La Ascensión del Señor: «Glorificación de Dios, del hombre y del universo»

17.05.2026
«La Ascensión es, en esencia,
nuestra propia carne glorificada en Dios.»

El Leccionario en un texto

Primera Lectura: «Lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista». (Hechos 1, 1-11)

Salmo: «Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas». (Salmo 46/47)

Segunda Lectura: «Lo sentó a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación». (Efesios 1, 17-23)

Evangelio: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». (Mateo 28, 16-20)


Homilía


Amadísimos hermanos en el Señor:

Si miramos el mapa del Año Litúrgico como un camino de salvación, descubriremos que nos encontramos en su cumbre más alta. Hoy celebramos la Ascensión, y ya el próximo domingo la Iglesia se encenderá con el fuego de Pentecostés. Todo lo que contemplamos desde aquellos días entrañables de la Navidad, cuando nos postramos ante el Dios hecho niño, cobra hoy su verdadero sentido. Aquel Jesús que caminó por Galilea, que padeció el madero de la cruz y que rompió las cadenas de la muerte en la gran noche pascual, culmina hoy su itinerario terreno. La fiesta de este día es el broche de oro, la corona definitiva que da sentido a toda la obra de Cristo.

Por eso, los invito a vivir este domingo con un corazón renovado, buscando en la liturgia la fuerza necesaria para sostener nuestra marcha por este mundo. Como predicador, reconozco que no es una tarea sencilla: la luz del Evangelio es eterna, pero a menudo nos exige iluminar las zonas más oscuras, tristes y complejas de nuestra realidad social. Sin embargo, si la Iglesia callara ante las heridas de la historia, la palabra de Dios dejaría de ser la lámpara que guía los pasos de la humanidad.

En la intimidad del Cenáculo, pocas horas antes de entregarse por nosotros, el Señor pronunció una oración profunda: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti». Para Cristo, el camino hacia el trono celestial no se desliga del calvario. La humillación de la cruz y el triunfo de la resurrección forman un solo misterio de glorificación. Su victoria florece, precisamente, desde el dolor del sepulcro.

Como discípulos suyos, jamás debemos olvidar esta lección: la gloria cristiana está indiscutiblemente cimentada en la cruz. Por lo tanto, los sufrimientos de la Iglesia y las cruces cotidianas de cada uno de ustedes jamás son estériles; están preñados de una radiante esperanza.

Desde esta certeza, la Ascensión se abre ante nosotros como la respuesta del Padre al anonadamiento del Hijo. El Crucificado que descendió hasta la hondura de nuestra muerte es elevado ahora sobre toda criatura, y desde su trono de misericordia nos enseña a mirar la historia con ojos purificados por la fe.

1. La soberanía del Cristo glorificado

«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». Acerquémonos espiritualmente al monte de los Olivos y fijemos los ojos en el Redentor. El Evangelio nos lo muestra investido de la autoridad misma del Padre, diciendo a sus amigos: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». Al mismo tiempo, el libro de los Hechos nos relata cómo el Señor fue elevado ante sus ojos, hasta que una nube lo ocultó de su mirada. Que esta escena sagrada, hermanos, llene sus almas durante toda la semana. Si en este domingo logramos desprendernos un momento de las preocupaciones del mundo para contemplar a Cristo entronizado a la derecha del Padre, nuestra fe recibirá una claridad nueva. Pocas contemplaciones purifican tanto el corazón humano como dejarse cautivar por la majestad de este Hijo del Hombre, humillado hasta la cruz y coronado ahora con gloria inmortal.

San Pablo, consciente de la grandeza de este acontecimiento, eleva en la segunda lectura una súplica que todos deberíamos hacer nuestra: pide que el Señor nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación para penetrar en el conocimiento de Cristo. Esta petición apostólica es necesaria, porque la Ascensión no se comprende con una mirada superficial; exige ojos interiores, inteligencia iluminada y corazón rendido ante el designio del Altísimo.

En la Ascensión, la obediencia total que Jesús vivió en la tierra es correspondida por el Padre, quien lo introduce plenamente en la intimidad de su soberanía divina. El Verbo, que ya habitaba en la eternidad antes de que el tiempo existiera, introduce ahora su naturaleza humana en el corazón de Dios. Allá en las alturas, sentado a la derecha del Padre y constituido Señor de la historia, hay un hombre de carne glorificada, con manos que trabajaron y con un corazón humano que amó, sufrió y obedeció hasta el extremo. La Ascensión es, en esencia, nuestra propia carne glorificada en Dios.

Frente a la inmensidad de este misterio, la Iglesia queda despojada de toda ambición pequeña. Sería indigno de ella enredarse en rivalidades humanas o codiciar los bienes pasajeros de este mundo, cuando ya contempla a su Señor sentado sobre la eternidad. Quien desancla su vida de la soberanía de Cristo se vuelve incapaz de pronunciar una palabra verdaderamente liberadora para la sociedad, y termina atrapado en las redes de la mediocridad mundana.

Dios tiene un plan de salvación que abarca a todos los pueblos, y desea que el progreso de las naciones quede ordenado a sus designios santos. Lo vemos en la impaciencia de los apóstoles cuando preguntan de forma casi atrevida: «¿Vas a restaurar ahora el reino de Israel?». Pero el Señor reorienta sus miradas: «No les toca a ustedes saber los tiempos... recibirán la fuerza del Espíritu Santo para ser mis testigos». Mientras los hombres hacen cálculos políticos y proyectos materiales, los planes de Dios avanzan por caminos más altos. A pesar de los capítulos oscuros de nuestra historia y de las crisis que golpean a nuestras familias, el Señor sostiene el timón del mundo.

El desarrollo técnico es necesario y puede ser noble; necesitamos buenas infraestructuras, aeropuertos y autopistas, viviendas dignas, hospitales bien servidos y caminos que acerquen a los pueblos. Pero si ese crecimiento material camina divorciado de los valores morales y del respeto a la ley de Dios, estamos edificando un gigante con pies de barro. Se nos olvida que el ser humano reconciliado con su Creador es el único fin verdaderamente digno del progreso.

2. La exaltación de la condición humana

La teología paulina nos recuerda que Cristo es la Cabeza y nosotros somos los miembros de su Cuerpo Místico. Si nuestra Cabeza ha entrado victoriosa en el santuario celestial, los miembros que todavía peregrinamos sobre la tierra caminamos con la certeza de estar llamados al mismo destino. Jesús asciende llevando consigo nuestra humanidad, y desde las alturas la atrae hacia la plenitud para la que fue creada. Cada vez que un fiel parte de este mundo en gracia de Dios, el fruto de la Ascensión se manifiesta con íntima grandeza: un miembro de Cristo es acogido en la patria eterna y participa, por misericordia, de la gloria de su Señor.

San León Magno contempló este misterio con admirable precisión cuando enseñaba que, así como la Resurrección del Señor fue causa de alegría para la Iglesia en la solemnidad de Pascua, también su Ascensión al cielo constituye un nuevo motivo de gozo, porque en este día "la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo, por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre".

Esta partida gloriosa permanece unida a una cercanía más profunda. Así como la vida que brota de la cabeza recorre todo el cuerpo hasta llegar a la planta de los pies que pisan el polvo del camino, de la misma manera la gracia de Cristo sostiene a su Iglesia peregrina. Hoy se produce un cambio admirable en la forma en que el Señor nos acompaña: pasamos de su presencia histórica y visible a una presencia mística y sacramental, más escondida a los ojos y, precisamente por ello, más íntima para la fe; una presencia que alcanza con eficacia redentora a toda la Iglesia hasta el fin del mundo.

La promesa final de Jesús es el refugio de nuestra fe: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo». Si el mundo nos interroga con ironía sobre dónde se esconde el Resucitado, podemos responder con valentía: Cristo se hace presente en la voz del sacerdote que proclama la verdad, en las aguas purificadoras del Bautismo, en el consuelo que un cristiano ofrece al que sufre y, por encima de todo, en el misterio vivo de la Eucaristía. La Iglesia permanece en pie por la fuerza invisible de su Señor; los ejércitos, las influencias políticas y los prestigios pasajeros se desvanecen ante la potencia silenciosa del Resucitado que vive en ella.

Por eso canta la Iglesia en la Liturgia de las Horas:

"¿Qué hacéis mirando al cielo,
varones, sin alegría?
Lo que ahora parece un vuelo
ya es vuelta y es cercanía."

Cuando los apóstoles se quedaron inmóviles mirando las nubes, los mensajeros celestiales los sacaron de su letargo con una afirmación que inauguró una nueva era: «Ese mismo Jesús que han visto subir, volverá de la misma manera». Esta promesa es el motor de la esperanza eclesial. El Señor retornará revestido de majestad, libre ya de toda humillación padecida, como soberano definitivo de la historia, para abrazar a quienes se mantuvieron fieles a su amor. Vale la pena desgastar la vida por el Evangelio, hermanos, porque el Esposo volverá.

3. La restauración de la creación entera

Finalmente, la Ascensión del Señor abraza también al universo material. San Pablo afirma que Dios ha colocado a Cristo por encima de toda potestad, dominio y jerarquía, sometiendo la creación entera bajo sus pies. Él es la clave luminosa del cosmos, el sentido último de la historia y la respuesta definitiva a los interrogantes más hondos de la existencia. Su redención alcanza al hombre entero y extiende su eficacia sobre la creación visible, que gime todavía bajo el peso del pecado humano y aguarda la plena manifestación de los hijos de Dios.

Los bienes materiales son buenos en su raíz, porque salieron de las manos del Creador. El dinero puede servir a la justicia, aunque la avaricia lo convierta en instrumento de opresión; la autoridad posee una nobleza propia cuando se ejerce como servicio, aunque la soberbia la deforme hasta volverla tiranía. Todo fue creado para el bien, pero la humanidad caída ha sometido las obras de Dios a la servidumbre del desorden. La Ascensión anuncia el día de la gran purificación del universo: en el Juicio Final, el Juez Supremo separará definitivamente el trigo de la cizaña, arrancará de la historia toda sombra de corrupción y conducirá la creación, purificada por su gloria, hacia el Reino donde Dios será todo en todos.

Conclusión

Este misterio de gloria —que revela la soberanía de Dios, eleva nuestra carne redimida y anuncia la restauración final de la creación— ha sido confiado por Cristo a su Iglesia. San Pablo concluye afirmando que Dios constituyó a Cristo Cabeza de la Iglesia, la cual es su Cuerpo y su plenitud.

Nosotros somos el espacio visible donde la gloria del Señor debe empezar a manifestarse. Aunque parezcamos un pequeño punto en la inmensidad de la historia, este pueblo sacerdotal, constituido por el Bautismo, es depositario de las maravillas de Dios. Nosotros, hombres y mujeres concretos, con los pies hundidos en el barro de la tierra y el corazón cargado por las fatigas de este tiempo, somos la porción de la creación que Cristo está salvando hoy. Por eso, nuestra misión consiste en encarnar y predicar el Reino de Dios en la casa, en el trabajo, en la mesa familiar, en el cansancio de cada jornada y, sobre todo, ante el altar donde el Señor glorificado se nos entrega como Pan de vida.

Con esta conciencia, la Iglesia canta ya en las I Vísperas de esta solemnidad con acento de envío y esperanza:

"Partid frente a la aurora.
Salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora.
Comienza vuestra tarea."

Que Cristo Jesús, vencedor de la muerte y Rey de la Gloria, atraiga nuestros pasos hacia la patria celestial y mantenga encendida en nosotros la fidelidad de los testigos, hasta que lleguemos donde Él, junto al Padre y al Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.




Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez                           

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