
«La Sabiduría puso su morada entre los hombres cuando el Verbo se hizo carne»
nuestros pasos hallan rectitud, y el camino florece en esperanza.”
El Leccionario en un texto
Primera Lectura: «Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel» (Eclo 24,8).
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Salmo: «Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz» (Sal 147,15).
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Segunda Lectura: «Nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo» (Ef 1,4).
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Evangelio: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).
Homilía
Queridos hermanos:
Con el año civil recién estrenado, el corazón mira hacia delante. Se despiertan propósitos, se asoman temores, y reaparecen las preguntas de siempre bajo la presión de lo inmediato. En esta hora, la liturgia nos concede un don de gran delicadeza. Nos preserva de comenzar "a la intemperie", apoyados en fuerzas frágiles, y también de entregarnos a la inquietud de una previsión puramente humana. Orienta nuestros pasos hacia las columnas del gran templo celestial, y una vez traspasadas, hacia la misma fuente del Misterio, cuando proclama, como sentencia viva, "En el principio existía el Verbo", donde todo nace y todo recibe sentido, donde la corriente del tiempo queda sostenida por la Presencia que antecede a los siglos.
Entramos en 2026 aferrados a la gracia, bajo la Luz que emana del Verbo; recobramos la rectitud de nuestros pasos, la firmeza de nuestra voluntad, y volvemos al camino que florece en esperanza.
La Sabiduría extiende su tienda
El Eclesiástico eleva ante nosotros un cántico antiguo, luminoso como una lámpara en el santuario al que asistimos. La Sabiduría habla en primera persona, se presenta como nacida "antes de los siglos", enviada por el Creador, llamada a plantar su tienda en Jacob, a arraigar en la heredad del Señor. La imagen posee una belleza teológica admirable. El Dios todopoderoso e inefable se acerca a su pueblo, acorta toda distancia, prepara su morada entre los hombres.
Cuando la Iglesia escucha hoy esta lectura junto al Prólogo de san Juan, el alma percibe una convergencia llena de luz. La Sabiduría cantada por Israel resplandece en el Logos. El Verbo, que estaba junto a Dios y que era Dios, entra en la trama del mundo por Él creado y toma sobre sí la condición humana. La Tienda santa del desierto se muestra como figura de Cristo. La fuente del lavacro prefigura el Bautismo. El candelabro de siete brazos deja entrever el resplandor de su vida victoriosa. El altar de la propiciación apunta a la Cruz, donde el Cordero es ofrecido. Todo encuentra su plenitud en un Niño envuelto en pañales. Con Él, la Tienda se vuelve carne; Dios habita corporalmente, descansa, crece como todo mortal.
Surge entonces una pregunta decisiva para este inicio de año. ¿Dónde buscamos apoyo cuando el horizonte se vuelve incierto? Identificamos muchas veces un modo de vivir que lee el porvenir como amenaza; pero reconocemos también una disposición interior que lo recibe como espacio donde Dios desea manifestarse.
La Sabiduría sempiterna se arraiga, busca tierra, reclama hondura, toca a la puerta del corazón dispuesto. Quien le concede ese lugar desde donde mana la vida descubre que sus años, aun asaltados por la ansiedad, quedan sostenidos por la esperanza.
Los santos Padres gustaban decir que el Hijo de Dios asumió nuestra carne para comunicarnos su vida. La Iglesia lo contempla con temblor y alegría durante la Navidad. En Cristo, lo humano queda abierto a lo divino, y lo cotidiano se convierte en lugar de encuentro con Aquel que lo llena todo en todo. Dios ha extendido su Tienda sobre los hombres, y quien entra en esa morada recibe Su amparo bajo el velo vivo de la Carne y de la Sangre del Amado del Padre.
"Te sacia con flor de harina", el Verbo como alimento
El Salmo canta a Jerusalén y alaba al Dios que refuerza sus puertas, bendice a sus hijos, establece la paz en sus fronteras. En medio de esas imágenes aparece una frase que hoy resplandece con discreta fuerza eucarística, "te sacia con flor de harina". Y, al escucharla, vuelven a nosotros las palabras del sacerdote durante el Ofertorio, cuando dice: "Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra… él será para nosotros pan de vida".
En la misma liturgia en que proclamamos que el Verbo se hizo carne, se nos recuerda que ese Verbo encarnado ha querido hacerse alimento para nuestro camino. Por designio de su misericordia, se acerca a nuestras manos bajo el fruto del trigo que, molido, llega a ser harina, y ofrecido, se convierte en Pan de unidad y de fraternidad. Contemplemos ese proceso, en el cual se transparenta el misterio del Siervo Sufriente, triturado por nuestras rebeliones, y así, en la ofrenda de su sacrificio, queda constituido como prenda de vida eterna para quien se acerca a su altar.
El Dios que pone su tienda también "prepara una mesa frente a nuestros angustiadores". Para este año que comienza, revivamos el deseo de alimentar el alma con lo que viene de lo alto. Cuando la vida se dispersa, cuando el corazón se fatiga, el Pan del altar conserva su frescura divinal y su capacidad de nutrirnos con la fortaleza de su Presencia real y sacrosanta.
Bendecidos desde antes de la creación
Ante tanta grandeza de Dios exclamamos: "¡Señor, no merezco tanto!", o como dice en una de sus estrofas el canto italiano "Bajas de las estrellas": "¡Oh cuánto te costó el haberme amado!". Podremos sentirnos sobrecogidos al intentar comprender humanamente este misterio, y aun así la Escritura de hoy es de tal dulzura que, en san Pablo, el himno de Efesios nos abre el horizonte del entendimiento divino en una perspectiva tan amplia que nos ensancha el pecho:
"Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo". La vida cristiana queda así situada en un plano mayor que nuestras cálculos, nuestros miedos, nuestras previsiones. Existe un beneplácito, una voluntad amorosa, una elección que precede a todas las cosas.
Y el Apóstol añade una súplica que parece escrita para esta fecha, que "Dios ilumine los ojos del corazón para comprender la esperanza a la que llama", y también la riqueza de la herencia prometida. El problema de muchos comienzos radica en la mirada. Si comenzamos a observar el año con ojos cansados, quedaremos atrapados en la estrechez propio de lo humano, y podemos llegar a sentir que tanta fatiga carece de propósito. Pablo nos exhorta a mirar con otra luz, con otra perspectiva, la que permite leer nuestros días desde la filiación divina.
Entrar en un año nuevo, entonces, se convierte en acto espiritual. Somos hijos de Dios, y Él, nuestro Padre, que tanto nos ha amado, cuida de nosotros. Hijos que trabajan, que luchan, que cargan responsabilidades, que atraviesan pruebas, y que, aun así, conservan en lo íntimo la conciencia de pertenecer al Amado. De esa pertenencia nace una esperanza que redime todo desvelo.
El Prólogo de Juan, la Luz que en la tierra habitaría
Y esto es lo que, llegados al Evangelio, comprenderemos verdaderamente, "En el principio existía el Verbo… y el Verbo era Dios".
Juan nos sitúa en el ámbito donde toda realidad recibe su ser. Antes de calendarios, proyectos, temores, éxitos, fracasos, "la Vida estaba en Él, y esa Vida era la Luz de los hombres".
En nuestros caminos encontraremos resistencias, cierres interiores, toda clase de sobresaltos, y aun así esa Luz sigue brillando. El Evangelio los nombra con una serenidad tan sublime que parece sacudir las sombras del temor, "a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios". Recibir al Verbo encarnado implica acoger el don de la filiación, dejarse levantar por la gracia que fortalece nuestras rodillas endebles y purifica la mirada, para que no se pierda de vista la meta, el premio del supremo llamamiento, la corona incorruptible, signo de quienes han vencido y cuyas vestiduras han sido lavadas en la Sangre del Cordero.
Y en ese punto culminante, cuando la Palabra avanza como faro sobre el corazón, irrumpe la sentencia que sostiene este domingo y toda Navidad: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". Dios en nuestra carne, en nuestros límites, en nuestras lágrimas, en nuestras alegrías. Dios en lo cotidiano, en la casa, en el trabajo, en los pasos de cada jornada, en la comunión de los hermanos. Dios en el templo, y de manera más admirable, por el modo sacramental de su presencia, en el altar, en la Palabra proclamada, en la Eucaristía recibida.
De esta Presencia brota la sentencia que hoy debe quedar grabada en nosotros, "La gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo". Gracia como don que abraza sin merecerlo; Verdad como espada refulgente que rompe las cadenas del engaño y abre el camino de la libertad. Ambas llegan como Persona viva y permanecen entre nosotros con la fuerza del Paráclito.
Para caminar este 2026 bajo la Luz
Amados hermanos, pidamos una gracia concreta para este inicio, permitir que el Verbo plante su tienda en nuestra vida. Que la oración, aun cuando sea breve, permanezca fiel y mantenga el corazón vuelto hacia Dios; que la Eucaristía, recibida con hambre santa, nos nutra con el Pan de "flor de harina" y fortalezca nuestra comunión; que la caridad, limpia de ruido y de apariencia, ponga en nuestras manos consuelo, reconciliación y servicio; que nuestra intercesión acompañe con particular ternura a los cristianos perseguidos y a quienes confiesan a Cristo en la prueba, para que sobre ellos siga brillando la fuerza de la Luz del Resucitado.
Que este año, entonces, quede bajo un signo claro, caminar con la Luz, dejarnos conducir por el Verbo, vivir como hijos en el Amado. Y cuando el futuro parezca demasiado grande, volvamos al punto de partida de la liturgia… "En el principio existía el Verbo". Quien se apoya en Él sabrá encontrar, en toda estación, la anhelada paz.
Que el Señor, Luz nacida del Padre, haga fecundos nuestros caminos, pacifique nuestras fronteras interiores y nos conceda vivir este 2026 con gratitud, esperanza y fidelidad. Amén.
Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez
II Domingo de Navidad
