Nota episcopal ante el fallecimiento del Patriarca Filaret de Kyiv y de toda la Rus’-Ucrania

22.03.2026

«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto,
ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Apocalipsis 21:4).

Madrid, V Domingo de Cuaresma del Año del Señor 2026

Nota episcopal ante el fallecimiento del Patriarca Filaret

A los fieles, al clero y a todos aquellos que hoy se unen en oración alentados en la esperanza de la Resurrección:

Con profundo pesar he recibido la noticia del fallecimiento del Patriarca Filaret.

En esta hora de duelo, mi pensamiento y mi oración se dirigen con especial cercanía a todos sus hijos espirituales, a los fieles que hoy lloran la partida de quien tuvo para ellos un lugar de paternidad, guía y referencia eclesial. Acompaño su dolor desde la fe; lo hago desde una íntima conciencia de vínculo espiritual, pues por la transmisión de la sucesión apostólica he quedado unido, con humildad y gratitud, a esa línea de bendición que alcanza su persona. En la Iglesia, las huellas de la gracia atraviesan generaciones, manos consagradas, lágrimas, combates, fidelidades y sufrimientos ocultos. Esta conciencia me mueve hoy al recogimiento, a la reverencia y a la oración.

En medio de este sentimiento de orfandad, resuena con majestad la palabra soberana del Señor: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá». Bajo la luz de esta promesa, el duelo se eleva como clamor sagrado, y el recuerdo agradecido asciende hacia Dios en acción de gracias.

Cuando abandona este mundo una figura de tan honda significación eclesial, el corazón cristiano siente el peso de la separación temporal y, al mismo tiempo, alza su mirada hacia el Señor resucitado, vencedor de la muerte y primicia de aquellos que duermen. La partida de un pastor abre siempre un silencio particular en la vida de la Iglesia. En ese silencio se levantan el agradecimiento, la conciencia de la fragilidad de nuestra condición mortal y la confesión que brota del Evangelio; sobre ese temblor humano permanece la promesa de Cristo, que ha preparado para sus siervos fieles una morada en la luz sempiterna.

Su ministerio puede contemplarse como testimonio vivo de una forma eclesial de antigua raigambre, en la que la comunidad cristiana se congrega en torno a su pastor con un sentido inmediato de pertenencia, continuidad y arraigo. Como atestigua la historia, durante los primeros siglos del cristianismo las Iglesias locales vivieron de esta conciencia orgánica y visible. En una época marcada por impulsos centralizadores y tendencias homogeneizadoras, ese modelo milenario no siempre encuentra comprensión, y con frecuencia se ve presionado hacia la absorción o la disolución. Por ello, la figura del Patriarca Filaret deja una huella que invita a meditar en el valor espiritual de las comunidades con rostro propio, en la fortaleza de un obispo ceñido al peso del báculo de los siglos, sellado por la impronta de los apóstoles, y en la fidelidad encarnada en una historia tangible. 

Sobre esta herencia eclesial, herida ahora por la desaparición de una figura que acompañó la memoria de varias generaciones, se deja oír la sabiduría de los santos Padres de Oriente, que contemplaron la muerte del justo a la claridad del Resucitado como tránsito temible y sagrado, sostenido por la misericordia del Altísimo y confiado al reposo del Reino.

Hoy deseo expresar mi comunión espiritual con quienes sufren esta pérdida, y unir mi voz a la de tantos corazones que ofrecen súplicas por su eterno descanso. En este domingo santo, en el que la liturgia nos conduce hasta Betania para contemplar a Cristo ante el sepulcro de Lázaro y escuchar de sus labios la dulcísima sentencia: «Yo soy la resurrección y la vida», esta despedida adquiere para nosotros una gravedad aún más profunda y un consuelo de fulgor más puro.

La muerte, iluminada por la Pascua del Señor, queda transfigurada ante los ojos de la fe; se revela como umbral tremendo y sagrado, ante el cual cada hombre comparece bajo el peso de la verdad y en espera de la infinita misericordia de Dios. Desde esta certeza alzamos nuestra oración, lo encomendamos a la clemencia divina y aguardamos la bienaventurada gloria de los redimidos, donde el Señor enjuga toda lágrima y conduce a sus siervos fieles a la claridad que no declina.

Haz descansar, Señor, a tu siervo, el Patriarca Filaret. Que su memoria sea eterna.

Oración de Sufragio 

Oh Señor Jesucristo, Dios nuestro, que tienes dominio sobre vivos y difuntos, Rey inmortal y vencedor del Hades, concede el descanso al alma de tu siervo, el Patriarca Filaret, en un lugar luminoso, en un lugar de verdor, en un lugar de refrigerio, de donde han huido el dolor, la tristeza y el gemido.

Tú, Señor bueno y misericordioso, perdónale toda falta cometida de palabra, de obra o de pensamiento, pues no hay hombre que viva y no peque. Porque sólo Tú eres sin pecado, tu justicia es justicia eterna y tu palabra es verdad.

Haz que su memoria sea eterna delante de Ti, y cuenta su alma entre los justos. Recíbelo en el seno de la paz, en la morada de los que esperan en Ti, y concede consuelo y fortaleza a sus hijos espirituales, para que permanezcan firmes en la fe, constantes en la caridad y arraigados en la esperanza de la santa resurrección.

Porque Tú eres la resurrección, la vida y el descanso de tu siervo, el Patriarca Filaret, oh Cristo Dios nuestro, y a Ti elevamos gloria, juntamente con tu Padre sin principio y tu Santísimo, bueno y vivificante Espíritu, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.


Mons. + Abraham Luis Paula Ramírez


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