
La salvación es la liberación de la muerte: El centro olvidado de la predicación cristiana
Introducción editorial
La presente reflexión teológica ha sido redactada por Vladika Herman, Obispo de Pechersk, y ofrece una meditación bíblica y eclesial sobre el misterio de la salvación entendida desde el corazón pascual de la fe cristiana: la victoria de Cristo sobre la muerte y la participación del hombre en su vida incorruptible. Su lenguaje se nutre de la Sagrada Escritura, de la conciencia apostólica de la Iglesia y de la gran tradición patrística, donde la redención aparece inseparablemente unida al perdón de los pecados, a la incorporación al Cuerpo de Cristo y a la divinización por la gracia.
El autor es uno de los obispos que se encuentran en unidad de oración y comunión eucarística con nuestra Comunidad de Adoración. El texto se presenta como una reflexión teológica destinada a la contemplación y al discernimiento eclesial, en fidelidad al anuncio apostólico, a la Tradición viva de la Iglesia y a la esperanza pascual que confiesa a Jesucristo como Vencedor de la muerte y Fuente de la vida.
(IACA)
«Porque polvo eres y al polvo volverás» (Gn 3,19).
Estas palabras de Dios, dirigidas al hombre después de la caída, constituyen una de las descripciones más sobrecogedoras de la condición humana. El hombre fue creado para la vida, pero se hizo mortal. Creado a imagen de Dios, quedó sometido a la corrupción. Formado del polvo de la tierra, vuelve nuevamente al polvo.
Aquí se encuentra el verdadero punto de partida del cristianismo.
Hoy se oye con frecuencia que la salvación consiste en el perfeccionamiento moral, en la observancia de determinadas normas, en la pertenencia a una organización religiosa o en la adquisición de ciertas experiencias espirituales. Sin embargo, la salvación no se reduce a ninguna de estas realidades, sino que es, en su raíz más profunda, la victoria sobre la muerte, inseparable del perdón de los pecados y de la reconciliación del hombre con Dios.
I. ¿Quiénes participan de la victoria?
Si la salvación consiste en la victoria sobre la muerte mediante la unión con Cristo, ¿quiénes participan realmente de esa victoria? El apóstol Pablo escribe: «Así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados» (1 Co 15,22). No habla simplemente de una vida futura, ni de una vivificación separada de Cristo, sino de la vida en Cristo.
Cristo mismo es la Fuente de la inmortalidad. En Él habita la Vida que ha vencido a la muerte. Por eso, desde los tiempos apostólicos, la Iglesia nunca se entendió a sí misma como una asociación de personas unidas por unas mismas ideas, ni como una institución religiosa, sino como el Cuerpo de Cristo.
Ser cristiano no significa únicamente aceptar determinadas verdades ni admirar la persona de Jesús. Ser cristiano significa estar unido a Cristo de un modo real, llegar a ser miembro de su Cuerpo y vivir de su misma vida. El Señor dijo: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).
El sarmiento no vive de sí mismo; vive de la vida de la vid. Separado de ella, se seca y muere. Así también el hombre no posee la vida en sí mismo: la recibe de Cristo.
Si la plenitud de la salvación y de la inmortalidad pudiera alcanzarse sin permanecer en Cristo, entonces resultaría incomprensible todo el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, su muerte en la Cruz, su Resurrección y la fundación misma de la Iglesia:
¿Para qué estableció Cristo su Cuerpo, que es la Iglesia?
¿Para qué recorrerían los apóstoles pueblos y naciones llamando a todos a entrar en ella?
¿Para qué entregarían los mártires su vida permaneciendo fieles a Cristo?
¿Para qué fue instituida la Eucaristía como sacramento de la unión con Él?
La fe de la Iglesia antigua era clara, la vida está en Cristo, y no fuera de Él. Está en su Cuerpo, y no fuera de su Cuerpo. Está en la unión con la Cabeza, y no en la separación de Ella. Esto no pretende encerrar la misericordia de Dios en los límites visibles que nosotros alcanzamos a reconocer, sino confesar que toda vida verdadera, allí donde Dios la comunica, procede siempre de Cristo y de su Cuerpo. Por eso, el llamamiento del Evangelio no consiste simplemente en llegar a ser mejores personas; consiste en entrar en la vida de Cristo y permanecer en Él.
Solo entonces la victoria de Cristo sobre la muerte se convierte en nuestra propia victoria. Solo entonces su Sangre, sus padecimientos y su muerte nos son comunicados como expiación por nuestros pecados. Solo entonces su Resurrección llega a ser nuestra resurrección, y la inmortalidad deja de ser un sueño humano para convertirse en la promesa de Dios.
II. El anuncio del Vencedor de la muerte
Cuando el hombre olvida la muerte, comienza a buscar la salvación en la política, en la cultura, en la riqueza, en los proyectos nacionales, en las transformaciones sociales o en los sistemas filosóficos. Pero la muerte permanece invicta.
Solo Cristo ha vencido a la muerte. Solo Él ha destruido su poder. Solo Él ha abierto el camino hacia la incorruptibilidad. Por eso, el cristianismo no es una religión de perfeccionamiento moral, es el anuncio del Vencedor de la muerte. Es la Buena Nueva de que el hombre, que vuelve al polvo, puede volver a recibir la vida; no simplemente una existencia sin fin, sino la vida misma de Dios.
Es el testimonio de que lo mortal puede revestirse de inmortalidad; de que lo creado puede llegar a participar de la vida increada, por gracia y no por naturaleza.
III. Una invitación a la sencillez evangélica
Existe otra razón por la cual la salvación entendida como liberación de la muerte ha quedado con frecuencia oscurecida: la inteligencia humana tiende a complicarlo todo. Alrededor del Evangelio se han construido innumerables teorías, sistemas, distinciones y especulaciones que, poco a poco, terminan por ocultar aquello que debería permanecer en el centro.
Sin convertirlo en regla de fe, puede recordarse aquí un principio conocido como la navaja de Occam, según el cual no deben multiplicarse las explicaciones más allá de lo necesario. Este principio puede servir también como regla de sobriedad para la reflexión teológica. Cuando nos preguntamos: «¿De qué salva Cristo al hombre?», no es necesario buscar decenas de respuestas. La misma Sagrada Escritura señala con claridad el centro de la salvación: la muerte, fruto amargo del pecado y signo de la corrupción introducida en la condición humana.
El hombre es mortal. Cristo venció a la muerte. El hombre se une a Cristo. En Cristo recibe la vida de Dios.
La secuencia es sencilla, coherente y luminosa. Ciertamente, de la victoria sobre la muerte se siguen muchas otras realidades: el perdón de los pecados, la justificación, la santificación, la reconciliación con Dios, la transformación del hombre, la divinización (theosis) y la herencia del Reino de Dios. Pero todas ellas están unidas porque ha sido vencida la gran catástrofe de la existencia humana.
No debemos sustituir el centro por la periferia ni convertir las consecuencias en causas. Complicar siempre resulta fácil; mucho más difícil es descubrir lo esencial y regresar a la sencillez con la que vivía y predicaba la Iglesia apostólica.
Las más grandes verdades de Dios poseen una admirable simplicidad: El hombre muere. Cristo resucitó corporalmente. En el Cuerpo de Cristo la muerte es vencida. Para resucitar con Él es necesario hacerse concorpóreo con Cristo, participar verdaderamente de su vida. En esto consiste el corazón del Evangelio, tal como los Apóstoles lo anunciaban al mundo: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Co 1,23) y «Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana» (1 Co 15,17).
IV. La esperanza del mundo
El sentido de la vida humana no consiste en aplazar la muerte unos años más, ni en hacer más llevadera la existencia en este mundo sometido a la corrupción. El verdadero sentido consiste en entrar en Cristo y permanecer en Él, porque solo en Él el polvo resucitará incorruptible y la criatura llegará a ser partícipe de la vida divina, permaneciendo criatura y siendo divinizada por la gracia.
Entonces se cumplirá la palabra del Apóstol: «La muerte ha sido absorbida por la victoria» (1 Co 15,54). El Hijo de Dios vino al mundo precisamente para que la corrupción fuera revestida de incorruptibilidad, para que la muerte fuera vencida por la Vida y para que el hombre llegue a ser dios por la gracia.
Este es el corazón del Evangelio. No una filosofía, no un código moral, no una ideología religiosa, sino el anuncio de una victoria. Por eso la Iglesia no anuncia simplemente una doctrina; anuncia a una Persona. Porque la Vida tiene un Nombre, y ese Nombre es Jesucristo.
Desde los días de los Apóstoles hasta hoy, la Iglesia no ha dejado de proclamar la misma Buena Nueva:
«Cristo ha resucitado de entre los muertos; con su muerte ha vencido a la muerte y ha dado la vida a los que estaban en los sepulcros.»
Y todo el que llega a ser miembro de su Cuerpo participa de esa victoria. Porque la salvación no consiste simplemente en ser mejor: consiste en vivir en Cristo, y vivir en Cristo significa vencer la muerte. Esta es la fe de los Apóstoles, la proclamación de la Iglesia y el corazón eterno del Evangelio.
