«La Epifanía, camino de los buscadores»

06.01.2026
Este anhelo de Dios, tan irremediablemente nuestro, se percibe en los Reyes que vinieron de Oriente hacia Belén, buscándolo con esmero.

El Leccionario en un texto

  • Primera Lectura: «¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is 60, 1)

  • Salmo: «Se postrarán ante ti todos los reyes, y todas las naciones te servirán» (Sal 72[71], 11)  

  • Segunda Lectura: «También los gentiles son coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo Jesús» (Ef 3, 6)

  • Evangelio: «Entraron en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y postrándose, lo adoraron» (Mt 2, 11)


Homilía


Amados en Cristo:

Esta solemnidad a la que hoy asistimos bien puede ser llamada la fiesta de la Luz, pues en ella la Iglesia fija su mirada en Cristo, Luz que visita a todas las gentes. La profecía de Isaías anuncia pueblos en marcha hacia el resplandor de la Divinidad, y el Evangelio nos lleva hasta el término de esa peregrinación, la adoración rendida ante la majestad del Dios que asume nuestra carne. En este día santo, el Padre guía por sendas silenciosas a quienes le buscan con corazón sincero, hasta el Niño de Belén, en quien resplandece su gloria. Él es la imagen visible del Dios invisible; se nos ha revelado de tal modo que reconocemos en Él al Unigénito del Todopoderoso, lleno de gracia y de verdad.

La palabra griega Epifanía, título que lleva la Fiesta de hoy y que significa manifestación, abraza también otros misterios de la vida de Cristo. Entre las manifestaciones que Dios ha concedido desde la creación del hombre cobran especial relieve, en estos días santos, la noche del Nacimiento de Jesús y el día de su Epifanía. En la noche de Belén se manifestó a su pueblo escogido, Israel, por medio de hombres sencillos y limpios de corazón, los pastores. En el día santo de hoy se manifestó a todos los pueblos en aquellos sabios que vinieron de tierras lejanas de Oriente para rendirle homenaje y adorarlo como Dios.

En este horizonte, en comunión con la tradición oriental, la Iglesia reconoce igualmente como Epifanía el Bautismo del Señor en el Jordán, cuando se manifestó como Hijo amado del Padre celestial y quedó consagrado por el Espíritu Santo. Y, a la luz del Evangelio de san Juan, las bodas de Caná se dejan contemplar también bajo esa misma clave, pues Jesús, al transformar el agua en vino, manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él (Jn 2, 11).

Si Navidad y Epifanía son cumbres de revelación divina, se comprende el clima con que la Iglesia las celebra. En ambas, el anuncio resuena, henchido de alegría. «Os anuncio una buena noticia, que será de gran alegría» (Lc 2, 10). Y también se nos dice que «los Magos, al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2, 10). Estos días han quedado grabados en el alma del pueblo cristiano con tradiciones que alegran a todos, comenzando por los más pequeños, que esperan ilusionados los regalos del Niño Jesús, traídos por los Reyes Magos, sus mensajeros celestiales. También los mayores participamos de ese gozo cuando el corazón guarda la candidez, esa capacidad de asombro que, aun después de tantos sinsabores, evidencia que no estamos del todo heridos.

Hay, además, una razón histórico-litúrgica que envuelve estas dos manifestaciones de Jesús, la luz. En Navidad el Señor se muestra entre esplendores, pues «la gloria del Señor los envolvió de claridad» (Lc 2, 9), y a los Magos se les concede el signo de una estrella. En el lenguaje bíblico, la luz evoca la gracia, ese amor de amistad por parte de Dios; las tinieblas evocan el pecado. El Hijo de Dios encarnado venía a comunicarnos la gracia y a quebrar el dominio del pecado. Por eso su venida irradia luz, y esa luz solo puede ser recibida mediante la fe.

La importancia de esta festividad va mucho más allá de lo pintoresco y atractivo del pasaje que recoge el Evangelio de san Mateo. Dios Padre ha inscrito en el corazón de todos los seres humanos el deseo de buscarle, y a ese anhelo, presente en cada uno de nosotros, sus criaturas, sale al encuentro. Lo hace mostrándonos quién es Él y cuál es el camino para llegar a Él, en su Hijo Jesucristo, que asume nuestra carne, nace y vive en nuestro mundo llegada la plenitud de los tiempos.

Este anhelo de Dios, tan irremediablemente nuestro, se percibe en los Reyes que vinieron de Oriente hacia Belén, buscándolo con esmero. Dios se les reveló de alguna manera para impulsarlos a emprender un largo camino, atravesado por dificultades, cada uno desde su lugar de origen. Eran sabios de Oriente, con saberes religiosos y científicos de su época, familiarizados con la lectura de los astros, quienes recibieron una inspiración de Dios que los movía a buscar a ese "Rey" que los superaba, puesto que su Reino no era como los reinos de la tierra. Su llegada había sido anunciada por el profeta Isaías: «Te inundará una multitud de camellos y dromedarios, procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor» (Is 60, 1-6).

A estos tres personajes los conocemos como Melchor, Gaspar y Baltazar. Sus nombres no aparecen en la Sagrada Escritura; se transmiten por documentos históricos, entre ellos un manuscrito en griego escrito hacia el año 500 en Alejandría. Sabemos además que Baltazar era considerado rey de Arabia, Melchor rey de Persia y Gaspar rey de la India. Este dato, custodiado por la tradición, pone un acento importante. Las naciones se encaminan hacia la Luz, y el Señor permite que el homenaje llegue desde lejos, desde lenguas diversas, culturas distintas y rutas que convergen en un solo punto, Belén. La estrella del Señor los guiaba, y por eso dicen «Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo» (Mt 2, 2). Y como buscan a un Rey, van a Jerusalén, la capital; sin embargo, allí nadie tiene noticia de un Rey recién nacido. Herodes, que gobernaba a los judíos, consulta a los conocedores de las Escrituras sagradas, y éstos le informan que el Rey esperado por Israel, el Mesías, debía nacer en Belén.

Herodes, como quien pretende perpetuarse en el poder, se alarma y actúa con agresividad e injusticia. Teme a quien venga a sustituirlo. De ahí su decisión de matar a los niños que pudieran ser ese Rey anunciado por las profecías, y así perpetra la horrenda matanza de los Santos Inocentes, que la Iglesia venerará como martirio en el corazón mismo del tiempo de Navidad. Como bien sabemos, Jesús escapa, porque san José recibe instrucciones divinas para huir a Egipto con la Madre y el Niño Dios.

Este hecho trae a la memoria las palabras de san Juan: «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11). Al temor del rey Herodes se unió la turbación de "Jerusalén entera". Los principales representantes de la ciudad —sumos sacerdotes y letrados—, instalados en su comodidad, veían sus privilegios amenazados por el nacimiento de aquel de quien estaba escrito que "será pastor de mi pueblo, Israel" (cf. Miq 5, 1). El profeta lo había anunciado, y ellos lo confirmaron, a disgusto. Belén era la ciudad donde debía nacer. Sorprende su indiferencia. Parecieron ampararse en la decisión de Herodes, dispuesto a eliminar a los niños de Belén y de sus cercanías.

Ante la actitud de aquellos intérpretes, el evangelista no describe reacción alguna. Conocían las Escrituras, daban la respuesta, y quedaban junto al poder para que nada se moviese en sus vidas. Más adelante, los evangelios dejarán ver el fondo de esa indiferencia, el apego a sus seguridades y al dominio. Muy distinta aparece la marcha de los Magos. En ellos se percibe el arrojo que nace de la fe sostenida por la esperanza y animada por la caridad; en ellos, la caridad toma la forma de un deseo ardiente de ver a Dios. Por eso llegaron al término y hallaron a Cristo, corona y descanso de su búsqueda, el Dios a quien anhelaban.

Este pasaje, llevado a nuestro presente, deja ante la conciencia varias consideraciones que con facilidad se desdibujan entre prisas, opiniones y consignas.

Quienes se atribuyen el dominio de lo real y se jactan de "pisar tierra", con frecuencia pierden el sentido de las realidades de Dios. Se advierte en el poder político y también en el religioso. Los gobernantes de la tierra, cuando se desentienden de la ley moral inscrita por el Creador en la criatura, terminan abrazando corrientes oscuras que ponen en peligro la dignidad del más frágil. Basta pensar en el aborto elevado a "derecho", como si la libertad consistiera en disponer del inocente. En el vientre materno late una vida única, irrepetible, llamada a plenitud desde su primer palpitar; y ante ese misterio, la conciencia recta se estremece. En lugar de acompañar, educar y sostener con responsabilidad la vida afectiva y sexual a la luz del Evangelio, se llega a legitimar un acto que, con contadas excepciones, puede evitarse mediante la prevención, la ayuda concreta y una cultura de la vida.

También se hiere al niño cuando se le arrebata su propio tiempo de crecer, cuando se le somete a un adoctrinamiento que confunde su identidad, o cuando se le introduce prematuramente en una sexualización que profana la inocencia. Aquí asoma, con rostro contemporáneo, el espíritu de Herodes, el poder que se defiende sacrificando al más débil.

Y esa sombra se vuelve más grave cuando encuentra silencio en quienes han sido puestos como pastores. Hay heridas infligidas a la infancia que durante demasiado tiempo han sido ocultadas, y el escándalo de los abusos cometidos en la Iglesia lo recuerda con dolor. Se mata al niño de modos que no derraman sangre, pero desgarran el alma. También pesa el silencio cuando se tolera la vejación de la fe y de sus signos, o cuando se negocia por conveniencia para conservar apoyos y seguridades. Esa pasividad, tan extendida, se normaliza hasta dejar de ser nombrada; y, sin embargo, ante la Luz de la Epifanía, queda al descubierto como una forma de infidelidad que reclama conversión.

Ante todo lo que hemos meditado, abramos el corazón a esta revelación. Hoy, como ayer, Cristo aparece rodeado desde el comienzo por la sangre de los inocentes; y esa sangre halla abrazo y sentido cuando llega la Hora de su inmolación. La Cruz recoge lo que Belén inaugura, y lleva en su profundidad el llanto de cada niño al que se le negó el nacimiento, y el gemido de tantos pequeños que, habiendo visto la luz, padecen y penan. El sacrificio del Señor sobrepasa toda lógica de intercambio. En su Pasión, el Cordero toma sobre sí el clamor de los que no pueden alzar la voz y lo conduce al corazón del Padre; su sangre, derramada por amor, envuelve la de todos ellos. Por eso los Inocentes aparecen como primicias del combate entre la Luz y las tinieblas, y su muerte o su dolor queda misteriosamente enlazado a la gloria del Cordero. Ellos son la predilección de Dios.

A la luz de estas heridas de nuestro tiempo, volvamos ahora al Evangelio, donde la Epifanía nos muestra con claridad quién camina hacia la Luz y quién permanece inmóvil.

Resulta doloroso advertir, además, que casi nadie en Jerusalén —a sólo nueve kilómetros de Belén— se tomó la molestia, o tuvo siquiera interés, de ir a buscar a este "Rey de Reyes"; únicamente los Magos. Mientras estaban en Jerusalén, la estrella desapareció. Luego la volvieron a ver, y «se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2, 10). Finalmente hallaron al Rey que buscaban. «Entraron en la casa y vieron al Niño con María, su Madre, y postrándose, lo adoraron» (Mt 2, 11). Al llegar ante la presencia de Dios hecho Hombre, caen rendidos ante su majestad.

La estrella, signo ofrecido a los buscadores, introduce además en un misterio del camino. Puede ocultarse, mas ese eclipse no significa abandono; en ocasiones el Señor retira el consuelo para que la fidelidad se purifique y el corazón se temple en una adhesión más desnuda, sin apoyo sensible. En otras, su silencio encubre la obra secreta de la Providencia, que vela por nosotros y prepara el bien mientras avanzamos a tientas. Por eso, cuando la luz reaparece, el corazón humilde se llena de gozo y comprende que nunca ha sido desamparado.

Al final conviene detenerse ante los dones que los Magos depositan ante el Niño-Dios, y preguntarnos qué dice de nuestra fe el oro, el incienso y la mirra. Esos presentes, además de expresar una ayuda concreta para quien carece de lo necesario, guardan un sentido espiritual que los Santos Padres supieron custodiar como lectura del misterio. El oro habla del amor, del amor mutuo, y nos conduce al mandato último del Señor: «Amaos unos a otros» (Jn 13, 34). Donde falta esa caridad, la casa se enfría y la comunidad se resiente. El incienso remite a la oración que se eleva ante Dios como ofrenda; la experiencia cristiana lo confirma con sobria firmeza: "la familia que ora unida permanece unida". Así, la Eucaristía dominical ocupa su lugar central en la vida del hogar, fuente y culmen de la comunión. La mirra, por su parte, señala el sufrimiento y la cruz de la que hablará Jesús, aquella que cada uno está llamado a llevar con paciencia, uniendo su pena al sacrificio del Cordero que salva.

Amados, la luz de esta Epifanía nos invita a llegar hasta este Belén en el que hoy nos hemos reunido, conformado por esta comunidad de adoración. Aquí, a la escuela de los Magos, la fe se expresa en su gesto más elocuente, postrarse ante Cristo con todo lo que ello significa. Y al final, el Señor nos concede una misión, ser estrellas para los demás, guías humildes y transparentes, de modo que en nuestra vida otros encuentren al Salvador y lleguen también hasta el Dios que ha nacido por amor, fuente de alegría y gozo eternos.

Amén.


Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez 

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