso leve del tiempo, la fidelidad del Dios verdadero, «Jesucristo, el mismo ayer, hoy y por los siglos» (cf. Hb 13,8).
A la luz de esta verdad, se hace patente una tensión decisiva en el aquí y ahora de nuestra existencia. En nuestro tiempo se pretende relegar el anuncio de Cristo a un segundo plano, como si bastara con una referencia genérica a lo divino o con reducir la fe a una ética del buen comportamiento. Esta mentalidad, lejos de ser marginal, se ha extendido ampliamente y ha penetrado incluso en ámbitos cristianos, hasta el punto de ser asumida y difundida por líderes de comunidades y tradiciones históricas que, empobrecen el anuncio evangélico y vacían de contenido el misterio mismo de la Encarnación.
Para discernir con claridad y no dejarnos arrastrar por esta confusión que avanza con paso firme en nuestros días, atendamos a la palabra del apóstol san Juan, en la cual la Iglesia reconoce un criterio seguro para distinguir aquello que procede verdaderamente de Dios: «En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo» (1 Jn 4,2–3).
A la luz de este criterio apostólico, se hace necesario un discernimiento que no se quede en los gestos ni en las apariencias. Hay quienes, en un día como hoy, se acercan a besar la imagen del Niño Jesús y, sin embargo, sostienen o difunden enseñanzas que desfiguran el misterio que dicen venerar. Esta disociación entre el acto exterior y la confesión de la fe constituye un sacrilegio, porque separa lo santo de la verdad que le da sentido. La fidelidad al Evangelio reclama una coherencia real, interior y pública, entre lo que se honra con los labios y lo que se anuncia con la vida y la palabra.
La fe de la Iglesia proclama con claridad que la salvación eterna se da en Cristo y que la filiación divina se recibe en Él. Cristo es la Imagen del Dios invisible, el Hijo que nos introduce en la condición de hijos y el Hermano que nos hace herederos del Reino. El celo de Dios por su propio Nombre, inseparable del bien de su pueblo, asegura el cumplimiento de todo lo que ha sido anunciado. Así se manifiesta la victoria definitiva del Señor sobre todos sus adversarios, porque su fidelidad permanece inquebrantable y su designio de salvación descansa en el beneplácito del Padre, que le dice: «Siéntate a mi diestra, hasta que haga de tus enemigos estrado de tus pies» (cf. Sal 110,1).
Amados, observemos que, siendo Cristo verdaderamente Dios y el Hijo en quien se nos concede la justicia divina, cada detalle de su venida al mundo se halla henchido de sentido profético. Nada de lo que celebramos en la Navidad resulta accesorio, ni puede reducirse a una lectura moral o sentimentalista. Volvamos, pues, la mirada a los pastores y contemplemos cómo el lugar donde es recostado el Niño forma parte del lenguaje con el que Dios lo señala ya como nuestro Redentor.
En el Israel antiguo, el pesebre pertenecía a las costumbres ordinarias del cuidado del rebaño, realidad común en el mundo de las ovejas y los corderos. Con ese nombre se aludía tanto al lugar donde se resguardaba el animal como, de manera más precisa, al comedero mismo, excavado en piedra, en el que se depositaba el alimento destinado a su sustento. La piedra empleada resultaba adecuada para proteger lo que allí se depositaba, preservándolo de la intemperie y del deterioro, de modo que permaneciera íntegro y a salvo.
Por eso, cuando el evangelista Lucas emplea deliberadamente el término griego phátnē —que la Septuaginta usa para traducir el hebreo ʾēvūs (אֵבוּס), el pesebre, el comedero—, señala con precisión que el Niño fue recostado en ese comedero de piedra, conforme a una práctica bien conocida por quienes vivían en Belén y estaban familiarizados con las tareas pastoriles de la región.
Belén no era una aldea cualquiera. Era la región donde se criaban los corderos destinados a los sacrificios del Templo de Jerusalén. Entre ellos, algunos eran examinados con especial cuidado y reconocidos como perfectos, sin mancha. Cuando esos corderos nacían, los pastores los envolvían firmemente con telas y los colocaban en el pesebre de piedra, resguardándolos hasta el momento en que serían presentados como ofrenda por el pecado del pueblo. Ese gesto pertenecía al lenguaje cotidiano del sacrificio, silencioso y eminentemente cultual, que acompañaba la vida de quienes velaban sobre los rebaños.
Por eso, cuando el ángel ofrece a los pastores una señal —«un Niño envuelto y recostado en un pesebre»—, ellos captan de inmediato el significado de lo que se les anuncia. Descifran la señal, pues conocen lo que implica un cuerpo sea cuidadosamente envuelto y depositado en un pesebre de piedra, tallado y ahuecado por la mano del hombre. Saben qué propósito encierra la vida que es colocada en ese lugar, guardada para ser ofrecida, consagrada desde su origen a la entrega. Comprenden, así, que ese Niño es el Cordero verdadero, preparado para ser inmolado, Aquel en quien converge toda la esperanza sacrificial de Israel.
¡Qué dulzura, traspasada de dolor, derrama el cielo en esta Noche, tan sublime y tan provocadora de santa veneración ante la Imagen del Dios encarnado! Donde se protegía al cordero sin mancha, reposa ahora el Hijo del Altísimo, que ofrecerá su vida por la reconciliación del mundo. Y los pastores, al contemplar este misterio, regresan glorificando y alabando a Dios, porque lo que han visto y oído permanece ardiendo en el corazón y, con el tiempo, busca su culminación en una alabanza desbordada.
¡Cuánto más nosotros, amados hermanos, que asistimos a esta Noche santa capaz de hacer vibrar lo más hondo de nuestro ser, podemos atrevernos a abrirnos a la misma alegría que inundó a aquellos primeros testigos de Belén, aun sabiendo que ello reclama una disposición interior semejante! La Escritura nos recuerda que el Señor se deja encontrar por quienes lo buscan en la noche, la hora en que las sombras parecen organizar sus ejércitos y el corazón es probado; cuando el enemigo pretende gobernar por el miedo y la confusión y, sin embargo, en ese mismo escenario, se libran las batallas decisivas y se consuma la victoria de los elegidos. Como Jacob junto al vado, como Samuel en el silencio del templo, como Elías en el silbo apacible. Dios se manifiesta, y quien no ha endurecido el corazón y permanece en vela, quien no interpone sus propios argumentos al designio divino, llega a contemplar su gloria, semejante a la del Unigénito del Padre, colmada de gracia y de bondad.
Ante la Imagen del Niño de nuestra salvación colocamos nuestras vidas enteras, con su peso y su esperanza, y junto a ellas las vidas de cuantos le buscan, de quienes padecen, de quienes mueren ocultos a los ojos del mundo. De modo singular, presentamos ante Él la existencia entregada de nuestros hermanos perseguidos por causa del Nombre santo de Cristo, tantas veces relegados por la algarabía exterior de la fiesta, entre luces que deslumbran, regalos que distraen y todo cuanto se ha ido entretejiendo alrededor del relato de la Navidad, hasta correr el riesgo de velar el precio real de la fe. Los ofrecemos para que sean sostenidos en la fidelidad de su sacrificio y en la oblación silenciosa de sus vidas, ofrenda de aroma grato que asciende hasta Dios, y para que su testimonio despierte en nosotros una fe probada, firme y vigilante, capaz de permanecer en pie cuando la confesión de Cristo reclama la entrega total.
Que hoy, al acercarnos al Altar para participar del sacratísimo Cuerpo que asumió nuestra carne en el seno purísimo de María, se nos conceda reconocerle en la fracción del Pan de los ángeles, disponiendo el corazón cual pesebre, para que en él sea recostado el Cordero que nos salva. Y que, congregados en una sola voz, unidos a la liturgia del cielo, elevemos nuestro canto eterno: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
Al que se nos ha aparecido en la plenitud del tiempo; al que ha descendido de las estrellas y gobierna el mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad, sea para siempre la alabanza, la adoración y el rendido vasallaje de nuestro corazón. Amén.

