Missa in Cena Domini: «El Cordero a la Mesa de la Nueva Alianza»  

02.04.2026
«No busquéis un cordero sobre el plato,
porque el Cordero está sentado frente a vosotros.»

El Leccionario en un texto

Primera Lectura: «La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis; cuando vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros» (Ex 12, 13)

Salmo: «Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor» (Sal 115[116], 13)

Segunda Lectura: «Cada vez que coméis este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1 Co 11, 26)

Evangelio: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1)


Homilía


¡Carísimos hermanos!

¡Qué tarde ésta la que hoy conmemoramos! Es la hora en que el sosiego sagrado del Cenáculo comienza a verse empañado por el aliento gélido de la traición que acecha entre los olivos. Pero antes de que el drama estalle, el Salvador sabiendo que el Padre ha puesto el universo entero en sus manos, se despoja de su manto, se ciñe la toalla del esclavo y se inclina. ¡El Creador de las galaxias, aquel que sostiene la vida con su aliento, de rodillas ante el polvo de sus criaturas! Esto que contemplamos es una kénosis —un abajamiento— que nos deja el alma en vilo, abate toda soberbia y no deja lugar para el orgullo.

Habiendo lavado incluso los pies de aquel que ya le había vendido, Jesús retoma su lugar en la mesa y la tensión se vuelve insoportable: "Uno de ustedes me va a entregar", ha pronunciado el Maestro y ante la pregunta de los discípulos sobre quién habría de ser añade: "el que moja el pan en el mismo plato que Yo". En la cultura de la época, compartir el pan y mojarlo en el mismo plato era un gesto de amistad íntima y de gran confianza. Que Judas extendiera la mano y realizara el gesto propio de los íntimos, mientras en su interior madura la entrega del Maestro, lleva la escena hasta el colmo de la perfidia y de la tragedia.

"Y después del bocado, Satanás entró en él. Entonces Jesús le dijo: 'Lo que vas a hacer, hazlo pronto'" (Juan 13:27).

Al recibir el bocado y retener la traición en su corazón, Judas mismo entrega al enemigo el señorío sobre su voluntad. El diablo entra aprovechando el vacío absoluto que deja el rechazo a ese último gesto de amistad que Cristo le ofrece. Notemos que Judas abandona en ese instante la calidez de las lámparas para buscar el refugio de la noche, símbolo del poder del pecadoy del alma que se precipita hacia su ruina. Sale habiendo consumido el pan mojado con las hierbas amargas, —figura severa de la amargura que ya le posee, pues no hay nada más agrio que la traición—, pero lo hace antesde ser partícipe del Pan eucarístico. Su boca probó el trigo, pero su espíritu no tocó la divinidad.

Sólo tras el portazo del traidor, recogido ya el Cenáculo en una intimidad más profunda y más sagrada, y rodeado tan sólo por sus amigos, Jesús prosigue la Cena con una paz que sobrecoge. En ningún momento se queja de la ignominia que le espera, ni siquiera comparte su angustia en busca de la compasión o el consuelo de los suyos. Toma el pan y el vino y deja instituido el Sacramento de su Amor.

Venimos de la antigua Pascua, la de los lomos ceñidos y las hierbas amargas de la aflicción. La cena de Israel era un grito de libertad, sí, pero un grito que todavía no encontraba su eco definitivo. El cordero de Egipto protegía los umbrales de las casas, pero ¿quién podía purificar el sagrario del corazón? Aquella sangre animal era apenas un balbuceo de la esperanza, una sombra proyectada hacia este día de gloria. Israel gemía bajo una ley que señalaba la herida del pecado, pero no podía sanarla. Es hoy, en esta tarde santísima, cuando el Señor nos manifiesta que su Hijo predilecto es el verdadero Cordero, cumplimiento vivo de las antiguas figuras de la Pascua.

Los santos evangelios nos permiten contemplar aquí una delicadeza admirable de la Providencia. San Mateo, san Marcos y san Lucas presentan la Última Cena con carácter pascual. San Juan, por su parte, sitúa la muerte del Señor en el momento en que, en el templo, eran inmolados los corderos. Durante mucho tiempo esta convergencia resultó difícil de explicar. Hoy puede comprenderse con serenidad que el Señor celebró la Pascua con sus discípulos conforme a un cómputo diverso del oficial, probablemente un día antes del sacrificio celebrado en el templo de Jerusalén. De ese modo, la Cena posee verdaderamente la densidad pascual que atestiguan los sinópticos, y la muerte del Señor coincide realmente con la hora en que los corderos eran ofrecidos, tal como lo contempla san Juan. La historia sagrada queda así iluminada por una precisión que revela el obrar de Dios, cuando su mano divina dispone los tiempos para que toda prefiguración de lo que habría de venir —aún velada bajo la sombra del rito— quede atravesada por la verdad de Cristo.

El sacrificio del Señor comienza a manifestarse sacramentalmente antes de consumarse visiblemente en el Gólgota. Él mismo lo había dicho: "Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente" (Jn 10,18). En esta noche santa la ofrece ya, con plena libertad, bajo las especies del pan y del vino.

Por eso puede afirmarse, con toda verdad, que Jesús celebró la Pascua sin el cordero del templo, pues Él mismo era el Cordero esperado. La antigua inmolación encontraba en su Persona aquello que había buscado durante siglos sin poder alcanzarlo. San Juan Bautista lo señaló ya al inicio de su ministerio: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). La sangre de los animales poseía valor simbólico y de preparación para el nuevo culto en la era de la Gracia. Su insuficiencia formaba parte de su pedagogía. No podía tocar la raíz última del pecado ni conducir a la humanidad hasta el Padre, porque sobre ella seguía pesando el señorío de la serpiente, que mañana será herida en la cabeza por el peso de la Cruz. ¡No busquéis un cordero sobre el plato, porque el Cordero está sentado frente a vosotros, entregando su propio Cuerpo y derramando voluntariamente su Sangre para que la muerte no tenga sobre nosotros dominio eterno!

¿Qué queda hoy de la antigua alianza de piedra y esclavitud? Queda el camino santo que ha venido a desembocar en este Altar. Cristo ha tomado el pan y la copa para llenarlos de una vez y para siempre con el precio de nuestro rescate. ¡Sangre de la Nueva Alianza! Es la anamnesis viva por la que el sacrificio del Señor atraviesa el tiempo, de tal modo que el Calvario entero, con su peso de gloria y su bálsamo de perdón, se levanta hoy sobre este mantel, como sudario sagrado que nos devuelve el rostro del Señor. Y así, en cada Eucaristía la Cruz deja de ser un suceso del pasado para manifestar la potencia de Dios y nos alcanza aquí y ahora, entrando en nuestra miseria para otorgarnos, mediante la Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, la salud del alma y del cuerpo.

La anámnesis plena, este "hacer presente" el sacrificio, ha sido custodiada por la Iglesia a través de una admirable diversidad de ritos que intentan esbozar el mismo asombro. En la Liturgia Oriental, en el rito de la Proskomidia, el sacerdote toma una pequeña lanza de metal y atraviesa el pan —el "Cordero"— imitando la lanzada que recibió Cristo en el costado. Es un momento de gran densidad cultual: antes de ser ofrecido públicamente, el pan ya ha sido herido ritualmente, recordándonos que estamos ante la inmolación del que quita el pecado del mundo. Por su parte, la Liturgia Occidental encuentra su momento de mayor densidad sacrificial en la Fracción del Pan. Tras el rito de la paz, el sacerdote rompe la Hostia consagrada sobre el cáliz. Este gesto, de profunda desnudez ritual, es la representación más pura de la muerte de Cristo. En la sagrada Fracción, Occidente contempla el quebranto de la Cruz y la entrega total de Aquel que se deja quebrantar para darnos la vida.

Ante esta riqueza de formas que la cristiandad ha conservado para ayudarse a comprender el Misterio que conforma el centro de su Fe, la pregunta no es ya qué sucede en el Altar, sino qué sucede en nosotros al acercarnos. Cuidado, pueblo de la Nueva Alianza. Que nadie ose engañarse pensando que este Banquete es un derecho o un momento de mera participación simbólica. San Pablo nos lo advierte con estas palabras: "Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí" (1 Corintios 11:29). ¿A qué venimos hoy? ¿A una piedad de mercaderes donde creemos comprar el cielo con nuestros pequeños méritos? ¡Fuera la altivez! A este Banquete sólo se entra con el vestido de la humildad y el hambre de Dios, con el corazón contrito y humillado. Cuanto más indignos nos reconozcamos en verdad, con mayor deseo nos aguardará el Señor. No nos acerquemos por inercia; vengamos porque sabemos que sin este Alimento sacratísimo somos ceniza sin destino de eternidad.

Y antes de atrevernos hoy a tomar parte en la Cena Pascual, conviene recordar que jamás hay comunión plena con el Anfitrión cuando el corazón desprecia a sus invitados. Quien recibe este Cuerpo y, al salir de aquí, hiere al hermano con juicios temerarios o lo abandona en la indiferencia, pisotea en su propia vida el Cáliz que acaba de recibir. Este Sacramento nos injerta en Cristo para hacernos un solo cuerpo místico; por eso, al acercarnos al altar quedamos ligados también a todos aquellos por quienes el Señor derramó su Sangre. San Agustín lo entendió con profunda claridad cuando enseñaba a los fieles a reconocer en el altar el misterio de su propia unidad. Al comulgar hoy con el Maestro quedamos persuadidos a inclinarnos mañana ante el hermano para lavar sus pies —esto es, asistirle en sus necesidades y vergüenzas— y a dejarnos partir como pan para el hambre de este mundo.

¡Adoremos este Misterio de Amor! Cuando el Señor descienda a vuestro pecho, halle un alma rendida y encendida por su caridad. Salgamos de aquí transfigurados por la potencia de este Sacramento, anunciando al mundo que el Cordero ha vencido, que el verdadero Templo es su Cuerpo glorioso y que la esperanza cierta mana únicamente de Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Alabado y bendito sea el Santísimo Sacramento del Altar.Sea para siempre bendito y alabado.

¡Amén! ¡Por los siglos de los siglos! ¡Que así sea!


Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez

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