“Nazaret y la Hora del Verbo”.

25.03.2026
El Verbo tomó de las entrañas de María la sustancia de nuestra humanidad
para hacerla capaz de muerte y de victoria.

El Leccionario en un texto (A)

Primera Lectura: Isaías 7, 10-14; 8, 10
«La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7,14). 

Salmo: Salmo 39
«Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (Sal 39,8a.9a). 

Segunda Lectura: Hebreos 10, 4-10
«He aquí que vengo para hacer tu voluntad» (Hb 10,7).

Evangelio: Lucas 1, 26-38
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).


Homilía
Solemnidad de la Anunciación del Señor


Amadísimos hijos en Cristo:

La Iglesia, recogida todavía bajo la disciplina penitencial de la Cuaresma, detiene su marcha ante la casa de Nazaret. En aquella estancia bendita, el designio eterno tomó carne en el seno de una Virgen. Bajo el techo pobre de aquella casa, lejos del aparato con que los imperios pregonan su gloria caduca, descendió el embajador celestial. La palabra del mensajero abrió una hendidura de luz en la noche de nuestra caída; en el claustro virginal de la joven María empezó a latir la humanidad santísima del Verbo. Esta solemnidad resplandece en el itinerario de la ceniza cuaresmal con una claridad propia de la manifestación divina, refulgente y consoladora, y en ella vislumbramos la raíz del retorno de la humanidad hacia su Creador, porque se sabe ya mirada, visitada y correspondida por el amor del Altísimo. En efecto, el hombre vuelve a Dios porque el Altísimo, en la sobreabundancia de su misericordia, se inclinó primero hacia el polvo en el inicio de toda la creación y de manera aún más admirable en la plenitud del tiempo que hoy celebramos. En la anunciación hecha a la Virgen, el antiguo decreto entra en la escena terrenal; el Dios humanado irrumpe en el orden creado como llama de amor viva que asume nuestra finitud para conducirla hacia la gloria de lo eterno. 

Isaías anunció la señal en una hora de turbación, cuando el corazón del rey Acaz vacilaba entre el temor y el cálculo, buscando seguridad en alianzas humanas y en la fuerza mudable de los imperios. Entonces el Señor, por boca del profeta, pronunció aquella palabra cuya majestad no deja de estremecer a la Iglesia y da sentido, cada año, al santo tiempo del Adviento: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo». El pueblo de Dios recibió este oráculo y lo custodió a lo largo de generaciones enteras, durante siglos de espera, de prueba y de esperanza, mientras la voz de los profetas mantenía despierto el anhelo de Israel hasta la plenitud del tiempo. Reconocemos así en María a la Virgen prometida, la hija de Sión en quien la expectación antigua recibe carne y cumplimiento en sus entrañas. Y del seno de la Virgen brota para el mundo el Emmanuel, Dios con nosotros, que entra en la historia humana por la piedad de su corazón y por la virginidad ofrecida al Altísimo como cáliz inmaculado. 

Hoy la Iglesia canta, a la luz de este misterio, la confesión del Salmo, que la carta a los Hebreos recoge y conduce a su cumplimiento pleno en labios del Hijo del Omnipotente al entrar en el mundo: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad». En esta afirmación resplandece la obediencia filial del Verbo encarnado, llevada hasta el extremo de la entrega de su vida, sacrificio eficaz por el cual se reconcilian el cielo y la tierra. En el instante mismo en que el Hijo se ofrece al Padre con disponibilidad eterna, la Virgen responde desde la plenitud de su ser: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Entre ambas declaraciones se compone una armonía santa. El Verbo se alza como ofrenda de la tarde en la hora extrema, bajo la oscuridad de aquel Viernes Santo; María, por su parte, abraza el designio y entrega su cuerpo, su maternidad y su porvenir para que la voluntad divina adquiera forma visible. De esta concordia brota el principio de la nueva creación; la estirpe de Adán comienza a ser rehecha allí donde el designio del Padre, abrazado por el Hijo Redentor y acogido en el consentimiento de la Virgen Madre, vuelve a injertar la carne humana en la voluntad divina y restituye al mundo la comunión perdida. 

Por ello, cuando los misterios salvíficos de Cristo comenzaron a tomar nombre en la Iglesia, la familia de los bautizados, diversa e indivisa, pronunció con veneración el nombre de Theotokos, Madre de Dios. En esa confesión, la fe cristiana expresa la verdad del Verbo encarnado. El fruto del seno de María es el Hijo eterno, que recibe de ella nuestra carne verdadera y la asume en la inviolable identidad de su Persona. Honrar a la Madre es mantenerse en la recta confesión de los Padres. Ella es el arca viva de la Presencia, el santuario escogido por el Padre, la criatura escogida y dispuesta para que el Santo habite entre los suyos. Quien comprende esta elección entiende que la piedad mariana jamás se separa del altar, y que toda veneración tributada a la Madre lleva impresa, como un sello de fuego, la gloria del Hijo. 

Contemplamos a María como el oído abierto de la humanidad. La voz del ángel la alcanza bajo el sobrecogimiento de quien se sabe visitado por el Misterio; su pregunta nace de la limpieza del alma y su respuesta brota con la entereza de una voluntad que ya no se pertenece. La salvación entra por un oído creyente. Eva, en la soberbia del paraíso, prestó atención a la insinuación que empañaba el Mandamiento, permitiendo que el veneno de la sospecha corrompiera el silencio de su corazón ante su Creador. Así se introdujo el pecado en la humanidad, como un ruido ensordecedor, y de ese estrépito nacieron la réplica desafiante, la desconfianza y la pretensión de medir a Dios con criterio propio. Eva comenzó a preguntarse si la palabra divina ocultaba un engaño, si el límite impuesto por el Altísimo era en verdad una disminución de la plenitud prometida, y así terminó por mirar a Dios con ojos de recelo, hasta perder la confianza filial. María acoge la Palabra que comunica Vida, la Palabra que la fecunda, y ante ella se rinde con una fidelidad que es ya aurora de la Nueva Alianza. 


Esta contemplación conduce, por su propia gravedad, hacia el misterio pascual. El Verbo tomó de las entrañas de María la sustancia de nuestra humanidad para hacerla capaz de muerte y de victoria. María es el huerto sellado donde el Hijo se reviste de nuestra debilidad. Esa misma carne, santificada por la unción del Espíritu, será levantada en el madero para la redención y entregada después a la Iglesia como viático en la Eucaristía. El «aquí estoy» del Redentor resuena ya en el comienzo de su venida, y el asentimiento de la Madre permanece en fe junto al sacrificio que madura en su seno. Nazaret contiene en germen el Calvario; el seno virginal es la primera patena donde se dispone la Víctima santa. La Encarnación lleva dentro de sí la Cruz, y el madero se perfila desde la primera hora en que Dios asumió nuestra condición. El silencio de la casa de Nazaret posee ya la densidad del sacrificio que espera su hora.

Aprendamos, pues, la ciencia del asentimiento santo. Ante la pureza obediente de María, nuestra conciencia advierte sus demoras, sus reservas y su dureza secreta. Que el Emmanuel halle en nosotros una morada dócil, purificada en la Confesión y encendida en el deseo de Dios. Que la adoración venza nuestra dispersión y que la Palabra recibida ordene la vida entera. Caminemos bajo la luz del Verbo, con el alma vuelta hacia el Padre, mientras se acerca para nuestros ojos el combate sacratísimo en que será consumada la redención del mundo.

Amén.


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