
IN SOLLEMNITATE OMNIUM SANCTORUM: «Seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es»
El Leccionario en un texto (A)
Salmo: «Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor» (Salmo 23 (24), 1-2. 3-4ab. 5-6).
Segunda Lectura: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!»
(1 Juan 3, 1-3).
Evangelio: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mateo 5, 1-12a).
Homilía
Amadísimos hermanos en Cristo:
La Santa Iglesia, en esta solemnidad de Todos los Santos, nos concede elevar nuestra mirada por encima de las vicisitudes de la existencia terrena para contemplar, a la luz de la Revelación, el destino glorioso que Dios ha preparado para cuantos le aman. En este día, la liturgia parece levantar por unos instantes el velo que separa nuestra peregrinación temporal de la eternidad, permitiéndonos contemplar la inmensa asamblea de los redimidos, aquellos hermanos nuestros que, habiendo concluido su combate en la fe, participan ya de la gloria del Cordero y gozan de la bienaventuranza de su Presencia.
¡Qué inmenso consuelo representa para la Iglesia peregrina contemplar el triunfo de sus hijos! Aquellos que compartieron nuestra naturaleza, conocieron las flaquezas de la carne, soportaron las tribulaciones de su tiempo y perseveraron en el amor de Cristo, han alcanzado finalmente aquello para lo cual fueron creados. La muerte, que a nuestros sentidos parece clausurar toda esperanza, ha quedado vencida por la Resurrección del Señor, y cuantos permanecieron unidos a Él participan ahora de su victoria. Celebramos, por tanto, el cumplimiento de las promesas divinas en la humanidad redimida, la glorificación de quienes, habiendo sido santificados por la gracia, contemplan eternamente el rostro de Dios.
La primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis, nos muestra a San Juan, que contempla al ángel que asciende del Oriente llevando el sello del Dios vivo, mientras los poderes encargados de ejecutar el juicio reciben la orden de detenerse hasta que los siervos del Altísimo hayan sido señalados. El número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mil, expresa mediante el lenguaje simbólico la plenitud del pueblo perteneciente a Dios. Mas inmediatamente la visión adquiere proporciones que desbordan todo cálculo humano, y el Apóstol contempla «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas», reunida delante del trono y del Cordero.
Ante el trono del Altísimo comparecen hombres y mujeres que, unidos por la misma gracia y procedentes de todos los pueblos, rinden adoración al único Señor y Dios, Trino y Uno. Patriarcas y profetas que aguardaron el cumplimiento de las promesas, Apóstoles que anunciaron la Resurrección, mártires que sellaron su testimonio con la sangre y la innumerable multitud de fieles cuyos nombres permanecen desconocidos para la historia, aunque escritos para siempre en la memoria de Dios, constituyen la Iglesia gloriosa, en la que resplandece la communio sanctorum y se manifiesta la magnitud de la obra redentora. Muchos de ellos habrán atravesado la tierra sin recibir reconocimiento alguno, otros habrán padecido la incomprensión de los hombres; pero todos, purificados y glorificados por la misericordia divina, participan ahora de la misma alabanza.
Detengámonos, hermanos, en la explicación que recibe san Juan acerca de aquella muchedumbre revestida de blanco. «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero». ¡Qué admirable paradoja contiene esta revelación! La sangre, que según nuestra experiencia mancha cuanto toca, aparece aquí como principio de purificación. La blancura de aquellas vestiduras procede de la Pasión redentora de Jesucristo, cuya sangre preciosa tiene el poder de lavar el pecado y devolver al hombre la dignidad perdida por su desobediencia.
Aquellos bienaventurados han sido rescatados por Cristo, han acogido su gracia y han perseverado en la comunión de su amor. Algunos habrán conocido graves caídas antes de su conversión; otros habrán debido combatir durante muchos años contra las inclinaciones que amenazaban su fidelidad. Pero todos ellos pueden confesar ante el trono que la victoria pertenece a Dios y al Cordero. Así, la santidad en la Iglesia manifiesta la eficacia de la Redención en quienes se dejaron transformar por ella, respondiendo con fe y obediencia a la acción del Espíritu Santo.
Al escuchar la segunda lectura, en la que el apóstol san Juan, arrebatado por la grandeza de la caridad divina, exclama: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!», notamos esa alegría que brota del agradecimiento por saberse salvo por medio del Amor del Señor Jesucristo manifestado ardientemente en su Pasión.
El Apóstol afirma que verdaderamente somos hijos de Dios y esto que repetimos tantas veces no logramos sondearlo verdaderamente, puesto que es un misterio que nos supera. La filiación divina que hemos recibido posee realidad sobrenatural, porque mediante el santo Bautismo hemos sido regenerados por el agua y el Espíritu e incorporados al Cuerpo Místico del Salvador. El Hijo eterno, engendrado del Padre antes de todos los siglos, nos ha abierto por su Encarnación y su sacrificio redentor la participación en aquella vida que Él posee por naturaleza. Nosotros la recibimos gratuitamente, mediante la adopción filial y la gracia santificante, que nos permite dirigirnos al Dios tres veces Santo con la confianza que solo tienen sus hijos.
¡Qué dignidad tan admirable la del cristiano! Continúa san Juan diciendo: «Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es». Entre el «ahora somos» y el «seremos semejantes» se extiende toda nuestra peregrinación cristiana. Ya hemos recibido la vida de la gracia, pero todavía aguardamos su consumación definitiva. Llevamos en nuestra condición mortal la promesa de la inmortalidad y, aun sujetos a las consecuencias del pecado, hemos sido llamados a participar de la santidad. La tradición de los Santos Padres expresó admirablemente este misterio al hablar de la divinización del hombre por la gracia, aquella participación en la vida de Dios que transforma a la criatura sin confundirla jamás con su Creador. Seremos semejantes a Él porque, purificados de cuanto se opone a su amor, podremos contemplarlo cara a cara, conociéndolo en la luz de su propia gloria.
La visión beatífica, prometida a quienes perseveran en la luz, constituye la plenitud de aquella felicidad que el hombre busca tantas veces por caminos equivocados; ninguna posesión terrena puede conferirnos semejante bienaventuranza, porque nuestro corazón, hecho para la eternidad, sólo encontrará su descanso definitivo en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Saber vivir como hijos de Dios constituye, por ello, el verdadero programa de santidad y de restauración espiritual de los llamados a esta herencia tan grande. El pecado ha introducido el desorden en nuestra relación con el Creador y ha debilitado nuestra voluntad, oscureciendo la capacidad de reconocer el bien; mas la gracia de Cristo viene a sanar esa herida, restituyendo al hombre la comunión con el Padre y ordenando nuevamente sus afectos hacia el fin para el cual fue creado. La santidad comienza a madurar cuando dejamos de colocar nuestra voluntad como medida suprema de la existencia y consentimos, con confianza filial, que la voluntad del Padre gobierne nuestra vida.
El salmo que hemos entonado dice: «¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?». Y responde el salmista: «El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos». La subida al monte santo representa ese itinerario de purificación al que somos llamados. Las manos inocentes expresan la rectitud de nuestras obras, mientras la pureza del corazón señala la integridad de quien vive orientado hacia Dios. De poco aprovecharía proclamar la santidad del Señor con nuestros labios mientras permitimos que la injusticia, el resentimiento o la soberbia gobiernen nuestros actos.
Y subiendo un poco más a la cima de ese monte, encontramos a Jesús, que sentado ante todos como Maestro proclama las Bienaventuranzas, cuya enseñanza constituye la expresión más elevada de la vida nueva que ha venido a instaurar entre nosotros. En ellas reconocemos la fisonomía espiritual del propio Cristo, porque Él es el verdadero pobre de espíritu que, siendo rico, abrazó nuestra pobreza; es el manso y humilde de corazón que soportó las injurias de sus perseguidores; es el misericordioso que ofreció su perdón desde la Cruz y el Justo que entregó su vida para reconciliarnos con el Padre.
La pobreza, el llanto y la persecución, considerados en sí mismos, constituyen experiencias dolorosas que ningún hombre tiene obligación de desear; mas el Señor proclama bienaventurados a quienes, en medio de tales circunstancias, permanecen abiertos al Reino y se dejan conducir por su Palabra. Es precisamente al encarnar estas Bienaventuranzas en la perseverancia cotidiana cuando comprendemos por qué la Iglesia celebra hoy a esa inmensa multitud de santos cuyos nombres jamás fueron inscritos en los calendarios litúrgicos. Ellos alcanzaron la gloria purificados por la misericordia del Cordero; a nosotros, llamados a seguir sus huellas, el apóstol san Juan nos recuerda que «todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro». Para mantenernos en esta purificación continua contamos con su Palabra y los santos Sacramentos; y cuando la fragilidad humana nos haya llevado al pecado, recordemos la exhortación de la Carta a los Hebreos: "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (Hebreos 4,16).
Hermanos, la solemnidad de hoy nos permite comprender también con mayor claridad el misterio de la Comunión de los Santos. La Iglesia que peregrina sobre la tierra permanece unida a la Iglesia glorificada por los vínculos espirituales que brotan de Cristo, su única Cabeza. Aquellos bienaventurados que contemplan al Señor participan de la plenitud de su amor y permanecen unidos a nosotros en la comunión del Cuerpo Místico. Su intercesión nos acompaña, su ejemplo fortalece nuestra esperanza y su victoria nos recuerda el destino hacia el cual caminamos.
Por eso, cuando celebramos la Santa Eucaristía, nuestra alabanza se une a la adoración de los ángeles y de todos los santos. El mismo Cristo que constituye el centro de la liturgia celestial se hace sacramentalmente presente sobre nuestros altares, entregándonos su Cuerpo y su Sangre como alimento de inmortalidad. Aquella multitud que san Juan contempla delante del Cordero participa ya de la plenitud de la comunión divina, mientras nosotros recibimos en el Sacramento del Altar la prenda de esa misma gloria. ¡Qué consuelo saber que el Señor a quien esperamos contemplar eternamente viene ahora a nosotros bajo las especies eucarísticas, para fortalecernos durante nuestra peregrinación y santificarnos con su propia Vida! De esta fuente mana la vida de santidad que anima a toda la Iglesia, y hacia ella convergen nuestros esfuerzos de conversión, nuestras penitencias y las obras de amor realizadas en su Nombre.
Amados hermanos, la fiesta que hoy celebramos debe despertar en nosotros el deseo ardiente de participar algún día de aquella multitud gloriosa. Los santos nos preceden en el camino y nos enseñan, con la elocuencia de sus vidas, que la fidelidad a Cristo jamás queda sin recompensa.
Que nuestra existencia se convierta, pues, en respuesta agradecida al amor del Padre que nos ha hecho sus hijos. Que la contemplación de los santos avive nuestra perseverancia, y que el Espíritu Santo purifique cuanto todavía nos separa de aquella perfecta semejanza con Cristo que aguardamos en la esperanza.
Y cuando termine nuestra peregrinación, cuando se apaguen los rumores de este mundo y nuestros ojos se cierren a la luz temporal, quiera el Señor recibirnos entre aquellos que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero, para que podamos contemplar eternamente su rostro y unir nuestras voces a la alabanza de la Jerusalén celestial.
Porque ahora somos hijos de Dios, y aún aguardamos la gloria de aquello que seremos.
A Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha llamado a participar de su santidad por el Hijo y en el Espíritu Santo, sea todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
Amén.
